«Cuando los palestinos tengan su hogar, nosotros tendremos el nuestro»

David Grossman

 
David Grossman (Jerusalén, 2013) |  © Carmen Rengel

David Grossman (Jerusalén, 2013) | © Carmen Rengel

El escritor David Grossman  (Jerusalén, 1954)  no es sólo una de las figuras más destacadas del panorama literario de Israel, con decenas de libros publicados y traducidos a numerosos idiomas, sino también uno de los intelectuales que con mayor frecuencia se pronuncia respecto a Palestina. Su postura nítida a favor de una solución de dos Estados, que acabe con el conflicto, le ha dado imagen de activista por la paz y muchos de sus novelas y ensayos analizan críticamente la evolución política de Israel. Su carrera como escritor empezó con libros para la infancia, y después de  haber sido periodista radiofónico dedicado a programas infantiles. Su último libro, El abrazo, publicado en España por Sexto Piso, le trae de vuelta a la literatura infantil.

¿Tenía necesidad especial de regresar a este terreno, que fue el de los inicios de su carrera?

Intento hacerlo todo el tiempo, a veces aunque no lo publique, escribo para niños casi de forma paralela a mi escritura para adultos. A veces tengo que tomar unas vacaciones de mí mismo, así que me pongo a escribir para los pequeños, empezando por mis hijos. Ahora estoy más animado porque tengo una nieta. Tiene sólo un año y aún no he escrito para ella, pero espero hacerlo.

¿Qué le atrae de ese mundo infantil?

Estoy fascinado por la manera en la que los niños miran el mundo. Este libro empieza con una pregunta real de un niño de cuatro años que está hablando con su madre y ella le dice: “Eres maravilloso, eres único, no hay nadie como tú”. “¿Nadie?”, se pregunta el niño. “Pues no, nadie”, le replica su madre. “Pues yo no quiero eso, me siento muy solo siendo así”, es la reacción del pequeño, Ben. Su forma de ver la realidad me maravilla. Creemos que los niños realmente no entienden el mundo a veces porque no tienen palabras para articular lo que sienten. Pero en no pocas ocasiones, sin palabras, entienden mucho más que nosotros, aunque sea con un lenguaje limitado, frente a nuestro entendimiento limitado por las convenciones y la rutina. El mundo de un niño, de tres a siete, a diez años… no ha cristalizado aún en una persona llena de contradicciones, dudas y miedos. Por eso la infancia es un periodo muy rico.

Y luego nos hacemos mayores y lo perdemos…

Claro. Luego los niños aceptan para sí mismos la construcción de la lógica, e incluso el miedo de esa lógica vital, y así entran a formar parte de la sociedad, se acomodan a ella, pero pierden muchas cosas. Por ejemplo, cuando cada uno de mis tres hijos [Yonathan, Uri –muerto en la guerra de Líbano de 2006- y Ruth] dijo su primera palabra, para mí fue un momento feliz, pero a la vez, algo se rompía. Yonathan dijo “luz”. ¡Qué alegría! Así pude ver que estaba sano, que se desarrollaba bien… pero pensé también: ¿qué está perdiendo en este instante al poner nombre a la vida? Sólo mire a nuestro alrededor. Hay cientos de tipos de luces en esta habitación, sobre sus gafas, en la taza, en la pared… pero tenemos una o dos o cinco palabras como mucho para decir las cosas. Eso, claramente, no es suficiente. Creo que es más apasionante el mundo cuando no podemos aún ponerle etiquetas a las cosas, aunque no puedo recordarlo… (risas). Cuando escribo para niños intento, siempre que puedo, llegar a ese punto donde nada se da por sabido ni por garantizado ni aceptado, y así empieza también este libro.

«La realidad es tan brutal que necesitamos más que nunca el consuelo de los nuestros»

Ben, su protagonista, logra el abrazo que finalmente lo
reconforta. Pero, ¿con qué nos consolamos los mayores, cuando el mundo parece cada vez más deshumanizado?

Si me lo permite, no estoy totalmente de acuerdo con su visión. Creo que es cierto que nos comportamos así, despegados y huraños, en las grandes sociedades y en público. Tenemos cada vez más sospechas de los demás, somos más hostiles con ellos, cada cual tiene que probar que no es culpable de algo. Sin embargo, en los grupos pequeños, junto a quienes tenemos más cerca, la familia, los amigos, los colegas… ahí noto una profunda necesidad de este calor y esta protección, que se ve compensada. La realidad de fuera es tan terrible y brutal que necesitamos más que nunca el consuelo y la ayuda de los nuestros. Quizá estoy describiendo mi realidad, la que conozco, la israelí, con la contradicción de su propia gente, que se comporta de una manera fantástica en pequeños grupos cuando por fuera somos muy duros. Duros cuando conducimos, al pelear un hueco a la orilla del mar, en los programas de la tele… Somos violentos y agresivos, sí, pero en un entorno doméstico somos la gente más tierna y considerada, generosa… Aquí aún regalamos abrazos como el de la historia.

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Acerca del autor

Carmen Rengel
Periodista (Albacete 1980). Vive en Jerusalén, donde trabaja como periodista freelance de radio, prensa escrita y televisión.

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