Juzgar a Egipto

 

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Si las cosas pueden ir a peor en Egipto, hoy es el día con todas las posibilidades de que suceda. Comienza el juicio de Mohamed Morsi, el primer expresidente de la democracia egipcia; el hermano musulmán que logró hacerse con al trono de Heliópolis en las elecciones que siguieron a la revolución del 25 de enero de 2011; la excusa perfecta de un régimen ansioso por regresar a sus orígenes; la última pieza en caer de un ajedrez sobre el que bailaban torres, galopaban caballos y se sacrificaban peones. Una partida en la que el adversario ya había visto el jaque mate, mucho tiempo atrás.

Apenas un año y tres días después de jurar su cargo, el 3 de julio de este turbulento verano del que Egipto se ha despegado lentamente, un golpe de Estado militar, refrendado por millones de personas en las calles, acabó con el sueño islamista de Morsi. Y dio por consumada una estrategia brillante de restauración, en la que los Hermanos Musulmanes ayudaron en gran parte cubriéndose de descrédito, dilapidando la legitimidad de la democracia, deglutiendo y defecando derechos y libertades en aras de un bien mayor, Alá, en un país en el que, si bien la religión es un pilar fundamental de su sociedad, no lo es al modo cerril que los extremistas querrían. O al menos no en tan grandes proporciones como para que los egipcios enajenen sus pequeños placeres mundanos en pos de ulteriores y paradisíacas recompensas. Para los egipcios, al menos para los que se frotan las manos a la espera del juicio de hoy, el islam no es ni será la solución.

Para los egipcios, al menos para los que se frotan las manos hoy, el islam no es ni será la solución

Aquel 3 de julio Morsi desapareció. No hemos vuelto a ver una sola imagen suya. Sí hemos visto, sin embargo, a egipcios de uno u otro signo protestando en su contra, alabando a los militares que lo pusieron bajo arresto, le forzaron a renunciar a sus derechos presidenciales y tendieron una red sobre todos aquellos que movían los hilos del títere presidencial Morsi: Mohamed Badíe, el líder de la hermandad, Khairat Shater, su hombre más influyente, Mohamed Beltegy, … y así hasta completar la cúpula de la cofradía de los Hermanos Musulmanes. Y después, extendiéndolo un poco más, a cientos de sus miembros a lo largo y ancho del país.

También hemos visto a los islamistas, a sus simpatizantes: manifestándose a lo largo y ancho del país, siendo masacrados por docenas durante el desmantelamiento de dichas protestas y de los campamentos de Rabaa al Adawiya y de la Universidad de El Cairo. Y hemos visto fuegos artificiales, banderas, posters del general Abdel Fatah Sisi, el artífice del golpe, ahora ministro de Defensa, junto a los de otro militar insigne, Gamal Abdel Nasser y de otro no tanto, Anwar Sadat. Aún nos queda mucho por ver, y el futuro empieza hoy.

A Mubarak se le acusaba de asesinato; a Morsi se le imputan cargos de incitación al homicidio

El proceso que da comienzo esta mañana nos dirá mucho de lo que aguarda a Egipto y los egipcios, igual que hace dos años, el 3 de agosto de 2011, otro juicio del milenio, nos permitió intuir apenas lo que había de venir. Aquel día comenzaba el proceso contra Hosni Mubarak, sus hijos, su ministro del Interior y algunos de los principales responsables policiales de la represión de las protestas del 25 de enero. En pleno ramadán, a las 7 de la mañana, agonizábamos bajo un sol infame informadores, simpatizantes y detractores del depuesto faraón, intentando vislumbrar el desarrollo del proceso en una pantalla gigante de televisión.

Las familias de las víctimas aguardaban con las fotos de sus muertos pidiendo justicia, venganza; los abogados de la acusación no podían acceder a la sala; el juez al frente del proceso había sido nombrado por el depuesto rais que, ajeno a cuanto sucedía, y tumbado en una camilla, aguardaba en una celda mientras sus hijos intentaban hurtar su imagen a las cámaras…

Gritos dentro de la sala, gritos fuera de la sala, pedradas, carreras. A Hosni Mubarak se le acusaba de asesinato. A Mohamed Morsi se le imputan cargos de incitación a la violencia y el homicidio contra sus opositores, entre otros.

El país empezaba a fracturarse, creímos entonces, entre los que apoyaban o estaban contra Mubarak y su régimen. Islamistas y liberales portaban juntos carteles contra la corrupción y gritaban al unísono… ¡Qué equivocados estábamos! El país se fragmentaba en muchas más partes de las que podíamos imaginar. Ya lo estaba, de hecho, solo que no nos habíamos apercibido aún. Divide et impera. Divide y vencerás. Una máxima atribuida a Julio César, el mejor estratega militar de todos los tiempos, que los uniformados han sabido ejercer a lo largo de la Historia con probada eficacia. También los egipcios.

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Acerca del autor

Nuria Tesón
Periodista y escritora (Zamora, 1980). Vive en El Cairo.
Tesón ha trabajado para varios medios españoles en...

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