La judaización de Israel

 

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El día de mi décimosexto cumpleaños, fui corriendo a la oficina local de registros del Gobierno de Palestina para cambiar oficialmente mi nombre.

Me deshice del nombre alemán que me habían puesto al nacer y adopté el nombre y el apellido hebreos que había escogido.

Esto era más que un simple cambio de nombre. Era una declaración: un divorcio de mi pasado en la diáspora (el “exilio”, según decían los sionistas), de la tradición de mis antepasados judíos alemanes, de todo lo que tuviera que ver con el exilio. “Eres del exilio” era el peor insulto que en esa época se le podía echar a la cara a alguien.

El cambio expresó: Soy hebreo, soy parte de la gran aventura de crear la nueva nación hebrea, la cultura hebrea, el futuro Estado hebreo que nacerá una vez que hayamos expulsado del país al régimen colonial británico.

Hacer eso era lo normal. Casi todos mis amigos y conocidos cambiaron su nombre en el momento en que tuvieron opción legal de hacerlo.

Uno no podía ser diplomático ni ascender en el Ejército si llevaba un apellido extranjero

Cuando se fundó el Estado, esto se convirtió en política oficial. Uno no podía ser funcionario del servicio diplomático ni ascender en el Ejército si llevaba un apellido extranjero.

De hecho ¿podría uno imaginarse a un embajador israelí en Alemania que se llamase Berliner? ¿Un embajador israelí en Polonia llamado Polonsky? ¿Un primer ministro de Israel cuyo nombre fuera Grün (que es como se llamaba Ben-Gurion antes de cambiarse de nombre)? ¿Un jefe del Estado Mayor que se llamase Kitaigorodsky (que es como se llamaba antes Moshe Dayan)? ¿O siquiera una estrella internacional del fútbol israelí que se llamara Ochs?

Ben-Gurion era un fanático en este asunto. Tal vez fuera el único tema en el que él y yo estábamos de acuerdo.

Cambiar el nombre simbolizaba una actitud ideológica elemental. El sionismo se basaba en una negación total de la diáspora judía, su manera de vivir, sus tradiciones y sus expresiones.

El padre fundador del sionismo, Theodor Herzl, ahora calificado oficialmente en Israel como “Visionario del Estado”, preveía que la diáspora desapareciera por completo. En su diario vislumbraba que después de fundarse el “Estado de los Judíos” (normalmente traducido erróneamente como “Estado judío”), todos los judíos que lo desearan irían a vivir a Israel. Éstos, y sólo éstos, se llamarían judíos a partir de ahí. Todos los demás asimilarían la cultura de los países en los que vivían y dejarían de ser judíos. (Esta parte de las enseñanzas de Herzl se oculta de forma completa y deliberada en Israel. Ni se enseña en los colegios ni lo mencionan los políticos).

El sionismo se basaba en una negación total de la diáspora judía y su manera de vivir

En sus diarios, que tienen alto valor literario, Herzl nunca ocultó su desprecio por los judíos de la diáspora. Algunos pasajes son directamente antisemitas (término que se inventó en Alemania después de que Herzl naciera).

Como alumno en un colegio de Primaria en Palestina, yo absorbía esa actitud de desdén. Todo relacionado con “el exilio” era merecedor de desprecio: el “shtetl” judío, la religión judía, los prejuicios y las supersticiones judías. Aprendimos que los judíos “del exilio” estaban involucrados en “negocios del aire”, es decir, intercambios en la bolsa de valores, propios de parásitos, que no producían nada tangible, que los judíos rehuían el trabajo físico, que su estructura social era una “pirámide inversa”, pirámide que nosotros volcaríamos, al crear una sociedad sana de campesinos y trabajadores.

En mi grupo clandestino del Irgún, y más tarde en el Ejército israelí, no había ni un sólo combatiente que llevase kipá, aunque algunos sí se ponían gorras de visera. Los religiosos más bien nos daban pena.

La doctrina dominante era que la religión había jugado, eso sí, un papel útil durante los siglos para mantener unidos a los judíos y posibilitar la supervivencia del pueblo judío, pero ahora el nacionalismo hebreo había recogido el testigo y hacía que la religión fuera ya superflua. La religión, sentíamos, se extinguiría pronto.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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