«La extrema derecha europea es solo política, política de poca monta»

Claude Lanzmann

 
Claude Lanzmann (Sevilla, 2013)  | © Sergio Caro / SEFF

Claude Lanzmann (Sevilla, 2013) | © Sergio Caro / SEFF

Sevilla | Noviembre 2013

Claude Lanzmann (París, 1925) no es precisamente un entrevistado fácil. Sus estampidas y salidas de tono en ruedas de prensa y platós de televisión son casi tan legendarias como su figura. A sus 88 años su voluminoso cuerpo tal vez no le permite ya salir corriendo, pero tiene otras formas de evadirse de las preguntas de la prensa. Su elocuencia la reserva para el lenguaje cinematográfico, por ejemplo el de su último trabajo, El último de los injustos, de tan solo 218 minutos de metraje; muy lejos, en todo caso, de las casi diez horas de su indiscutible obra maestra, Shoah.

Aunque se proclama ateo, Lanzmann figura ya en la Historia del séptimo arte como el gran narrador del Holocausto, y no disimula su orgullo cuando se refiere a Shoah. “Cambió la mentalidad de la gente, hay un antes y un después de esa película. Tras su estreno se sucedieron miles de artículos, de libros…”, se jacta. Muy conectado con aquel hito está, de hecho, El último de los injustos, un documental en torno a Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del gueto de Theresienstadt –“la ciudad donada por Hitler a los judíos”, en la República Checa– y el único decano de los judíos –como los definían los nazis– que sobrevivió a la guerra. El director lo entrevistó exhaustivamente durante una semana en Roma, en el año 1975, pero ha tardado casi 40 años en culminar el proyecto de este filme.

“Antes de rodar Shoah estaba obsesionado con los consejos judíos”, recuerda el director

“Antes de rodar Shoah estaba obsesionado con los consejos judíos”, recuerda el director, que luce corbata a rayas de nudo ancho y el pin del Oso de Oro de Honor de la Berlinale en la solapa. “Tuve la oportunidad de grabar en Jerusalén al número dos del Consejo Judío de Kaunas (Lituania). Estaba muy enfermo, pero tenía que intentarlo. Su mujer me decía ‘no venga, está muy débil, no le sale la voz del cuerpo, lo va a matar usted con sus preguntas’, pero fui. Resultó muy difícil, rodábamos, parábamos, volvíamos media hora más tarde, era una tarea imposible… Murió dos días después de que nos marcháramos”.

Al mismo tiempo, Lanzmann había establecido contacto con Murmelstein, que vivía en Roma. “Le había escrito varias veces, pero no me hacía caso. Hasta que, a fuerza de insistir, terminó aceptando”, dice, omitiendo que fue su mujer de entonces, judía alemana, la que acabó por persuadirlo. Al final, fue una semana de conversaciones muy intensas, según recuerda, en la que tiró “kilómetros y kilómetros de película”. “Era un hombre fascinante, tremendamente inteligente, con muchísima cultura y un sentido del humor muy agudo, era muy fino en sus réplicas…”, enumera el cineasta, y de pronto el sonido de su móvil, unas frenéticas teclas de piano, lo desconcentran. “En ese momento no supe qué hacer con tanto material, reconozco que yo estaba bastante loco en ese momento”.

Murmelstein, que había sido rabino en Viena, se empeñó tras la anexión de Austria por parte de Alemania en 1938, en luchar contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, ayudando a emigrar a más de 120.000 judíos durante siete años, y evitando la liquidación del gueto. En él encontró Lanzmann una figura “capital en el génesis y desarrollo de la Solución Final”.

En Murmelstein, Lanzmann encontró una figura “capital en el génesis y desarrollo de la Solución Final”

Aunque Murmelstein podría haber huido fácilmente, al disponer de un pasaporte diplomático de la Cruz Roja, prefirió mantenerse firme y sobrevivió al arresto y la prisión antes de exiliarse en la capital italiana. Cuentan que no llegó nunca a visitar Israel, aunque manifestó su ferviente deseo de hacerlo.

¿Por qué, teniendo todas aquellas grabaciones, demoró tanto Lanzmann en darle forma? “Dos años después de aquellas entrevistas empecé el rodaje de Shoah, que me llevó 12 años. Fue un trabajo agotador y peligroso, buscando nazis por todas partes, haciendo viajes a Polonia… Me absorbió tanto, que me olvidé de Murmelstein. Me dije que ya volvería sobre él más tarde”, recuerda. Sin embargo, no volvió. Lanzmann se convirtió en una celebridad internacional, famosa por sus desabridas entrevistas y aclamada por los cinéfilos.

“Fue mi amigo Raul Gilbert quien me animó a hablar con el Museo del Holocausto de Washington, argumentando que tal vez ellos tendrían la manera de salvaguardar todo el material”, prosigue el director. Llegamos a un acuerdo, pero les dije que no tenían derecho a hacer películas con aquellas grabaciones. No lo respetaron al cien por cien. Un día me invitaron a Viena, donde iban a proyectar parte de lo rodado, y ahí reaccioné con furia. Me dio la sensación de que me habían robado, violado, raptado algo… No me gustó y decidí hacer mi propia película”.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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