Los 502 niños que se desvanecieron

 
Ayia Varvaras, el orfanato ateniense del que "desaparecieron" 502 niños entre los años 1998 y 2002 © Andrés Mourenza

Ayia Varvaras, el orfanato ateniense del que “desaparecieron” 502 niños entre los años 1998 y 2002 © Andrés Mourenza

Atenas | Enero 2014

Casi de un día para otro, los niños desaparecieron de los semáforos. Eran, en su mayoría, niños albaneses que habían huido del país vecino a una Grecia que en aquellos momentos parecía pujante. Pedían dinero en los cruces de las calles, cuando las luces del tráfico obligaban a los vehículos a detenerse, y eran muy insistentes, recuerdan la prensa de la época. Demasiado. Atenas acababa de ser elegida como sede de los Juegos Olímpicos de 2004 y aquellos niños sucios y desgreñados daban muy mala imagen a la ciudad.

“Eran niños vendidos o alquilados a bandas criminales por sus familias”, recuerda un trabajador de ONG

Era el año 1998. Konstantinos Yannópulos recorría las calles con la unidad móvil de su recién creada ONG, La Sonrisa del Niño. “Visitábamos a estos niños en los semáforos, les dábamos nuestro teléfono y les explicábamos que podían salir de las redes de traficantes. Eran niños explotados por sus familias, que los habían vendido o los alquilaban a bandas criminales para que mendigasen”, recuerda. De repente, el Ministerio de Orden Público decidió “librarse” de los niños porque “había muchos y todos los días se hablaba en los medios de que era algo muy dañino para la imagen de la ciudad”, pero lo hizo sin contar con los trabajadores sociales o las asociaciones que se encargaban de proteger a la infancia.

Como muchos de ellos eran albaneses fueron llevados directamente a la frontera para su deportación. Alarmados por este hecho, Yannópulos y otros miembros de su organización se desplazaron hasta allá. “Hablamos con el jefe de la policía de frontera y nos dijo que ni siquiera todos los niños que habían llevado eran albaneses, había también de otros países, incluso niños gitanos griegos”, relata. Al otro lado de la frontera, en Albania, la situación era caótica: sólo habían transcurrido unos meses del total colapso del Estado durante una revuelta de los ciudadanos que habían perdido sus ahorros por culpa de una colosal estafa financiera. Un mínimo orden había sido restaurado gracias a la intervención de una misión internacional liderada por italianos y griegos, pero aún había miles de armas en la calle –los albaneses tomaron los cuarteles por las bravas- y organizaciones criminales campaban a sus anchas. “Los niños corrían el peligro de que una vez deportados fuesen vendidos de nuevo a los traficantes”, explica Yannópulos. “De hecho, algunos de los deportados cruzaron de vuelta a Grecia a través de las montañas”, dice.

Algunos menores fueron deportados a Albania, pero ante la polémica, el Gobierno estableció un programa de acogida

Finalmente, ante las quejas de las oenegés, el Gobierno griego entró en sus cabales y decidió establecer un programa para acoger a los niños de la calle. Un total de 661 menores, en su mayoría chicos, fueron enviados al orfanato de Ayia Varvara, en Atenas. El edificio es una bonita construcción neoclásica de cuatro plantas, levantado a finales de la década de 1920 en la carretera que baja desde el centro de Atenas hacia la costa de El Pireo, que acoge a una treintena de niñas abandonadas o cuya custodia ha sido arrebatada a sus padres. Unas veinte personas, entre trabajadores sociales, psicólogos, cocineros y cuidadores se encargan de su bienestar: “Son niñas que tienen serios problemas y requieren de mucha atención, algunas son huérfanas, otras víctimas de padres negligentes, incluso de abusos”, explica una trabajadora de la institución.

Esta mujer –que pide no ser identificada- trabajaba en Ayia Varvara cuando, de buenas a primeras, les llegaron cientos de niños. “La situación era terrible”, reconoce: “No nos dieron más personal y ninguno hablábamos albanés, mientras muchos niños no entendían el griego. A veces teníamos que poner dinero de nuestro bolsillo para comprarles algo a los niños. Tampoco tenían ropa. Recuerdo que, en esos días, hubo un congreso de psicología en Atenas, recogí todas las camisetas que sobraron del congreso y así vestimos a los niños. ¡Imagínalos, todos vestidos con las camisetas del sindicato de psicólogos!” El presupuesto para tamaña operación de acogida era ridículo: 1,6 millones de dracmas, apenas 4.700 euros al cambio.

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Acerca del autor

Andrés Mourenza

@Andresmourenza

Periodista (La Coruña, 1984). Corresponsal de El País en Turquía.
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