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Homenaje a Paco de Lucía en Teherán

Homenaje a Paco de Lucía en Teherán

Cuentan que el cantante argelino Khaled, en sus primeras visitas a España, solo alcanzaba a decir tres palabras en nuestro idioma, pero muy bien dichas. “Paco es Dios”. La expresión lleva repitiéndose muchos años, casi como un latiguillo del lenguaje flamenco, y hoy sigue reproduciéndose como un eco en redes sociales y medios de comunicación. Sabemos que en estos tiempos los piropos están de saldo, y a cualquiera con un poco de gracia en las artes o en las letras se le califica sin sonrojo de genio, de monstruo, de gigante. Pero Dios es otra cosa. Solo hay uno verdadero, dicen los fieles. Pero hay que preguntarse qué méritos concurren en una persona para ser consagrado como tal.

Paco de Lucía fue Dios, en primer lugar, por encarnar la perfección. Ese ideal renacentista que abanderaron Miguel Ángel y Leonardo, lo llevó el guitarrista a los humildes y dignísimos territorios del flamenco, que entonces vivía orgulloso de su condición silvestre: “El flamenco se canta con faltas de ortografía”, proclamaban los cabales. Pero Paco demostró que también podía tocarse con pulcritud, con exquisitez, sin perder un ápice de su esencia. Su secreto no era tal. “Casi estoy más agradecido a mis equivocaciones que a mis aciertos –confesaba–, porque las equivocaciones me ayudan a saber qué es lo que no tengo que hacer”.

Paco demostró que el flamenco también podía tocarse sin faltas de ortografía

Otro tópico que este personaje único desterró fue el de la inspiración espontánea, el duende, la transmisión genética del talento. No cabe duda de que el músico estuvo desde su más temprana edad extraordinariamente dotado para este arte, pero el camino que le llevó a las alturas fue el del trabajo y la constancia. Como demostrara su biógrafo Juan José Téllez en dos libros que casi se leen como la vida de los santos, Retrato de familia con guitarra y Paco de Lucía en vivo, el padre de Paco, Francisco Sánchez Pecino, ejerció de Leopoldo Mozart para que su hijo llegara a ser el equivalente jondo de Wolfgang Amadeus, el genio precoz. Ese espíritu de autoexigencia extrema configuró al mito tanto o más que el beso de las musas, a las que por otro lado siempre supo invocar.

Paco de Lucía fue Dios, entre otras cosas, para ser incontestable, es decir, para vivir más allá de la controversia. Si solo hubiera hecho cuatro o cinco discos magistrales, si hubiera encabezado algún discreto movimiento renovador, habría sido objeto de discusión, de comparación, pasto de las quinielas que reparten nichos celestes en los casinos del arte, dato de encuesta en los suplementos de fin de semana. Pero revolucionó el flamenco -un arte secular amigo de las evoluciones lentas- no una, ni dos, sino tres veces en su larga y fructífera trayectoria. Cuando el común de los mortales no habían terminado de llegar al primer punto, ya Paco estaba en otro planeta.

Revolucionó el flamenco -un arte amigo de las evoluciones lentas- no una, ni dos, sino tres veces

Claro que todo Mozart deja una estela de rabiosos Salieris, y no hay Dios sin martirio. Son tantas cosas las que no le perdonaron a Paco, que su ejemplo debería servir para reflexionar sobre el modo en que tratamos a nuestros mejores hombres. No le perdonaron que su origen no gozara del prestigio bien asentado de Triana, o de Cádiz y los Puertos, sino que viniera de la paupérrima Algeciras, ciudad sin una tradición demasiado esplendente, villa fronteriza, espacio entre dos aguas que, no en vano, se hace presente a lo largo y ancho de su discografía.

No le perdonaron al hijo de la portuguesa que desatara los corsés de la ortodoxia y, guiado por la estrella formidable de Sabicas, aquel gitano que vino a triunfar y a morir en Nueva York, llevara la voz de su sonanta por los cinco continentes, barriendo fronteras y dialogando con compañeros de toda condición, desde John McLaughin o Chick Corea a Ravi Shankar, pasando por artistas más próximos como Jorge Pardo, Carles Benavent, Rubem Dantas o Antonio Serrano, por no hablar del irrepetible tándem que formó con Camarón de la Isla.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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