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Obama, al rescate del Kurdistán

 

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Hasan Shito no termina de entender la razón por la que desde hace diez días vaga por los pasillos de cemento de un edificio en construcción en el barrio cristiano de Ankawa, en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, donde vive con su mujer y unas 340 personas más. El porqué inmediato sí lo tiene claro: el pasado 7 de agosto su pueblo, Qaramnes, una villa de Qaraqosh, el mayor distrito cristiano de la planicie de Nínive, fue tomado por los yihadistas del Estado Islámico (EI, una escisión de Al Qaeda anteriormente conocida como ISIL, Estado Islámico de Irak y el Levante, en sus siglas en inglés).

“Nos fuimos antes de que entrasen (los milicianos) –dice–. Nos marchamos con los peshmerga”. Lo que aún no se explica es cómo pudo caer el pueblo, protegido por los soldados kurdos desde que en junio los radicales se hiciesen con el control de Mosul. “Nos cogieron por sorpresa”, reconoce. “No nos podemos creer lo que ha pasado”.

Los peshmerga se replegaron de Nínive hacia el Kurdistán”, interviene el padre Paul Zaabith, sacerdote caldeo de Qaramnes ahora también refugiado en Erbil. ¿Y por qué? El cura se ríe con sarcasmo, Hasan se encoge de brazos: “No sé”, dice alargando la negación. La historia se repite en labios de cada uno de los desplazados llegados de los alrededores de Mosul en las últimas semanas hasta la capital del Kurdistán iraquí. También en Makhmur, localidad de mayoría kurda recuperada recientemente de manos del EI gracias a los primeros bombardeos estadounidenses en Irak desde el año 2011.

En apenas una semana, los yihadistas lograron, a principios de este mes, penetrar en el territorio en disputa entre Bagdad y Erbil, donde los peshmerga se habían desplegado en junio para llenar el hueco de seguridad que dejó la espantada del Ejército iraquí. Las mismas tropas kurdas que entonces se mofaban de los soldados “de Maliki”, en referencia al ex primer ministro chií Nuri al Maliki, han repetido ahora la jugada, lo que ha colocado a los radicales, instauradores del autoproclamado Califato regido por Abu Bakr al Bagdadi, a 50 kilómetros de la capital kurda, en el norte de Irak.

En apenas una semana, los yihadistas lograron penetrar en el territorio en disputa entre Bagdad y Erbil

La maniobra ha hecho cundir el pánico, o eso parece, a juzgar por la celeridad con la que el presidente estadounidense, Barack Obama, aprobó una intervención militar en apoyo a los kurdos que le fue negada al Gobierno central sólo un mes y medio antes, cuando el EI ya llamaba a las puertas de Bagdad.

El mismo Obama justificó la intervención en su intención de detener el “genocidio” contra las minorías étnicas y religiosas concentradas en las áreas en disputa (como los cristianos y yazidíes, pero también kakais o turcomanos) y la necesidad de frenar el avance yihadista sobre Erbil para proteger los intereses americanos en la capital kurda, donde residen sus representantes consulares, personal de inteligencia y empresarios. Nada, al fin y al cabo, que no tenga Bagdad: ¿dónde está, entonces, la diferencia?

“Erbil es una ciudad segura y tranquila”, comenta entre despachos un funcionario del Ministerio de Interior del Gobierno Regional Kurdo. “Aquí el cónsul francés, el británico… pueden conducir su propio coche y regresar a casa a media noche sin temor”. La imagen de balsa de aceite que presenta el Kurdistán (única región autónoma de la federación iraquí) ha potenciado, a ojos de la comunidad internacional, la sensación de amenaza que supone el avance del Estado Islámico. Las tres provincias agrupadas en la entidad que preside el kurdo Masud Barzani (Duhok, Erbil y Suleimaniya) han experimentado en los últimos años un boom espectacular, amparado en un crecimiento económico del 8% anual y un PIB per cápita de unos 6.000 dólares, un 50% mayor que en el resto de Irak.

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Acerca del autor

Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive en Beirut como periodista freelance.
Es colaboradora de...

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