“Fuck you Qaeda”

 
Coche destruido en la guerra civil de Libia (2011) |  ©  Daniel Iriarte

Coche destruido en la guerra civil de Libia (2011) | © Daniel Iriarte

Trípoli | Febrero 2015

Como poseído por el espíritu de Gila, el miliciano se detiene en una intersección vallada, en todos los sentidos: “¿Por dónde se va a la guerra?”, pregunta. “Recto y a la izquierda, a Zintán; por la derecha, a Watiya”, responde Mohamed. “¿Y dónde hay más combatientes?”, inquiere el primero. “Ve a Watiya, allí estamos luchando”. Es día de tregua en los frentes libios, pero hay quien no se da por aludido.

Hace una semana que el Centro de Control de Fajr Libia (Amanecer en Libia, el ejército de facto del “Gobierno de Salvación Nacional” en Trípoli) y las facciones coaligadas bajo la Operación Karama (brazo militar del único Ejecutivo reconocido por la comunidad internacional, situado en Tobruk) declararon un alto el fuego con el objetivo de facilitar las conversaciones patrocinadas por la ONU en Ginebra y encaminadas a lograr un Gobierno de Unidad Nacional que ponga fin al conflicto civil que vive Libia desde el verano.

Las lealtades empezaron resquebrajarse tras casi medio año de batallas, avances y retrocesos

El gatillo fácil de los grupos que mantienen sus propias intraguerras en decenas de frentes por todo el territorio convirtió aquella tregua en papel mojado casi al tiempo de anunciarse. Un mes después, el parón frustrado es apenas un recuerdo y lo que se discute últimamente es si Occidente legitimará con una intervención internacional, como pide el presidente egipcio, Abdelfatah Sisi, los ataques de la aviación vecina en venganza por la decapitación de 21 trabajadores coptos secuestrados en Sirte por el Estado Islámico (ISIL).

Antes de que el ‘Daesh’ (el acrónimo despectivo con que se designa en árabe al ISIL) corriese un tupido velo sobre el complejo esquema de fuerzas en liza, las lealtades empezaron resquebrajarse tras casi medio año de batallas, avances y retrocesos. “Van moviendo los combates (las milicias de Zintán) de un sitio a otro”, explica Mohamed Abu Shagua, que, a finales de enero, lleva cuatro meses de sus 25 años apostado en esa rotonda de Azaziya donde se bifurca el camino hacia las primeras líneas. “No quieren luchar dentro de Zintán”, dice, “y están jugando con eso”.

Mohamed combate en el bando de Trípoli, bajo la bandera de Fajr Libia, que le ha llevado desde su casa, en la montaña donde se incrusta Guerián, hasta la carretera hacia Zawiya. “Estamos aquí para asegurar la ciudad para la gente”, afirma, convencido, “para echar a los ladrones”. Los zintaníes, que constituyen la segunda columna de las tropas leales a Tobruk y al polémico general Khalifa Haftar, cuya lucha contra “los terroristas” ha convertido Bengasi en zona de guerra, se han ganado mala fama como fuerzas de “ocupación” dentro de su parcela en la revuelta geografía del conflicto.

Cuando las brigadas misratíes tomaron Trípoli, el Gobierno de transición los contrató como policías o soldados

No son los únicos. Para muestra, la escayola que lleva en la pata coja Ziad (pide dar un nombre falso), de Misrata. Está así desde 2011, asegura el veinteañero, cuando se unió como miliciano a la revolución que acabó con 42 años de dictadura de Muammar Gadafi. Cuando las brigadas misratíes entraron, triunfantes, en Trípoli, él, como muchos de sus compañeros, se quedaron pululando por la zona, en lugar de regresar a casa.

El Gobierno de Transición y, después, el primer Ejecutivo electo, le prometieron un sueldo y un puesto como “soldado” o “policía”, según la política de integrar a las fuerzas revolucionarias en los cuerpos de seguridad. Las luchas de poder entre katibas rivales no se hicieron esperar y, en noviembre de 2013, medio centenar de personas murieron en enfrentamientos entre zintaníes y misratíes en el entorno del aeropuerto internacional de Trípoli.

Como un calco, la batalla se repitió en julio y culminó con la expulsión de los combatientes de Zintán, reducidos en estrategia militar a dos brigadas sospechosas de querer reinstaurar el régimen gadafista: Qaaqaa y Sawaqa. Y a partir de entonces, Ziad y sus cuatro compañeros que salen de la garita con cara somnolienta a las dos de la tarde vigilan, en tres turnos de ochos horas, la entrada hecha añicos de lo que queda del aeródromo.

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Acerca del autor

Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive en Beirut como periodista freelance.
Es colaboradora de...

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