Cansados de tocar fondo

 
Un buzo se prepara para una inmersión | © Luis Torcida

Un buzo se prepara para una inmersión | © Luis Torcida


Madrid  | Noviembre 2016

El mar volvió a ser una trampa mortal. Agustín Ortega, de 37 años, falleció en parada cardiorrespiratoria mientras inspeccionaba el interior de un tubo industrial en aguas de Mazarrón (Murcia). Trabajaba únicamente con una botella de aire comprimido –lo que se conoce como inmersión en autónomo– y sin comunicación con el exterior. Fue el pasado 25 de enero. Veinte días antes, otro buceador en autónomo desaparecía a tres millas de San Roque (Cádiz). Debido a las malas condiciones meteorológicas, su cuerpo no pudo ser recuperado hasta una semana después, a 80 metros de profundidad.

Este negro comienzo del año para el buceo profesional en España se completó con cinco accidentes: una evacuación de dos buceadores por intoxicación de aire y tres casos de enfermedad descompresiva, el fenómeno más temido entre quienes bajan a más de diez metros de profundidad. Bajar no tiene riesgo, pero al subir, la reducción de la presión hace que el nitrógeno del aire inspirado forme burbujas en la sangre. Para evitarlo, hay que interrumpir la subida con frecuentes paradas. Un error puede ser mortal.

No hay censo oficial de buceadores profesionales y las estimaciones oscilan entre 800 y 2800

Siete desgracias en algo más de un mes parecen demasiadas, incluso para esta profesión con una altísima tasa de siniestralidad. Pero, ¿qué se está haciendo mal? “Todo”, resume Mario Alfaro, delegado del SAME (Sindicato de Actividades Marítimas de España), que tiene entre sus afiliados a profesionales de todas las ramas del buceo, excepto de la acuicultura, que posee un convenio específico. “Estamos vendidos. Sufrimos enfermedades descompresivas, barotraumas (daños provocados por el cambio de presión), atrapamientos, mutilaciones… Y un número de muertes escandaloso, que podría reducirse si se llevara a cabo una reforma profunda de nuestras condiciones de trabajo”.

En España, el buceo profesional comercial o industrial –distinto del deportivo o el científico– se divide en dos grandes vertientes: el buceo offshore (fuera de puerto, por ejemplo en plataformas petrolíferas), que es el sector minoritario, e inshore, al abrigo del puerto. Éste último comprende inspecciones de barcos, tendidos eléctricos, encofrados, instalación de tuberías, examen de depuradoras y turbinas, colocación de bloques… “Todo lo que se hace arriba, pero abajo”, simplifica Alfaro. “El problema es que las condiciones son muy distintas dentro y fuera del agua”.

Lo primero que sorprende es la inexistencia de un censo oficial de buceadores profesionales, pues las estimaciones oscilan entre los 800 y los 2800. También lo desactualizado de su normativa, que se remonta a la Orden de 14 de octubre de 1997, y lo mucho que ha tardado en poseer convenio propio: hasta siete años atrás, en 2010, las empresas de buceo se amparaban en los convenios de otros gremios, como el del metal, la construcción y hasta el de la madera y el corcho.

Esto explica que las cifras de siniestralidad hayan pasado desapercibidas, camufladas en considerables masas de empleados. Tanto que, por increíble que parezca, nadie, ni sindicatos ni patronal, sabe a ciencia cierta cuántos buceadores han muerto en las últimas décadas. “Nosotros estamos empezando a recopilarlos ahora, por nuestra cuenta y riesgo”, agrega la fuente sindical.

“Tenemos de cinco a veinte veces mayor mortalidad que los mineros del Perú”

La patronal, representada por la Asociación Nacional de Empresas de Buceo Profesional (ANEBP) ha intentado hacer sus propios cálculos, pero se ha encontrado con “un margen de error que llega al 20 por ciento”, afirma Daniel McPherson, secretario de esta entidad que aglutina a medio centenar de empresas. Con todo, un reciente informe sobre la siniestralidad en el sector entre 1989 y 2014, que la ANEBP ha publicado en la revista Sociedad submarina, arroja cifras inquietantes: 47 buceadores fallecidos en el ejercicio de su profesión, tres de los cuales trabajaban en el extranjero con empresas españolas. Uno de éstos fue Israel Franco Moreno, submarinista gallego de 42 años que falleció en el reflotamiento del Costa Concordia, y en cuyo rescate participó el propio McPherson.

Pero, además, la tendencia es claramente al alza: según la misma fuente, en 2014, estos trabajadores tuvieron entre 80 y 290 veces más riesgo de sufrir un accidente mortal que la media de la población laboral española. Números que, sumados a los de países como Estados Unidos (428 accidentes mortales entre 1990 y 2010) o Reino Unido (82 entre 1965 y 1990) permiten a las empresas denunciar que ejercen “la actividad regulada con mayor siniestralidad del mundo. No sabemos si los mineros del Coltán del Congo están peor, pero sí que tenemos de cinco a veinte veces mayor mortalidad que los mineros del Perú”, afirman.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
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