Dragan Velikic

 

Hotel Europa

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Dragan Velikic / cedida por Impedimenta.

Como sucedía en otras novelas suyas como Via Pula o La ventana rusa, los personajes de Bonavia, la última novela de Dragan Velikic traducida al castellano, son inquietos por naturaleza. Unos salen al encuentro de sí mismos, otros huyen del pasado, a menudo sin un destino preciso, pero siempre moviéndose entre grandes capitales europeas que el escritor serbio conoce bien: la Belgrado que le vio nacer, la Pula donde se crió y la vecina Trieste, la Viena, la Budapest o el Berlín adonde hubo de desplazarse cuando las cosas se pusieron feas en su país, y –en el caso de la capital austríaca– adonde regresó como diplomático serbio cuando las aguas volvieron a su cauce.

La inspiración la toma Velikic del viejo Bonavia, aquel histórico hotel del tiempo de los Habsburgo que todavía resiste al paso del tiempo en Rijeka. En torno a éste van a cruzarse los destinos de Miljan, el restaurador que huyó de Belgrado abandonando a su hijo recién nacido; a Marija, una filóloga con miedo a la soledad que se topa ante el consulado húngaro con Marko, el novelista frustrado que escribe una guía para evitar disgustos; a Kristina, que cruzó el “agua grande” del océano cumpliendo el vaticinio que una adivina le lanzó. Todo ello con el telón de fondo de la posguerra de Bosnia, de la que se cumple este año un cuarto de siglo.

Conocido como uno de los primeros intelectuales que criticó públicamente a Milosevic y sus políticas, Dragan Velikic, belgradense de 1953, es Licenciado en Literatura Comparada y Teoría de la Literatura por la Universidad de Belgrado.

En 1994 comenzó a trabajar como editor de Radio B92. En 1999 abandonó su empleo para comenzar a redactar sus propias columnas para diversas publicaciones de tirada nacional, como Vreme o Danas. En el año 2009 fue nombrado embajador de la República Serbia y Montenegro en Austria. En 2007 obtuvo el galardón más prestigioso de su país, el premio NIN a la mejor novela del año, con La ventana rusa, y años más tarde, en 2015, volvería a ser reconocido con el mismo galardón por El forense, que además se convertiría en el libro más solicitado en las bibliotecas serbias en 2016.

Miembro de la sociedad literaria de Serbia, ha publicado más de una decena de novelas, que han sido traducidas a quince idiomas. En castellano ha aparecido también su novela Plaza de Dante (1997). Vive en Belgrado.

 

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[Alejandro Luque]

Bonavia

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(Capítulo 7)

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El domingo alrededor del mediodía, Kristina abandona la habitación de la séptima planta del hotel Hilton vienés, frente al Parque Municipal. Dos días antes había verificado telefónicamente la reserva en el hotel al que tenía que trasladarse cuando terminara el simposio internacional de microbiología.

Bajó al vestíbulo, cumplió las formalidades en la recepción y, como le quedaba casi una hora libre, dejó la maleta en la consigna del hotel y se dirigió al Parque Municipal. Al cabo de cincuenta metros, se adentró en una sombra tupida. Al aproximarse al lago, se topó con grupos de turistas cada vez más numerosos. Se desvió a un camino lateral con la intención de escapar. Pronto encontró un banco vacío. Se sentó y encendió un cigarrillo. Por fin relajada, después de cuatro días de simposio.

Nadie salvo Jan sabía que estaba en Europa. Había desistido de la idea de aprovechar el viaje de trabajo a Viena para visitar Belgrado. Se preguntó a sí misma con franqueza si le apetecía. Y comprendió que la idea le resultaba bastante indiferente. De los correos electrónicos que esporádicamente intercambiaba con su hermana llegaban solamente soplos de una vida ya pasada. Había dejado de escribirse con Marija hacía tiempo. ¡Esta gente es tan diferente cuando está junta, reunida, allí en Serbia! Insoportables, para sí mismos y para otros. Es increíble cuán sensibleros se muestran con sus propios actos. Ni un ápice de elegante contrición. ¿O es que, en Estados Unidos, ella se había vuelto espartana?

¡Si pudiera recorrer su ciudad como un espíritu! Es el guion, tantas veces visto, de películas con el tema del regreso. El preferido de los wéstern. En el Belgrado de su infancia, las películas de vaqueros a menudo formaban parte de la programación de las matinés dominicales. Kristina se ponía siempre del lado de los indios. Eternos perdedores. Pero, mientras duraba la película, estaba orgullosa del papel con el que se identificaba. Nunca llegaba viva al final.

En el filme imaginario con el tema del regreso a la ciudad natal, la cual hacía mucho se había convertido en un libro para ella, el guion prevé que pase sola buena parte del tiempo. Únicamente así podría encontrarse consigo misma, con la Kristina de los días del bachillerato, y más tarde, con la de la época de Borozan. Sin este encuentro consigo misma, la visita a Belgrado no tiene sentido. En sus pensamientos, se daba una vuelta por el cementerio donde yacían sus padres, rondaba por la noche por las calles de Zemun mal iluminadas, subía a la torre de Gardoš y se mojaba los pies en el Danubio, para terminar visitando la tumba de Borozan. Y solo entonces, al tercer o cuarto día, iba a ver a su hermana y a los suyos.

Pero ¿cómo llegar sin avisar? ¿Alojarse en un hotel? Semejante guion es irrealizable sin que su hermana lo malinterprete. Porque ella mide todo con la cantidad de palabras proferidas. Al cabo de siete años, ¿cuál sería el contingente de palabras que habría que gastar en el fútil intento de reconstruir la larga ausencia? Y por eso desistió del viaje a Belgrado. Pero no de la idea de pasar tres o cuatro días en Viena por su cuenta.

Sin embargo, tampoco Viena carece de rasgos para un guion heredado. O al menos una sinopsis. En esta ciudad, Danica, la hermana de la abuela de Kristina, vivió casi la mitad de su vida. Una historia turbia que jamás se llegó a esclarecer del todo. Uno de aquellos puntos oscuros en la historia familiar. Nunca quedó claro por qué después de Auschwitz no había regresado a Yugoslavia, sino que se detuvo en Viena, donde durante varios años tuvo el estatus de persona desplazada. Y por fin encontró un trabajo en la administración de la Cruz Roja. Las malas lenguas decían que había renunciado a volver a su patria porque supuestamente había colaborado con los alemanes durante la guerra. A Auschwitz la deportaron más tarde, al enterarse su amante, un oficial alemán, de que también trabajaba para los partisanos. Probablemente, la tía abuela Danica temía que su historia fuera demasiado compleja para poder volver con garantías a su país. Las autoridades partisanas, a falta de pruebas y testigos fiables, recurrían a menudo a las soluciones más simples.

Y así Danica se estableció en Viena, donde obtuvo la nacionalidad austriaca, un estudio y una jubilación. En esta ciudad también murió. La enterraron en la sepultura familiar en Valjevo. A la madre de Kristina, como única heredera, le correspondió todo el legado después de que los abogados vendieran el estudio, que estaba ubicado en un suntuoso edificio de la calle Graben. También había algo de dinero en el banco, así como acciones de una constructora vienesa.

Danica fue por primera vez a Yugoslavia a principios de los años sesenta. Más tarde solía ir en mayo a pasar una semana a Belgrado. Y se alojaba en la casa de los padres de Kristina. Durante sus estancias toda la casa se llenaba del agradable olor que emanaba de sus maletas. De la ropa, de los jabones, de los frascos de perfume. A Kristina y a su hermana menor, Milena, la visita de la tía Danica les parecía una fiesta. No solo por los dulces como las Mozartkugeln y los juguetes, sino también por la inesperada condescendencia de los padres. Durante esa semana festiva, la tía Danica llevaba a ese hogar de costumbres rígidas distensión y ligereza. Un soplo de libertad. Después de su marcha se reestablecía el régimen habitual.

Murió en la primavera de 1983. Sola, como un perro, comentó la madre de Kristina. Por enésima vez repetía el diagnóstico que Kristina había oído ya en su infancia por primera vez. A última hora de la tarde, sus padres están sentados en la terraza. Huele a café. Recuerda la enorme mariposa de tul, color albaricoque, prendida en la cortina. Adorno que esconde un agujero, huella de la brasa de un cigarrillo paterno. Por alguna razón importa esta frase, que se repite pronunciada una y otra vez por la voz de la madre de Kristina.

Más adelante, se le aparecerá como amenaza la vida solitaria de la tía. Una funda que un día también envolverá a Kristina. La oscura sombra del destino de Danica la acompaña también en Estados Unidos. Y, ahora, en el Parque Municipal de Viena, se sienta a su lado. Con un gesto de la mano, le resta importancia, como si ya supiera lo que Kristina va a decirle. Cierra los ojos, hija mía, dice la tía Danica. Respira hondo y relájate. No hay nada lo suficientemente importante como para estropearte este momento irrepetible. Siempre quedan otras posibilidades que no han ocurrido. Pero están aquí, notas su aliento en la nuca. No puedes escapar de nada que el destino te haya deparado. A veces conviene apartarse un poco de sí mismo. Dejar espacio para que el destino trace sus planes.

Desde que este invierno había descubierto que Jan tenía una aventura, Kristina está perdida. Siente una losa que la aplasta. Se vuelca para buscar una corriente adecuada que la lleve. Se apunta al simposio en Viena para zarpar hacia algún lado. Se refugia en la mecánica de las obligaciones. Deja que el tiempo resuelva su relación con Jan. Aunque intuye el desenlace. Hay un punto de contacto con el destino en lo más hondo del pecho. Un lugar de encuentro con lo inminente. Un golpe de intuición que no falla. Igual que antaño, en la casa de Zemun, caminando entre las cajas llenas de manuscritos que Borozan leía y retocaba, presentía constantemente que su relación no era más que un ínterin. No formaba parte de un lejano mañana. Ni lo forma Jan ahora. Y tampoco lo formaba antes de la aventura.

En la linde del simposio vienés apareció un apéndice: tres días en la calma de un hotel apartado, lejos del paseo resplandeciente del Hilton. Para disfrutar un rato. En la Europa polvorienta. Rememoró aquella tarde en Budapest antes de su marcha a América, cuando Marija y ella hablaron y fumaron toda la noche. Tenía grabada en la mente la imagen del hotel polvoriento con el papel pintado rojo que recordaba a un burdel. Le gustó. El burdel como metáfora de la vida. Vives en alguna parte, una larga temporada, piensas que para siempre, y luego el corte. Todo se reordena. De repente aparece un nuevo trozo de vida con coordenadas muy distintas que no podías ni imaginarte. Te trasladas a otro idioma. Te metes en la cama con otra raza. No se ha olvidado del ayudante de laboratorio negro de Boston.

Sí, un burdel. Así es como se le grabó en la mente el hotel cercano a la estación Keleti. Y cuando un mes antes de acudir al simposio en Viena decidió prolongar la estancia tres días más, navegó en internet para ver la oferta de hoteles vieneses. Quería algo apartado. Quedarse en el Hilton, a un precio muy ventajoso, como le propuso el organizador del encuentro, no entraba en sus planes ni por asomo. Quería penetrar en lo más profundo del corazón de una ciudad en la que nunca había estado. Todos estos Hilton, Continental, Sheraton, Marriott son iguales, como lo son todos los aeropuertos del mundo. Redujo la lista a cinco hoteles. Finalmente vacilaba entre el Pensión Museum y el hotel Regina. Pero entonces apareció una ventanita con el vínculo del hotel Urania. La fachada roja atrajo su atención. Hizo clic en el vínculo y se encontró en el vestíbulo. La marquetería oscura, las lámparas con pantallas verdes, el papel pintado de color burdeos, los estrechos pasillos sin ventanas le recordaron a Kristina el anónimo hotel de Budapest. Con cada clic del ratón, se desplomaba sobre ella el peso de las cosas y de los objetos. Dondequiera que mirara, advertía la típica sobrecarga austrohúngara de los espacios.

Entró en las habitaciones. Todas diferentes. Como en un museo. Al final eligió una en tonos azul claro y dorado. Una habitación celestial. Sobre la cama colgaba un cuadro: tres angelitos se aburrían; uno incluso estaba a punto de bostezar, otro miraba hacia las alturas y el tercero bajaba los ojos soñolientos hacia la cama. El techo, la alfombra, los sillones y las sillas de color azul claro ofrecían un contraste descarado con el papel pintado, las cortinas y las pantallas de color dorado. En el mismo borde del techo colgaban pequeñas figuras de amorcillos. Logró contar ocho. Seguramente había más, pensó Kristina. Y sin pensárselo hizo una reserva para tres noches.

La noche anterior, la última del simposio, cuando iba con un grupo de participantes a la cena en el restaurante Los Tres Húsares, se separó de ellos sin que los otros lo notaran y dio un paseo por la calle Graben. Observó atentamente las fachadas con los balcones y miradores poco profundos, los ornamentos de las barandillas de hierro forjado, los lujosos estucados sobre las anchas ventanas, como si en alguna parte fuera a encontrar el rastro de una mirada rezagada de la tía Danica, que había pasado su vida cotidiana en Viena en uno de esos edificios. Se había movido por esas calles. Todas las esquinas la recordaban. ¿Cómo es posible que no supiera absolutamente nada acerca de ello?

Y ahora, mientras está sentada en el Parque Municipal, a la sombra densa que el sol del mediodía apenas traspasa, Kristina sigue con la mirada a los paseantes. En la mente revive de nuevo la desagradable escena del día anterior, cuando fue a la Orangerie del Albertina para tomar un café. Estaba medio adormilada al sol vespertino, movía la silla cada vez que la sombra la alcanzaba. En el camino, abajo, en el parque, vio a un hombre que primero se retorció extrañamente, luego se encorvó y se desplomó. Enseguida vinieron corriendo en su ayuda dos transeúntes. Unos minutos más tarde apareció una ambulancia. Acostaron al infeliz en una camilla y la metieron en el vehículo. Quién sabe si habrá sobrevivido. El siguiente pensamiento la devuelve a la calle Graben, a la Viena de posguerra, dividida en cuatro zonas internacionales, cuyas calles recorren las patrullas de los aliados. Se deslizan planos en blanco y negro. No aparta la vista de las fachadas suntuosas. En alguno de estos palacios, en la hambrienta y arrasada Viena, la tía Danica se hizo con un estudio. En alguna parte hay unas fotografías que su padre sacó en una ocasión que visitó Viena. Recordaba el portal de hierro forjado, y a la tía Danica con un abrigo de piel, agarrando con la mano el enorme picaporte. Si tuviera allí las fotos, quizá podría encontrar el edificio en el que había vivido Danica sus años vieneses. ¿Por qué motivo aquella tarde, en vísperas de su partida a Estados Unidos, no había incluido entre las fotografías elegidas también alguna de la tía Danica? ¿Quería acaso con ese gesto supersticioso ahuyentar el destino de una vieja solterona que morirá en el extranjero sin ninguno de los suyos, como un perro?

¿Se trataría de eso? Esta ciudad ronronea agradablemente. Vibra la maquinaria de la vida. No puedes considerarte forastero allí donde sientes que todo tu cuerpo late, que se hincha de alegría, de expectativas de una vida plena. Late al ritmo de la calle al atardecer, cuando los paseantes empiezan a pulular por las aceras camino de las fauces de la ciudad, lejos de las cosas y de los objetos conocidos, al encuentro de placeres imaginados. Los destellos del sol crepuscular en los cristales de las ventanas. Los faros de los coches dibujan acuarelas vespertinas.

Le fascinaba la idea de que en cualquier momento alguien en alguna parte estaba exhalando el último suspiro. De un piso en la planta baja se expande el olor de leche quemada, un niño chilla en el patio; de debajo de las anchas escobillas del túnel de lavado salen vehículos limpios, mientras muy alto, allá en la colina, en el sanatorio silencioso, un agonizante se despide con la mirada acuosa del relieve de la pared. Solo él ve la escritura trazada con el color del polvo. En los últimos instantes reconoce las escenas olvidadas de su vida. Algunos rostros. Voces. ¿Eran tan importantes? Es lo último que a duras penas atina a pensar. Se desliza en la inconsciencia, muy parecida a aquella de la cual precisamente está saliendo una pareja después de su primera unión en el desván de un edificio, solo a unos doscientos metros del hospital. Un hospital en el que quién sabe cuántos enfermos con mirada turbia buscan una señal en el relieve de la pared.

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