La llegada del poder a los islamistas

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Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 28 Nov 2011

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Hay noticias que llegan con retraso. El titular del sábado pasado ―El partido islamista gana las elecciones en Marruecos― llega con mucho retraso. Llega exactamente cuatro años, dos meses y tres semanas tarde. Lo esperábamos a inicios de septiembre de 2007.

En esa época, yo trabajaba para la revista semanal La Clave, cuya ambición era contar las noticias siempre un poco antes de que ocurriesen. A menudo acertábamos. (También valía desmentir las noticias un poco antes de que no ocurriesen, como hicimos con la famosa guerra entre Israel e Irán, que tanto dio de hablar en 2006 y en todos los sucesivos veranos en los que no tuvo lugar). El titular del 31 de agosto de 2007, una semana antes de los comicios marroquíes, rezaba así: “La previsible e inútil victoria islamista”.

Un 27% de los escaños ¿significa que uno de cada cuatro marroquíes es islamista? No. Ni de lejos

Me equivoqué: el Partido Justicia y Desarrollo (PJD) no ganó las elecciones entonces. Se quedó como segundo, con 46 escaños frente a los 52 del conservador Partido Istiqlal. Yo había dado por probable que alcanzara, como predecían los sondeos más modestos, un 20%, pero se quedó en el 10,9%, unas pocas décimas por encima de su rival, por cierto.

El viernes pasado ganó más: se hizo con un 27% de los escaños ―107 de 395― y probablemente con la cuarta parte de los votos (las cifras exactas no se han difundido aún). ¿Significa eso que ya por fin uno de cada cuatro marroquíes es islamista? No. Ni de lejos. El PJD ha ganado un cuarto de los votos emitidos, que corresponden, a su vez, a sólo el 30% de la población marroquí en edad de votar (y el 45% de los electores registrados).

El resultado electoral muestra que el partido islamista PJD puede contar con el apoyo de una doceava parte de la población: el 8 por ciento. En otras palabras: la noticia hoy no es la llegada de los islamistas al poder sino la llegada del poder a los islamistas.

El poder expresado en los escaños del hemiciclo no representa a la población; y menos aún lo hace el partido ganador: por un lado, gran parte de la población que nunca va a votar es la rural, los campesinos bereberes de las montañas que ni entienden las campañas electorales, predominantemente en árabe, ni tienen colegios electorales cerca. Entre esta población, el PJD, y las corrientes islamistas en general, nunca han podido hacer adeptos: el grueso de sus simpatizantes se concentra en las ciudades, y sí vota. La población no votante no es islamista (apegada a tradiciones liberales es, incluso, la menos islamista de Marruecos).

La población rural no votante no es islamista; es  incluso la menos islamista de Marruecos

Por otra parte, la izquierda marroquí ha pedido el boicot en estas elecciones. La población urbana que conscientemente ha rechazado encaminarse a las urnas también es mayoritariamente laica y opuesta al islamismo.

También habrá cierta parte afiliada al movimiento islamista Justicia y Caridad, Al Adl wal Ihsan, no admitido como partido, pero es difícil estimar la fuerza de esta corriente, agrupada en torno a su anciano líder Abdessalam Yassin, que perdió cierta credibilidad al predecir la gran revolución marroquí para 2006.

Finalmente, no todos los votantes del PJD son religiosos. Como todo partido considerado “indeseable” por la buena sociedad, la formación islamista ha atraido gran parte del voto protesta, de aquellos que están cansados de observar la farsa parlamentaria. Porque de una farsa se trata. La llegada al poder de los partidos de la oposición, en 1998, aún provocó ilusiones: la Kutla (Bloque) compuesta por el histórico Istiqlal, los socialistas de la USFP y los ex comunistas del PPS, tenía todas las cartas para imprimir aires de cambio a Marruecos y demostrar que la democracia servía para algo. No lo hizo.

El entonces admirado dirigente Abderrahman Youssoufi se reveló como un político más, en el peor sentido de la palabra. Marruecos avanzó, cierto, durante la década que siguió a la muerte de Hassan II, pero no fueron los partidos que lo impulsaron. Incluso la reforma ―fundamental, imprescindible― del Código de la Familia (la Mudáwana), que define los derechos de las mujeres, preparada con mucho criterio y amplio consenso por Said Saâdi, ministro del PPS, se estancó durante tres años en los cajones del Parlamento por la oposición de un único ministro, el de Religión… hasta su aprobación por orden del rey Mohamed VI. Comprobar que la monarquía garantizaba mejor los derechos ciudadanos que los partidos fue una especie de tiro de gracia para la incipiente democracia parlamentaria.

El Parlamento marroquí no cuenta siquiera con un Labordeta que supiera cantarles las cuarenta a los demás

Desde entonces, nada ha cambiado. Una legislatura con la misma Kutla en el poder, pero aliada con el RNI, un partido formado por “independientes” es decir diputados sin ideología, aparte de la de estar al servicio del poder, y el Movimiento Popular (MP), monárquico hasta la médula e inmovilista, dirigida por un tecnócrata, ha erradicado toda esperanza de que el Parlamento pudiera servir para algo más que no sea ejecutar órdenes del Palacio.

En el otro extremo del hemiciclo, una miríade de “hizbículos” (diminutivo del árabe ‘hizb’, partido), con siglas de izquierda o derecha, pero siempre compuestas por uno o dos personajes con ansias de prebendas parlamentarias, no ha hecho nada para contrarrestar esta impresión.

Ésta es la tragedia del Parlamento marroquí: no cuenta siquiera con un Labordeta, con un Avnery que supiera cantarles las cuarenta a los demás, que supiera hacer preguntas parlamentarias y poner en tela de juicio las leyes que se aprueban en silencio. Ha hecho mucho más la prensa marroquí, libre en parte, acosada en parte ―y cada vez menos libre y más acosada en los últimos tres años, desaparecido Le Journal y domesticado TelQuel― y desde luego las asociaciones de mujeres y las de derechos humanos por la conciencia ciudadana marroquí que todas las urnas colocadas a lo largo y ancho del país.

El Istiqlal, abanderado de una supuesta identidad árabe-musulmana, apenas se diferencia del islamista PJD

El golpe definitivo fue el invento del PAM (Partido de la Autenticidad y Modernidad), creado en 2008 por Fouad Ali El Himma, apodado “El amigo del rey”, como baluarte contra el islamismo, y que ha absorbido varias formaciones derechistas. Su mal resultado ―quedó cuarto― muestra que apoyar al Palacio no ha sido precisamente el ideal de los jóvenes a los que quiso atraer a su bando: o votaron al PJD, enemigo declarado del PAM, o no votaron.

Tanto da. El PJD ya ha anunciado que quiere formar mayoría parlamentaria con la Kutla, y ésta ya ha señalado su visto bueno. El Istiqlal, siempre de derecha conservadora, abanderado de una supuesta identidad árabe-musulmana, de todas formas apenas se diferencia del PJD. Si la USFP tuviera una mínima voluntad de recuperar el honor perdido se pasaría a la oposición, pero su lugar sería fácilmente ocupado por el RNI o la Unión Constitucional (UC), alter ego del anterior. O por el MP, al que no le costará mucho romper su alianza de última hora con el PAM.

No quedan ideologías probablemente ni en el PPS. Aunque para alguien que aún se acordara de la ilusión de hace una década sería triste ver a los ex compañeros de Said Saâdi (dimitido en 2008) votar junto a los islamistas que combatieron las libertades de la mujer.

¿Motivo de alarma? Tampoco. Citaré las palabras de una militante bereber, Amina Ibnou Chaikh, que entrevisté para aquel reportaje de 2007: “La actual Ley de la Familia está lejos de ser idónea. No creo que la cambien porque ha sido dictada por la monarquía. Difundirán un poco más el pañuelo, insistirán en la educación musulmana… Pero es que ya tenemos leyes islámicas. Desde antes de la llegada de los islamistas hay una confusión entre el poder político y el religioso. Y las leyes son muy flexibles, se pueden utilizar según convenga. Marruecos necesita el turismo, de ahí que el PJD no prohibirá la venta de alcohol, por ejemplo. De todas formas, las preocupaciones del pueblo marroquí son el trabajo, la educación, la sanidad… y el PJD no creo que tenga respuestas para ninguno de estos retos. Los demás partidos, tampoco”.

Éste es el gran dilema de la Primavera Árabe ―que no fue sólo árabe sino también bereber― en Marruecos: el objetivo es la democracia, tal y cómo se ha planteado en Túnez o en Egipto, pero es imposible revitalizar una democracia parlamentaria con los actuales partidos marroquíes. (Esto fue el éxito de uno de los más inteligentes y taimados estadistas del siglo XX: Hassan II supo dar al Parlamento justo el margen suficiente para que que se asfixiara solo).

Al instalarse en el poder los representantes de una ideología antidemocrática, al menos se aclararán los frentes

En consecuencia, la única respuesta posible de los demócratas ha sido el boicot. Porque las exigencias esenciales de una sociedad democrática ―separación de Iglesia y Estado, igualdad de mujeres y hombres, libertades cívicas― no las han tomado nunca en serio los antiguos partidos de la oposición en sus años de gobierno, ni figuran en el ideario de la actual oposición islamista, que gobernará mañana.

Lo que falta es saber cómo se puede llegar de un boicot electoral a una democracia parlamentaria verdadera. Es el nudo gordiano que los movimientos del 20-F marroquí no han aún sabido resolver. Pero ahora, al menos, queda una esperanza: al instalarse en el poder los representantes de una ideología antidemocrática, opuesta a las libertades ciudadanas, al menos se aclararán los frentes.

Ayuda el dato de que Mohamed VI ha nombrado efectivamente primer ministro a Abdelilah Benkirane, dirigente del PJD. Al menos la opresión (de baja intensidad, como todo en Marruecos) tendrá un nombre, el del Poder. Al menos ―si el PJD efectivamente intenta hacer política islámica, y no prefiere convertirse en otro partido incoloro más, al servicio del Palacio― se demostrará lo que muchos no han querido ver: que el islam político no aporta soluciones democráticas sino que las suprime. Los movimientos del 20-F, entre ellos el MALI (Movimiento Alternativo de Libertades Individuales) tendrán que batirse, pero tendrán contra quién.

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© Ilya U. Topper | Especial para MSur

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