Una de detectives, pero en serio

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 10 Ene 2015

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Batya Gur
Asesinato en el kibbutz

Género: Novela
Editorial: Siruela
Páginas: 374
ISBN: 978-84-7844-691-9
Precio: 19,95 €
Año: 1991 (2014 esta edición)
Idioma original: hebreo
Título original: לינה משותפת [‘Vivir juntos’]
Traducción(del inglés): Maria Corniero

Un clásico whodunnit, así se presenta esta novela de la escritora israelí Batya Gur, tercera de la serie que le dio fama. Un whodunnit (del inglés who [has] done it?, quién ha sido) es una novela de detectives en la que se trata de averiguar la identidad del asesino.

La trata de averiguar el detective, desde luego; Michael Ohayon en el caso que nos ocupa, israeli, judío marroquí, divorciado, solitario, pensativo. El lector, así lo mandan los cánones, no debe averiguarla hasta las últimas páginas. Para mantener la tensión, la autora ha de presentar a varios personajes con motivos para cometer el asesinato, sembrar pistas falsas, dejar planear las dudas. Personajes a media luz, con un punto de misterio.

Una pena: esa pista falsa era mucho más interesante que la verdadera

Eso siempre es un equilibrismo de cuerda floja porque por una parte debe ocultarse cual es el verdadero asesino y por otra no se le debe engañar al lector, como hacen, sin rubor ni vergüenza, tipas como Agatha Christie o hasta Edgar Wallace, capaces de narrarte la vida sentimental e interior del asesino sin decirte que todo el rato pensaba en el hacha ensangrentada bajo su cama. Eso es hacer trampa y es muy feo.

Batya Gur no hace trampa. Juega honesta. Casi demasiado: me temo que a mitad del libro ya sabía yo cuáles eran las pistas sembradas para confundir y cuál el personaje del golpe mortal. Lo del arma homicida – veneno – está muy conseguido, por cierto. Pero Gur tarda demasiado, casi tres cuartas partes del libro, en armar por fin una trama realmente coherente que sirva de pista falsa creíble. Y la ventila en un par de capítulos. Una pena, porque esa pista falsa era mucho más interesante que la verdadera.

Porque en este libro, como en toda la serie de Batya Gur, quién lo hizo es lo de menos. Lo que importa es lo que la autora nos narra por el camino. La vida en los kibbutz, en este caso. En el fondo, Gur quiere hacer literatura seria: el whodunnit es apenas un pretexto para contarnos esa lucha titánica en los kibbutz entre la cosmovisión de sus fundadores – todo se comparte – y la de la generación siguiente, portavoz de profundas reformas hacia el individualismo. Ese conflicto que nadie puede entender que no haya vivido en un kibbutz, dicen.

Narra esa lucha titánica entre la cosmovisión de los fundadores y la de la generación siguiente

El detective, Michael Ohayon, nunca ha vivido en un kibbutz. Yo sí (días sueltos), y quizás por eso me quedo insatisfecho. Los parámetros del conflicto -¿residencias para ancianos?- se repiten hasta cierta saciedad, pero poco o nada se dice sobre el lugar que los kibbutz, aquella célula germinal de la que nació Israel, ocupan hoy en la sociedad hebrea. ¿Aún son viables, siquiera?

El kibbutz (ficticio) en el norte del Néguev ya no vive de la agricultura, sino de exportar una crema facial (semificticia), pero ¿y los demás? Se insinúa que están todos en bancarrota pero no se saca una conclusión de lo que esto significa para la ideología, originalmente de izquierdas, de Israel. E incluso me había hecho la ilusión de que una novela así supiera decir algo más sobre el laicismo y la igualdad entre chicos y chicas en el kibbutz, algo que no se limitara a decir, como si fuera dogma, que ducharse juntos de críos es un trauma.

Es una novela negra en condiciones. No como la tramposa esa de Agatha Christie

(Ni tampoco se esperen encontrar en este libro nada sobre el conflicto palestino: aunque las cremas faciales están modelados, hasta en su nombre, según los del asentamiento Mitzpe Shalem, situado -a diferencia del kibbutz ficticio- en territorio ocupado, la novela sigue el uso habitual en la literatura israelí, congruente con el sentir de la población judia, de reducir la existencia de Palestina al concepto difuso de un lejano planeta donde pueden correr peligro los hijos de los protagonistas).

Asesinato en el kibbutz es literatura seria, sí. Demasiado seria. Se agradece que una novela negra se meta en la psicología de los personajes, pero se agradece un poco menos que se meta tan profundamente en la mente de tantos personajes (secundarios, terciarios, aquella tía que se escapó del holocausto…) hasta que la novela más que una trama presente un kaleidoscopio psicológico. Sobre todo cuando lo de las cremas faciales y las acciones en la bolsa y la situación económica de los kibbutz podría haber dado tanto juego, tanto… Casi todo lo que ocurre en la sociedad israelí, empezando con el origen marroquí de Michael Ohayon, podría haber dado más juego.

Pero no se olviden: es una novela negra en condiciones. No como la tramposa esa de Agatha Christie. Si no tienen miedo a las 374 páginas, la disfrutarán.

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