«Como iraní soy consciente de lo que me regalaron las feministas»

Lila Azam Zanganeh

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 4 Oct 2016

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Lila Azam Zanganeh (Mallorca, Sep 2016) | © Alejandro Luque
Lila Azam Zanganeh (Mallorca, Sep 2016) | © Alejandro Luque

Formentor (Mallorca) | Septiembre 2016

“Preferiría no hablar de política”. Es la única condición que pone Lila Azam Zanganeh (París, 1976) antes de empezar la entrevista. Esa, y la de revisar las fotos que se le hacen, pues teme que el jet lag haya hecho estragos en su rostro. Objetivamente bella, de una cautivadora naturalidad, capaz de expresarse en siete idiomas, esta descendiente de iraníes afincada en Nueva York sorprendió hace cinco años con un libro, El encantador: Nabokov y la felicidad (Duomo) donde mezclaba experiencia personal y una sagaz lectura del autor de Lolita. En Formentor (Mallorca), adonde ha acudido invitada en el ciclo Conversaciones Literarias, responde a las preguntas de MSur.

Usted nació en París, al poco viajó a Irán, pero con siete meses abandonó el país junto con su madre, cuando estalló la Revolución, para no volver más. ¿Siente que su Irán es algo parecido a una construcción mental que le ha llevado toda la vida?

«Nací en esa fractura entre dos mundos, como si fuera un final y a la vez un principio»

Sin duda. Cuando llega la Revolución y miles de iraníes se exilian a distintos lugares, mi madre es la única de su círculo que por varias razones elige Francia. Así que cuando llegaban sus amigos pintores, escultores, filósofos, gente maravillosa que había tenido que marcharse de Irán, los invitaba a casa. Yo crecí oyendo a aquellas personas hablar de la Revolución, cómo ocurrió, qué pasó… Y de las calles de Irán, de ciertos puertos, de las montañas, de los bosques, del mar Caspio. Así construí en mi imaginario una novela muy larga, basada en aquellos lugares que nunca llegué a conocer, y que con el tiempo cambiaron de nombre, como ocurrió en Rusia tras la disolución de la Unión Soviética. Nací en esa fractura entre dos mundos, como si fuera un final y a la vez un principio.

En su libro habla de una nostalgia heredada de su madre, pero, ¿conoció también un miedo diferido, o cualquier otro sentimiento similar?

«La vida en el Irán de los años 40 y 50  se parecía mucho a la Rusia prerrevolucionaria»

Sí, porque en mi infancia toda la gente que nos visitaba repetía una idea: “Lo perdimos todo”. Habían perdido a sus familiares, sus vecinos, las casas, todo en un minuto. De modo que sí, tuve una herencia también de miedo. El fundamental, el miedo a que todo desaparezca de un momento a otro. Eso me ha ayudado a trabajar mucho, a cultivar un sentimiento de riqueza de lo que me rodea, de la belleza que tenemos alrededor. Y saber que todo eso que tenemos no es inmutable, puede cambiar muy fácilmente. Es, también, un sentimiento de humildad. Y un modo de entender que la cultura es lo único que queda cuando lo has perdido todo. Mi madre se pasaba la vida diciendo “mira qué bello es esto, mira esto otro”. Me enseñó el sentimiento de alegría que se puede experimentar ante un cuadro, o un pájaro. O ante tres frases que escribes y te dan un puñado de lectores. Pero el miedo no se te quita nunca. Siempre se piensa en un plan B, o C. Si llegara la III Guerra Mundial, ¿qué harías? ¿Te dedicarías a ser guía turístico, cantante…?

Su madre le leía fragmentos de Habla, memoria, de Nabokov, y afirmaba que le recordaba cosas de su propia vida. ¿Qué cosas eran esas?

Irán es hoy un país bastante distinto al de entonces, por la Revolución chií. Yo estudié el árabe, pero el persa es indoeuropeo, se parece a las lenguas romances. Y es un país cinco veces más grande que Francia, por ejemplo… Digo todo esto porque hay mucha diversidad. En el Norte hay bosques verdes, un clima dulce, otra cocina. Y mi madre creía ver en todo aquello algo que le recordaba a San Petersburgo. Aquel Irán le recordaba a Rusia. Y mi abuelo materno, además, hablaba ruso perfectamente. Mi madre también lo estudió, vinculándose a ese país de mil maneras. Además, la vida en el Irán de los años 40 y 50 era muy feudal, un país que alcanzaba la modernidad al tiempo que mantenía aspectos muy antiguos. Una cultura que se parecía mucho a la Rusia prerrevolucionaria.

Su padre es kurdo de Kermanshah, ¿cómo era su relación con él?

Adoro a mi padre, que fue atleta y piloto. Creó una compañía de aviación para hacer mapas de Irán que, como tantas cosas, fue confiscada cuando llegó a Revolución. En Irán siempre dicen que los kurdos son atrevidos, que tienen su carácter. Recuerdo que mi padre pensaba más en la disciplina atlética y física, se la tomaba muy en serio. De niña era algo que me parecía insoportable, ahora lo recuerdo como una enseñanza muy importante.

¿Reconoce usted en sí misma esa identidad kurda?

«Los kurdos en Estambul, cuando me identificaban, me llamaban, ¡eh, prima!»

Los kurdos son iraníes, pero para ellos hay una identidad doble muy fuerte. Yo he heredado muchas cosas de ellos, a veces detalles. Adoran comer el arroz con yogur, que a mí me encantaba, y hacía que mi madre se burlara de mí. Cuando ves el papel que han jugado combatiendo al Daesh, te das cuenta de cómo son.

Hay kurdos también en Iraq, en Turquía…

Sí, y en todas partes son igual de familiares. En Estambul, cuando me identificaban, me llamaban, ¡eh, prima!

¿Qué papel ocupaba la religión en su casa?

Bueno, sabes que los iraníes tuvimos la religión zoroastra, que fue el primer monoteísmo, y en el siglo VII la invasión árabe, aunque seamos el único país no árabe de Oriente Medio, con Israel y Turquía. Muchos piensan que esos dos países son nuestros aliados naturales, todavía. Obviamente, se trata de un país musulmán, parte de un área de cultura islámica, y yo formo parte de ella. Y con eso vienen los poetas sufíes, y los versos de Hafez, que inspiró mucho a Goethe, y los grandes místicos. Me siento heredera de esa tradición. Por otra parte, mi madre iba en Teherán a la escuela católica Jeanne d’Arc, y en Francia yo fui también a una escuela similar. Pero allí tenía amigos judíos que me invitaban al sabbath y me decían que yo no era goy [risas].

Como Nabokov, usted hizo el viaje de una lengua a otra. En su caso, del farsi al inglés. ¿Qué ganó y qué perdió en el camino?

«Viajar a otro idioma siempre supone alguna pérdida, aunque me encanta el inglés»

Crecí a la vez en francés y persa juntos. Era extraño pero funcionó. Todo lo que me rodeaba me lo decían con dos palabras, coge el livan y el verre [vaso]. Mi madre escribe poesía en italiano por elección. Con tres años yo también lo hablaba, por contagio de esa pasión suya. Pero contestando a tu pregunta, viajar a otro idioma siempre supone alguna pérdida, aunque debo reconocer que me encanta el inglés. Es un idioma muy acogedor, muy hospitalario para los vocablos de otras lenguas. Opté por una lengua que tiene unas 300.000 palabras más, porque en cada momento ha tomado del latín, del francés antiguo, del japonés, del mismo farsi… De mil cosas. Ahora lo ves con los escritores hindúes que escriben el inglés, y lo enriquecen continuamente…

Y al español, ¿cómo llegó?

«Me parecía mágico Almodóvar, como si entrañara un vínculo con mi familia, con mi sangre»

Lo aprendí en la escuela tras el inglés, es mi quinto idioma. Siempre me encantó, pero en Francia no se toma muy en serio. Allí es como una hora de recreo. Recuerdo que la profesora decía, ¡cállate o te vas a ir! Y que me encantaban las primeras películas de Almodóvar, como Matador o La ley del deseo. Yo era hija única, y buena alumna, un poco aburrida también, quizás. Por eso veía quince veces esas películas, como los libros que me gustaban. Soy capaz de recitar frases enteras de Átame: “Tengo 23 años y 50.000 pesetas, y estoy solo en el mundo. Intentaré ser un buen marido para ti, y un buen padre para tus hijos”. Me parecía mágico todo aquello, como si entrañara un vínculo con mi familia, con mi sangre.

¿Y para estudiar a Nabokov, se metió en el ruso? Sería la sexta lengua.

Sí, ya en la Universidad, me parece una lengua sublime. El último idioma que he aprendido es el portugués, después de viajar mucho a Brasil. Tenía miedo de olvidar mi español, que fuera colonizado por el portugués. Pero mi amor por Lorca y por toda la literatura española me protege.

¿Cuáles son sus maestros en farsi? Sabe que es una literatura muy desconocida en España…

Me encanta Forough Farrokhzad. Y Sohrab Sepehri. Son mis favoritos.

Es curioso que otra iraní, Azar Nafisi, se haya ocupado de Nabokov en un libro tan celebrado como Leer Lolita en Teherán. ¿Comparten ustedes la visión?

Azar y yo somos amigas, ella siempre ha sido muy amable conmigo, es generosa, inteligente… La quiero mucho. Cuando trabajaba en mi libro, ella sabía que estábamos en proyectos distintos. ¡De hecho, no estamos de acuerdo en nada! Pero su libro me parece interesante, porque tiene una experiencia directa de la realidad iraní, y la transcribe muy bien.

No piensa, como Nafisi, que las iraníes sean Lolita y Jomeini fuera Humbert Humbert…

«Nabokov juega una partida de ajedrez con el lector mucho más compleja de lo que parece»

Me parece un sacrilegio nabokoviano. Jomeini no es Humbert Humbert, que es una figura cómica, genial, un poco de genio diabólico. Es un poeta loco, nada que ver con el ayatolá. La novela juega con la idea, muy criticada, de que Lolita no solo es una víctima, es la seductora. Pero Nabokov juega una partida de ajedrez con el lector mucho más compleja de lo que parece. Para mí es el escritor de la subversión, de la transgresión. Tenía fe en que el arte no puede interesarse en política…

Bueno, en este caso se trata más bien de una controversia de orden moral.

No me interesan esas explicaciones. Una novela es un objeto artístico, no se puede convertir en un elemento de propaganda. Nabokov lo dice en el posfacio, “Lolita has no moral in tow” [Lolita no viene arrastrando una moraleja] . Me quedo con la imagen de Humbert Humbert conduciendo su coche al revés por la autopista. Es una figura magnífica del deseo. Tiene incluso un toque almodovariano, llevado hasta sus límites: lo soñamos todo, pero no lo podemos hacer todo. Y proclama al fin: “Poets never kill”. Los poetas nunca matan. Lolita nunca se aviene a esas simplificaciones, cada frase es una referencia a otra obra. Es un juego estético. Una obra maestra de la transgresión, una forma de hablar del amor como transgresión.

Usted no es ajena a las controversias que Irán suscita en los debates feministas de hoy. ¿Qué opinión tiene al respecto?

«El chador es un símbolo político de hombres, un símbolo muy fuerte. Estoy en contra de esa prenda»

Mi posición es paradójica. Estoy en contra del chador, naturalmente. Las mujeres no lo querían, lo explica muy bien Azad, así que no puedo defenderlo. Y al mismo tiempo, con toda esta polémica del burkini, no puedo estar junto a los partidarios de la prohibición. Estamos en Francia y defendemos la libertad de expresión o de vestuario. Pero también sentimos que es una forma de estar con las víctimas más débiles de este sistema, que son las mujeres. Hay que pensar el modo que permita a una mujer que casi no puede salir de su casa ir a la playa o donde quiera…

¿Cree que el chador es una simple prenda más?

No, no, es un símbolo político de hombres, un símbolo muy fuerte. Estoy en contra de esa prenda. Pero lo que me gustaría es que cambiaran las obligaciones para que las mujeres sean realmente libres de elegir lo que quieren ponerse o quitarse.

¿Cree que el feminismo de hoy entiende bien la cuestión islámica?

«Podemos criticar algunos aspectos, pero no olvidar que mi generación es tributaria del feminismo»

Podemos criticar algunos aspectos del movimiento, pero no olvidar que mi generación es tributaria del feminismo. Todo lo que he hecho en mi vida no habría podido hacerlo sin generaciones enteras que han luchado tanto por conseguir libertades. A veces el discurso de hoy puede sonar agresivo, pero como iraní no puedo dejar de ser consciente de todo lo que me regalaron las feministas. Por ejemplo, el derecho a ir como quiero, como me apetece.

No quiero terminar sin preguntarle por un vídeo muy difundido, en el que defiende que la lectura nos hace mejores amantes. ¿Podría resumirlo para nuestros lectores?

Es una cuestión de deseo del mundo. Cuando leemos, lo hacemos para reencontrar el mundo. El problema del amor hoy es que nuestras formas nuevas de amar han acabado pareciendo transacciones, se nos olvida la idea de encantamiento del otro. La literatura en cambio te permite ver más los colores, las luces, la maravilla del mundo. Un observador con los ojos más abiertos siempre tiene más deseo de mundo. Y el deseo sexual es una prolongación del deseo del mundo. En cambio, vivimos siempre con nuestros pequeños aparatos. Hay que estar más en este mundo nuestro, y la literatura nos regala más deseo de estarlo.

 

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