Leila Atrash

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M'Sur

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 29 Jun 2017

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Hablan ellas

Leila Atrash | © Blog de la autora
Leila Atrash | © Blog de la autora

Son mujeres. Los personajes de la escritora Leila Atrash retratan el mundo femenino de Oriente Próximo: con sus memorias calladas y sus esperanzas imperiosas, sus silencios y sus protestas, su resignación, a veces, y su rebeldía, otras.

Nacida en Beit Sahour, cerca de Belén, en Palestina, Leila Atrash vive desde hace mucho en Jordania, donde se ha labrado un nombre como exitosa periodista, primero en la prensa escrita, luego en la radio y, desde los años 70, como productora y presentadora de televisión. Sus programas de entrevistas con escritores y artistas de numerosos países del mundo árabe le dieron renombre internacional.

Como novelista, Atrash se dio a conocer en 1987 con la novela Wa tashruq gharban (Amanece al oeste), que describe la infancia, juventud y evolución de una mujer palestina, durante los años 50 y 60.  Adquirió fama en 1990 con Imraa lil fusul lkhamsa (La mujer de las cinco estaciones), una novela que también analiza la sociedad palestina y ha sido traducida al inglés.

Siguieron la colección de relatos Youm ‘adi (Un día normal, 1991) y la novela Lailatan… wa zill imraa (Dos noches y la sombra de una mujer, 1997), que describe en encuentro de dos hermanas, ambas oriundas de Palestina, pero una residente allí, convertida en esposa y madre de familia resignada, la otra emigrada a Ammán, donde se convierte en abogada y buscará su propio estilo de vida. Después vinieron las novelas Suhail lmasafat (El relinchar de las distancias, 1999) y Marafi’ lwahm (La rada imaginaria, 2005), traducida a farsi, el libro de viajes Nisá ‘alal mafariq (Mujeres en la encrucijada, 2009) y la novela Raghbat dhatil kharif (Los deseos de aquel otoño, 2010).

La última novela de Atrash hasta la fecha es Taranim l ghawaia (Cantos de seducción, 2014), también ubicada en la histórica Palestina de principios del siglo XX, a través del diálogo entre una cineasta y una su anciana tía, que le relatará sus experiencias de amor. Fue nominado para el premio Booker Árabe 2016.  del ha cedido un capítulo para su publicación en la revista Caleta. La traducción es de la arabista Eva Chaves.

[Ilya U. Topper]

Cantos de seducción

 

Resumen de la novela: Una directora de cine regresa a Jerusalén para rodar una película sobre sus gentes sin que lo sepan las autoridades israelíes y con el acuerdo de una productora de Jerusalén. El resultado final es la historia de cuatro generaciones de una familia cristiana ortodoxa de Jerusalén de la que solo queda su anciana tía, quien había vivido una intensa historia de amor con un párroco. El guión va cogiendo forma gracias a los recuerdos de la tía y de su amiga musulmana, y mediante fotografías, documentos, encuentros con historiadores y recuerdos personales que descubren la cara humana de la ciudad escondida en la túnica de la santidad. Son las vidas y luchas en una Jerusalén que vive una época de grandes cambios, desde el final del Imperio Otomano hasta mediados del siglo XX.

 

*          *         *

 

Por la tarde, mientras tomábamos el té en el patio, la tía, que había vuelto de su casa con un sobre, me mostró, por sorpresa, algunas fotos de su vida.

-Este es mi padre delante de su casa en Santiago.

Una fotografía amarillenta por el paso del tiempo. Un joven elegante de altura destacada delante de la puerta de una gran casa con un cuidado jardín. Bien lucido con un traje y un sombrero, agraciado con su fino bigote de puntas enroscadas y un reloj de cadena colgando del bolsillo de la chaqueta.

-Era guapo como un príncipe. Se compraba la ropa más cara. Tenía los ojos grandes y de color miel y una bonita voz… Recuerdo cuando cantaba en las veladas de la terraza o del patio con los vecinos y amigos. Sacaba altramuces, pistachos y encurtidos para los invitados. Los compraba en la tienda de los griegos… Mi madre aprendió su oficio de las amigas griegas. Muchas se casaron con jóvenes cristianos de aquí. Vaya, que Grecia nos gobernaba en las iglesias y en la cama.

Tenía una risa cristalina.

-Mi padre volvió de Chile cantando canciones occidentales, en español y en chino, canciones alegres que te hacían bailar o canciones tristes, como la vida. No entendíamos lo que decían pero la tristeza nos llegaba. Mi padre era cariñoso. El problema era que su corazón era pequeño, débil: cuando alguien entraba en él, otro salía. Mi madre se murió a las puertas de su corazón sin que le tocar el turno… Pero él era el chico más guapo.

¿Se podía acordar de la cara de un padre que la abandonó o es que le vino su imagen por las fotos? La memoria se hace un lío cuando se ven fotos antiguas, se confunde. ¿Se ha quedado solo con los detalles de aquel pasado? ¿Por qué motivo la memoria elige un hecho o una persona en concreto? ¿O es que la memoria y la imagen son una combinación confusa? Y la razón ¿sirve para revivir detalles de momentos y acontecimientos puntuales que no han captado las fotografías?

Con cariño y alegría sacó otra foto.

-¡Zahra Al Ansari!

Una joven embutida en un vestido negro de perlas bordadas en los puños y con un collar. Sonriente. De ojos grandes y pelo liso. Lucía melena hasta los hombros debajo de un pañuelo medio transparente.

-Nos sacábamos fotos en secreto y nos las mandamos. ¡Ay, si su familia se hubiera dado cuenta! ¡Dios sabe lo que le hubieran hecho! Es de una familia musulmana muy conservadora. Ella, la mujer de Saden El Haram y yo la mujer del párroco. ¡Nada que ver! Pero nos une una maravillosa amistad.

Al reverso de la foto está estampado el sello del estudio de Jerusalén, Khalil Raad 1944, y una dedicatora escrita con letra temblorosa: “A mi querida amiga, de Milade Abu Nejme. Para el recuerdo”.

-Un fotógrafo profesional.

-Zahra es de lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias a ella pude aguantar más.

-¿Y el amor?

-El amor es una bendición. Sin amor yo no hubiera existido. Me convirtió en una mujer distinta. Me hizo descubrir cosas bonitas de mí que no habría sabido ver sola. Cuando el hombre se enamora de una mujer, ella se convierte en cien mujeres. El amor de un hombre crea de nuevo a la mujer porque ella ve el mundo con los ojos de alguien que la quiere y es tolerante con ella. Si el hombre tiene las capacidades que tiene, es porque la mujer sale de su costilla. Se enamoró de mí de forma diferente… Hice las paces conmigo misma y con los demás. Con él me volvía una niña y una adolescente, loca y cuerda, santa y mala. Su amor apagó mi ardor y resentimiento, fue el hielo que enfrió mi fuego. Me reconcilié con el mundo gracias a él… Cuando mecía mi miedo en su regazo me dejaba contenta con la vida, con el ayer y el mañana… Perdoné a mi padre, que abandonó a mi madre y estuvo lejos de nosotros, perdoné la crueldad de mis dos hermanos que montaban en cólera contra mí… Di gracias a Dios por haberme hecho una mujer, porque así él me amaba… Es verdad que ha cambiado la vida pero el amor no cambia. Desde Adán y Eva, el amor cubre la tierra, por encima y por debajo, en países lejanos y cercanos. El amor en este mundo no tiene igual. Cada amor es una historia y está presente siempre en la vida de la gente… El amor, como la muerte, no está en nuestras manos. Todos hemos tenido la experiencia del amor, en público o a escondidas, defendiéndolo o dejando que las cosas o los demás lo agredan… Pero ninguna mujer se parece a otra en el amor. Eso si tiene la suerte de haber encontrado a un hombre que la quiera… Yo, de haber seguido con Awad, aunque era cariñoso, habría sido una de tantas mujeres, como cualquier otra, pero el amor que vino después me maceró y me hizo de otra manera. Fui yo misma. Su amor me puso por encima de todas las mujeres… Mira esta foto.

En blanco y negro. El cura Mitri Haddad aparece sentado con un bastón en la mano y a su lado, de pie, la tía, elegante y esbelta, con sus ojos grandes brillando de alegría, sonriendo.

-¡Ay, señor! pero si parece que el vestido es de la cadena judía de tiendas Kaka que conseguían la última moda antes de que llegara a los mercados de los ingleses y los franceses. Era un vestido de color azul cielo. Por entonces no había fotos a color… Íbamos en el automóvil a Belén cuando me decía: “El primer estudio fotográfico en el país fue de una chica árabe, la hija del sacerdote protestante de Nazaret. Estaba más adelantada que las jóvenes de su generación porque los protestantes le daban más importancia a la educación de las niñas. En aquella época los laboratorios fotográficos estaban ligados a las iglesias y monasterios. Las fotografías más antiguas del país se conservan en las parroquias o en casa de los fotógrafos armenios”. Me decía: “Ay, Milade. Las fotos son como otra vida. La gente se muere pero ahí quedan las fotos. Si nuestra historia se olvida las fotos la vuelven a recordar. Si Dios nos hubiera creado en otra época, la gente tal vez cantaría la historia de mi amor por ti acompañados por el violín. Y si nos hubiera creado en una época posterior a lo mejor serían más tolerantes con Dios y con el amor”… Nos sacamos las fotos en Belén porque estaba lejos y allí nadie nos conocía.

– ¡Karima Abbud!

-¿La conoces? ¡Habla de ella en la película! Tenía estudios, conducía un coche y abría estudios fotográficos antes que los hombres. Volvimos para recoger las fotos y me dijo: -Es verdad que eres guapa pero es que también te quiere la cámara… A la cámara le gustan ciertas caras, no admite otras, y a quien le gusta la saca mejor.

-¿Eso sabías?

-¡Lo que sabíamos no lo saben los de tu generación!

Me disculpé lo mejor que pude:

-Se trata de caras fotogénicas, o sea “que le gustan a la cámara”. Rasgos dulces, finos, y ojos grandes, como tú, fotografiables, y hasta se ven mejor.

El halago tenía la magia de ser cierto.

-La fotógrafa le dijo que me cogiera de la mano. Él me pasó la mano por la cabeza y no dejó el bastón… El estudio era como una boutique: vestidos de noche y para bodas, trajes tradicionales bordados, trajes típicos de Belén, gorros turcos y todos los complementos para poner elegante a un hombre o a una mujer… No me cambié de vestido porque era un regalo suyo… Mira qué presencia, pura elegancia y cariño… Sus caricias, mirada y palabras hechizaban… Cuando hablaba, lo escuchaban los mayores y los pequeños… Me escondía en su pecho, me protegía. Con él vi y aprendí. Me abrió los ojos a lo nuevo y a lo bello, a otros mundos, como Estados Unidos, y ni siquiera mi padre y mis hermanos lo llegaron a conocer… La primera vez que quedamos fuimos a la calle Jaffa… Como una mujer a la que le gusta dominar el mundo, como una reina… Montamos en una calesa dorada como la de la reina de Inglaterra, tirada por dos caballos, que siempre estaba parada frente al hotel King David, el mismo hotel de la calle Jaffa que dinamitaron los judíos para protestar contra la política inglesa… Pagó mucho para que yo experimentara la calesa… Me decía: “La calle Jaffa se parece a las ciudades occidentales, como la cuidad donde está tu padre. Tiendas, cafés y cines”. Después me llevo en tren a Jaffa. Dos billetes en primera aunque ir en segunda era más barato. Le dije: “¿Es muy caro?”. Se enfadó y respondió: “¡Por Dios! No me insultes mientras viva. Eres lo mejor en este mundo. ¡Pero bueno, no te digo!”… Me eché reír con timidez juvenil.

-En Jaffa se cambió la sotana por un traje. Montamos en calesa por la playa. La gente de Jaffa es distinta. Allí se juntaban mujeres de todos los colores y orígenes… El mar de Jaffa es precioso y las olas blancas… Entramos al Cine Rojo. En lo oscuro se le escurría la mano por debajo, me agarraba la mía y la apretaba… Desde entonces adoro el cine… Le susurré: “Ojalá fuera actriz”. Le hizo gracia y me respondió: “Si estuviéramos en Egipto podría ser. Allí están los teatros, el cine y los cabarets, pero ¿en Jerusalén? Santa y pequeña. La gente se conoce. Es una ciudad gobernada por las religiones. Si no me importara lo que dijeran los demás te inscribiría en la Escuela de Artes. El director es amigo mío. Aprenderías a tocar, cantar e interpretar. Actuarías en los teatros de las asociaciones y los clubes. Serías la primera mujer en graduarse en la escuela. Pero lo que nos faltaba son los escándalos. Bastante tenemos con ir a estos sitios…” Vimos películas y obras de teatro. Fuimos a un montón de actuaciones, muchas de laúd, en Jerusalén y en Jaffa… Tres horas en tren separaban las dos ciudades y llegabas a un mundo que ni te conocía ni le importabas… Mitri no se cansaba de mis ganas de saber y yo aprendí y cambié para satisfacerlo. Cuando un hombre se enamora de la inteligencia de una mujer, ella debe hacer lo imposible por estar a su nivel porque si no, lo pierde. El hombre inteligente necesita a quien le entienda.

– ¿Y Awad?

– Awad, pobre. Me amaba pero murió. Éramos muy jóvenes y el mundo que conocíamos era pequeño como nosotros.

*          *         *

Mientras removía la historia de la familia mirando las fotos, la tía estaba tumbada en el chaiselongue observándome en silencio.

-Mi hermano Habib temía por las fotos. Se las llevó con las pequeñas cosas que cogió antes de que el país se perdiera y lo caro se lo dejó en la casa.

Dentro de otra caja había un sobre pequeño con tres letras en inglés en uno de los lados: M.A.N. El negro se había ajado por el paso del tiempo y el blanco de la foto de dos novios con menos de veinte años se había puesto amarillento. Por detrás estaba escrita a tinta y con letra de una mano esforzada una dedicatoria: “A mi hermano Habib, que Dios lo guarde”.

M.A.N: Milade Abu Nejme.

Una adolescente agarrada al brazo de su novio en la puerta de una iglesia mirando a la cámara sin sonreír. Llevaba un vestido sencillo de satén blanco y un tul largo de cola amontonado a los pies y sujeto por un tocado de flores blancas. Awad con un traje negro. Era delgado y parecía entregado y feliz.

Al fondo de la iglesia ya vacía se veía al sacerdote mirando.

Puede que sea él.

-¿Y si usamos esta foto para la película?

Como si el pasado fuera parte de su presente, ni se inmutó y se puso a explicar con detalle cómo fue todo.

-Su madre estaba detrás de nosotros cosiendo mi tul al traje de él, con aguja e hilo sin apretar ¡para unirnos toda la vida! Pero Awad murió.

Sonrió de forma un tanto irónica.

-Éramos pequeños. No sé. Cuando nos casaron ¿era todavía niña o una jovencita? Todo lo que recuerdo es que me hice mujer poco antes de la boda… ¿Lo quería? No lo sé. Nos criamos en la misma casa. A lo mejor él sí que me quería. Pobre Awad. Desde que teníamos conciencia escuchábamos que yo iba a ser para él. Seguro que me quería… Y yo era huérfana. Mi familia no confiaba en que alguien distinto se haría cargo de mí. ¿Qué podia hacer, excepto aceptarlo?… Si te soy sincera, no me acuerdo ni de cómo era… Es verdad que crecí en su casa pero su madre me trataba como a una sirvienta, antes y después de casarnos.

-Parece como si hubiera un cura dentro de la iglesia observando cómo sacaban las fotos.

-¿En serio? No me he dado cuenta. Awad cogió las fotos del fotógrafo de Jerusalén y envió tres a Estados Unidos y a Chile antes de que las viera. Una para Habib, que se la trajo de vuelta. Tiene la letra de Awad ¿lo ves? La otra para mi hermano Ibrahim que dijo que el envío se perdió, y la tercera para mi padre que Dios sabe dónde estará ahora la foto. Como las envió sin que yo lo supiera me enfadé y estuve discutiendo con él durante días.

Con la mente distraída y sin dejar de mirar la foto, dijo:

-¡Ay lo que pasó el día de la boda! ¡Pura mentira! Pensaba que me pasaba sola a mí y me contuve. Después de muchos años me dijo un día lo que le pasó, me lo explicó, se sincerizó y a mí me dio un escalofrío… Pero yo no se lo dije, me daba vergüenza, y murió sin saberlo…

En el momento de la coronación, cuando cogí de la mano a Awad para dar vueltas alrededor del altar y se cantaba lo de “Dios los coronó con el honor y la gloria”, a él le brillaban los ojos con una mirada que yo no entendía y no me quitaba la vista de encima. Me dejó confundida. Aquellas miradas raras me inquietaron, me hicieron aislarme de todo, de su mano, de la oración, de la gente y de mí misma… y volé. Me lo imaginaba a él volando conmigo. Me dije: “Niña, esto es pecado. El diablo te murmura ilusiones para hacerte caer en la tentación. Un cura y más mayor que tú. Es pecado que te imagines o interpretes su mirada como algo cuando él lo que está haciendo es su trabajo”… Clavé los ojos en el suelo. Me temblaba todo. Después de la boda lo vi una o dos veces con la misma mirada y me convulsioné como si me hubiera poseído la locura. Cambié de camino, temblando… Luego desapareció y anduve ocupada por el problema de que no me quedaba embarazada, hasta que me quedé viuda y volví a la finca. Pasaron los años pero cada vez que se me venían esas miradas a la cabeza te juro que era como si el diablo me poseyera.

Un día por la tarde, sola, aunque siempre estaba sola, tocó a la puerta de la finca y me llamó. Para mí fue como escuchar mi nombre por primera vez, como si nadie antes lo hubiera pronunciado. Dijo dos palabras y se fue. Me quedé helada, sin dar crédito, ni me moví… Empecé a ver la vida de otra manera… Llegó el amanecer y yo seguía repitiendo lo que había dicho… Como un pájaro al que le abren la jaula me fui volando hasta aquella cita… Lo más bonito del amor es que la mujer se lanza sin juicio ni pensamiento. Una ola la lleva y ella se entrega sin saber nadar. Lo más importante es llegar a la orilla aunque se pueda ahogar. Y si tiene suerte entrará al paraíso del amor… El amor no tiene ojos para nadie, solo para el ser amado… ¿Cómo llegué a la calle Jaffa? Si andando o corriendo no lo sé. No lo recuerdo. ¿Me encontré a alguien conocido? ¿Me vio alguien? ¿Qué camino cogí…? Él estaba mirando a todo el mundo mientras me esperaba. Paseamos por la calle Jaffa en pleno mediodía. Entramos a un restaurante griego. Antes de que llegara la comida me cogió de la mano y entonces me estremecí. Me sentía como que hubiera hecho algo malo cuando reconoció que yo vivía en su imaginación desde la primera vez que me vio. Iba a dejar el sacerdocio después de la muerte de su mujer de no ser por las circunstancias de su comunidad religiosa y los intereses de la iglesia. Me preguntó si aceptaría casarme con él y me eché a llorar: “¿Cómo si eres nuestro padre y estás viudo?”. Me dijo que con la bendición del patriarca no enfadaríamos a Dios. Recuerdo que el dueño del restaurante griego dejó de golpear la carne, resoplando y balbuciendo algo que no entendí aunque él sí, por eso me soltó la mano… Me subí con él al tren por vez primera y así empezó la historia de Mitri y Milade.

-¿Y si la película hablara sobre la vida de una chica muy joven y guapa con un marido que la quiere pero del que no se queda embarazada, una chica que visita las iglesias, enciende velas y sufre por sus propios reproches, por no poder tener hijos?

-¿A color o en blanco y negro?

-Ya no se usa el blanco y negro. Solo en las películas históricas o para volver al pasado.

-Tienes que grabar a la chica entrando a la iglesia con un vestido normal, verde pistacho, por ejemplo, o rosa claro, porque le gustan los colores suaves. Que se cubra el pelo con un chal de encaje negro. Sácala encendiendo las velas, rezando porque que un bebé se mueva en su interior. Y después grábala entrando en el recinto sagrado.

-¡¿En Al Aqsa?!

-Que no quede iglesia ni mezquita que no visite, ni vidente ni quien leyera la suerte o los posos del café. Ni en el barrio marroquí ni en el judío. Le recetarían un montón de pastillas azules. La niña obedecería, pero sin resultado. No había cura. Ni con el primer marido ni con el segundo.

Decidí pasar por alto el tema del reconocimiento explícito del matrimonio. No dije nada por miedo a que se enfadara. Sin fijarse en mí, fue entresacando del caos un hilo que tejía un recuerdo.

-Hasta llegó a hervir hojas de nogal para inyectarse el agua, receta de una partera judía, pero le dio una fiebre que casi se muere. Esa partera le impuso la mano y dijo que la niña estaba sana. Un doctor judío le recetó fortificantes y le dijo: No pienses en quedarte embarazada o en tener hijos mientras ‘duermas’ con tu marido; así no te quedaras embarazada. Ella lloró. Su suegra le preguntaba todos los días y maldecía la hora en la que su hijo se casó con ella. Maldecía su cuerpo comparándolo a un árbol que no da los frutos que corresponden a su talla y hablaba de un hijo que se iría de este mundo sin un vástago.

Las historias de los enfados fueron otra cascada que abrió las ventanas de la memoria. Estallaba en llamas una vida que intentaba huir del olvido que le perseguía. Removía las páginas frente a alguien que la escuchaba y se interesaba por una vida que no había contado a nadie.

Las relaciones humanas son una invención con la que las personas engañan al polvo de la vida, dispersándolo en la nada. Uno se une a otro para que sea testigo de su vida y con esa persona pueda durar más en el tiempo, gracias al recuerdo, aunque solo sea por un instante. Nos unimos para que consten los detalles de una vida que empieza y termina sin el permiso del otro. Las relaciones humanas son un rechazo de la gente a que su vida de disperse en la soledad y se esfume cuando partan. La gente se ata a un amor, a una amistad o a una relación, a un matrimonio o a unos hijos para que con esos otros puedan seguir existiendo. Algunos pocos creen que sobresalen y así buscan la eternidad mediante algún logro que dé testimonio de su vida.

-El doctor Dajani, el primer y más famoso ginecólogo de Jerusalén, inspeccionó a la joven. Le hizo muchas pruebas que costaron muchísimo dinero. Le dijo que tenía los ‘canales’ estrechos y cerrados, que Dios así los había creado pero que se le podían abrir. El problema es que la operación tenía que ser en la Universidad Americana de Beirut. Su suegra lloró de rabia y le dio buenas bofetadas. Decía que pagara los gastos su padre ya que era rico y emigrante.

Por la noche su marido la abrazó mucho y lloró. Le decía: “Ánimo… En esta vida contigo me basta, sin hijos ni descendencia”. Pero no había quien callara a su suegra y su padre nunca respondió a la carta en la que le pedía el dinero para los costes de la operación. Así que escribió a sus dos hermanos en América pero éstos se negaron en redondo e incluso le pidieron una ayuda a ella. Le dijeron que apenas tenían con lo que apañárselas y que además era una operación sin garantías. Ten paciencia y confía en Dios, le dijeron, que si alguien no tiene otra cosa que paciencia, tiene la paciencia de Job: aguanta hasta donde no se lo cree ni uno mismo. La chica fue paciente y se agarró a los clavos de los ruegos a Dios. Pero su marido murió. Le reventó el tumor del estómago. Su madre lo mató con sus locuras. Él aguantó con sus dolores y gritaba, y su madre la regañaba a ella porque tardaba en calentar el agua… Un cataplasma tras otro sobre su vientre, y cuando el pobre ya no pudo aguantar, lo llevaron al hospital de Jerusalén. Se murió en la puerta. Los cataplasmas hicieron reventar el tumor. La niña se quedó viuda sin haber cumplido aún los veinte años.

-Pero el segundo marido era cariñoso y ella estaba contenta ¿no?

-Ningún matrimonio le garantiza a la gente la felicidad que falta. Las palabras, la duda y la acusación de falsedad rompen el alma y humillan el espíritu por mucho que haya amor. ¿Qué felicidad va a haber si el hombre no declara su amor a la mujer ni muestra estar orgulloso de ella? El amor ante los demás tiene un sabor diferente al del amor en el dormitorio. El amor que el hombre oculta a la gente es como un ladrón que roba lo que le corresponde por derecho.···

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© Leila Atrash · Editorial Dafaf, Beirut. Septiembre 2014 ·  © Traducción del árabe: Eva Chaves | Cedido para la revista Caleta.

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