Simone Veil, heroína francesa

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 9 Sep 2017

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Simone Veil, figura política francesa, murió el día 30 de junio 2017, a pocos días de cumplir 90 años, padeciendo enfermedad de Alzheimer.

Los homenajes han sido unánimes, con entierro de Estado. Y es que Simone Veil era una de las personalidades preferidas de los franceses.

¿Por qué? Antes que nada, por haber dado su nombre a la ley de despenalización del aborto, que como ministra de Salud presentó y defendió ante el Parlamento en enero de 1975. La ley fue aprobada tras días y noches de dura batalla en la Cámara, donde Veil soportó insultos machistas y fue incluso tildada de nazi.

Y es que era judía, superviviente del campo de exterminio de Auschwitz adonde fue deportada con 16 años. Toda su larga vida se sintió unida a esos millones de judías y judíos asfixiados e incinerados allí y a sus compañeras que, con sus padres, murieron de enfermad, hambre, malos tratos y cansancio ante sus ojos: nunca, decía, dejaron de estar presente en su mente. Por eso, atea proclamada, pidió que en su entierro se cante el kadish, plegaria para los muertos… y que cantó una mujer rabino liberal.

 Simone Veil ha simbolizado la exigencia de laicidad como base de la República francesa

Elegida a la Academia francesa en 2008, hizo grabar sobre su espada ceremonial el lema republicano “Libertad, Igualdad, Fraternidad” junto con el número 78651, su número de prisionera tatuado sobre su brazo.

Simone Veil fue en 1974 la segunda mujer de la Historia en ser nombrada ministra de primera fila en un gobierno francés. Cuando subió a la tribuna del Parlamento para defender la despenalización del aborto, se convirtió en la máxima figura nacional de la exigencia de igualdad de las mujeres, el derecho a trabajar y a ocupar cargos como los hombres, el derecho a disponer libremente de su cuerpo.

Mientras la Iglesia católica pretendía a voz alta mantener un “orden moral” opuesto a las libertades de las mujeres, Simone Veil ha simbolizado la exigencia de laicidad como base de la República francesa.

Artículos biográficos publicados después de su muerte han dado a conocer nuevos aspectos de su actuación de gran nobleza, en la dura época de la guerra de independencia de Argelia, cuando era directora de las cárceles francesas. En aquellos tiempos revueltos, cuando De Gaulle volvió al poder, Veil actuó con determinación para trasladar a Francia a las mujeres militantes independentistas prisioneras, salvándolas de las violaciones y malos tratos que sufrían en las cárceles de Argelia a manos del ejército. Dilató a más no poder los procedimientos judiciales de los cientos de militantes argelinos condenados a muerte por tribunales militares, para salvarlos de la guillotina. Ayudó a conseguir para los activistas encarcelados y en huelga de hambre el reconocimiento oficial de su condición de presos políticos.

La legalización del aborto, fruto del activismo feminista, fue propuesta por un gobierno de derechas

Siendo ministra de Asuntos Sociales y Salud de 1993 a 1995, visitaba cada semana a los enfermos terminales de SIDA en un hospital parisino, sin foto ni tele ni prensa y sin que se hiciera público.

En 2013 se vio a Simone Veil en la calle, saludando al pie de su casa a manifestantes opuestos al matrimonio homosexual. Pero su enfermedad de Alzheimer estaba ya muy avanzada, por lo cual tal gesto fue una manipulación. La verdad es que, preguntada años antes sobre la homosexualidad, habló de Auschwitz: “Cuando había relaciones homosexuales, pues muy bien. Eso demostraba que algo quedaba de amor, de humanidad.” A un periodista que le preguntó qué haría si su hijo tuviese a un hombre de pareja, contestó que lo invitaría a cenar.

Aquí tenemos a nuestra heroína francesa.

De derechas

¿Qué más decir? Pues que era de derechas. Burguesa y de derechas.

Jueza de profesión, fue ministra de Salud de 1974 a 1979, siendo presidente de la República el derechista Valery Giscard d’Estaing, en el gobierno de Jacques Chirac y después en el de Raymond Barre, entonces gran iniciador de las políticas de recortes y austeridad en Francia. Es decir: la ley de legalización del aborto, fruto de años de activismo feminista, fue propuesta por un gobierno de derechas.

De ser española, Simone Veil no hubiera sido Irene Montero. Se le hubiera visto en UCD, en el PP, en UPyD, en Ciudadanos….

Veil encabezó la candidatura de la derecha “centrista” de Giscard en la primera elección al Parlamento Europeo en 1979, ganando con un 27,6% frente al 23,5% de la lista socialista llevada por Mitterrand (que ganaría las elecciones presidenciales dos años después). Fue elegida presidenta del Parlamento Europeo frente al candidato socialista, y defendió en ese Parlamento la integración europea y las políticas económicas liberales.

Volvió al gobierno de 1993 a 1995 como ministra de Estado, es decir primera vicepresidenta del gobierno del derechista Édouard Balladur, otro gran partidario de las políticas ultraliberales de ajustes y recortes.

Miembro del Consejo constitucional de 1998 a 2007, defendió el Sí al referéndum sobre la Constitución europea (el No ganó de forma abrumadora). En 2007, arropó la candidatura del derechista Nicolas Sarkozy a las elecciones presidenciales.

De ser española, Simone Veil no hubiera sido Irene Montero. Se le hubiera visto en UCD, en el PP, en UPyD, en Ciudadanos… ¿Cómo puede ser?

Su trayectoria no encaja con las representaciones que se han impuesto hoy en el ámbito político-social: si defiendes a los derechos de las mujeres y de los homosexuales eres de izquierda, y si no compartes todas las reivindicaciones LGTB formuladas por los movimientos que pretenden representar a esas identidades, entonces eres de derechas y puede que hasta fascista.

A esa dicotomía ha contribuido determinadamente el Partido Socialista francés desde el gobierno.

Queriendo recuperar en el terreno “moral” una frontera izquierda/derecha que va perdiendo en el ámbito social por seguir implementando políticas nada populares semejantes a las de la derecha, el Partido Socialista francés no ha dudado en ahondar profundamente en lo que pueda dividir a la sociedad, en temas donde es imprescindible aglutinar mayorías y consensos.

En Francia, el Partido Socialista ha querido obligar a la derecha a identificarse con los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica. Para conseguirlo, en 2013, el gobierno de Hollande utilizó la propuesta de legalización del matrimonio gay (‘matrimonio para todos’) como arma arrojadiza contra la derecha, buscando en todo momento el enfrentamiento más duro. También han invitado a los “colectivos” LGBT a controlar la redacción de programas escolares, lo que se saldó con algunas iniciativas provocadoras. ¿Por torpeza? No: para provocar.

Los socialistas incluso han intentado presentar a la derecha como contraria al aborto, con una propuesta de enmienda a la ley Veil orientada para que la derecha vote en contra en el Parlamento.

Han acusado al izquierdista radical Mélenchon de ser de derechas, por oponerse al “alquiler” de útero

Con tales maniobras se ha pretendido destruir toda posibilidad de exponer matices, polarizándolo todo entre una derecha achicada a una identidad católica atrasada y reaccionaria, y una izquierda adherida en su totalidad y sin matices al campo “libertario” LGTB. Así hemos visto como ese campo acusaba este año el candidato presidencial de izquierda radical Mélenchon de ser de derechas, por oponerse al ‘alquiler’ de útero – o maternidad subrogada – .

Se pretende ahora incluir en esa “nueva” identidad de izquierda al autoproclamado “feminismo interseccional” y “racializado”, esas tan surrealistas corrientes islamo-izquierdistas que denuncian la laicidad institucional como “racismo de Estado” e “islamofobia”, y reivindican para las mujeres la “libre” sumisión al machismo y al patriarcado étnico-religioso comunitario.

Con todo eso, Hollande ha conseguido levantar en Francia un movimiento de masas con lemas de inspiración católica integrista, con Francia viviendo enormes manifestaciones de oposición al matrimonio gay durante el año 2013, y con una represión policial dura.

En tal escenario no cabe gente como Simone Veil.

¿Heroína del pasado?

Quizás ella venga del pasado, de esa Tercera República francesa nacida en 1870 con la caída estrepitosa del imperio de Napoleón III.

La Tercera República produjo políticos de gran calado, con gran capacidad oratoria y personalidades agudas. Uno de los más importantes e interesantes es Georges Clémenceau, apodado “el Tigre”.

Quizás con Veil haya fallecido la última representante de esa burguesía patriota y culta que quería progreso

Clémenceau de derechas: inventor de la policía moderna (“las brigadas del Tigre”), enemigo de los mineros huelguistas del norte, jefe del gobierno nacionalista vencedor de la I Guerra Mundial y “Père la Victoire”. Clémenceau progresista: denunció de forma contundente al colonialismo francés, cuando la izquierda – incluyendo Victor Hugo y Jean Jaurès – lo consideraba como civilizador; se volcó en defensa del capitán Dreyfus acusado de traición por ser judío, en tiempos en donde eso era jugársela, publicando la tribuna “J’accuse” de Émile Zola; como jefe del gobierno, impuso la jornada laboral de ocho horas sin pérdida de salario.

De Gaulle fue claramente el heredero político de Clémenceau. Y en esa vena podemos situar a Simone Veil. Quizás con ella haya fallecido la última representante de esa burguesía patriota y culta que quería progreso y grandeza para su país, capaz de recoger parte de los intereses populares dentro del “interés general”, esa elite que actuaba convencida de que Francia es un país diferente, cargando con el deber de cumplir para la Humanidad la herencia de la Revolución francesa.

Es fácil ver como en Francia, en unos veinte años, el islamismo ha impuesto enormes retrocesos al estatus de las mujeres, primero en las clases populares y para las mujeres de origen inmigrante, pero con fuertes consecuencias para todas.

Para el obispo, el enemigo es el ateísmo y el derecho al aborto, no son los islamistas

Eso va de la mano de esa ola fascista que destruye las libertades y las culturas de los pueblos de oriente, en Asia y África, desde la revolución iraní: basta con ver cómo han retrocedido dramáticamente los derechos de las mujeres (y ¿cómo no? de los homosexuales) en los países llamados “musulmanes”, también en Chechenia, es decir Rusia. Hace veinte años, Arabia Saudí parecía una caricatura como Corea del Norte; pero hoy en día vemos como su “modelo” allana el terreno, incluso en Francia y España, para su concepción totalitaria del islam.

Los otros aparatos clericales también se han movido: eso es hoy más que obvio con la Iglesia católica.

El día 26 de julio pasado, se celebró cerca de Rouen una misa homenaje al cura Jacques Hamel, degollado en plena misa el año pasado por islamistas. Ante el presidente de la República, Emmanuel Macron, y demás cargos oficiales (ahí donde Clémenceau, como jefe del gobierno, se negaba a estar para respetar la laicidad del Estado), el obispo de turno se permitió atacar, sin nombrarla, a Simone Veil, con unas palabras clarísimas: según ese obispo los atentados resultan ser “una sombra para nuestra sociedad que ya no sabe a dónde va después de la muerte” y de “creerse libre de hacer todo lo que cada individuo desee, incluso quitarse la vida o impedir que nazca”.

Así de claro: el enemigo es el ateísmo y el derecho al aborto, no son los islamistas (que están de acuerdo con ese obispo), lección dada a los máximos representantes del Estado francés veinte días después del entierro de Simone Veil.

Pero ni se ha levantado el presidente de la República para irse, ni nadie – gobierno, prensa, militantes feministas y progresistas, partidos… – ha comentado esas palabras tan claramente reaccionarias (como ya ocurrió el año pasado cuando el cardenal de París culpó del terrorismo al aborto, en una misa presenciada por el presidente Hollande). Al contrario: Macron ha contestado con un discurso donde las palabras laicidad, libertad, igualdad, fraternidad han desaparecido, asociando el espíritu republicano con palabras muy escogidas: esperanza, don de sí, amor… El director de la importante revista católica “Esprit” no se ha equivocado respecto a la importancia de tal discurso, analizando inmediatamente que “Macron arraiga la República en los valores religiosos”.

Francia es cada vez más un país de leyes universales pero de aplicación relativa según el origen social, étnico…

Claro, Macron y el gobierno no van a obedecer al obispo católico prohibiendo ahora mismo el aborto y agravando la criminalización de la eutanasia, por ejemplo. Eso de prohibir el aborto para complacer a la Iglesia ya lo ha hecho la izquierda radical latinoamericana, nada menos que Daniel Ortega en Nicaragua, prohibiendo y criminalizando totalmente el aborto cuando volvió al poder hace diez años, cuando Nicaragua fue el primer país del mundo en legalizar el aborto por indicación médica en… 1837. También hemos visto al presidente ecuatoriano Rafael Correa reventar un intento de diputados de despenalizar el aborto, acusándoles de traición. Y que nadie espere algo del gobierno de Venezuela tampoco.

Volvamos a Francia: la ministra de Igualdad entre hombres y mujeres, Marlène Schiappa, dijo a principios de julio que “la política de igualdad entre hombre y mujeres debe tener en cuenta la especificidad de los diferentes territorios”. No ha dicho de qué territorios habla; pero en los barrios populares sometidos al control social de los imames y activistas islamistas, pueden tener alguna idea. Y lo primero que cae con ese control social, delegado a los machotes de barrio, son los derechos de las mujeres y las chicas: a la educación sexual, a los anticonceptivos, al aborto. Francia es cada vez más un país de leyes universales pero de aplicación relativa según el origen social, étnico o supuestamente religioso.

Cuando militantes feministas denunciaron acoso callejero en un barrio de París invadido por hombres – en parte migrantes que acuden allí al único centro de acogida de la ciudad -, la alcaldesa reconoció que lo sabía pero lo iba callando, mientras una dirigente ecologista culpaba a las aceras tan estrechas por allí. Pero la ministra Schiappa se dio un paseo en unas calles (haciendo “testing”) y luego denunció a… las denunciantes, porque allí según su experiencia no pasa nada. Denunciar el acoso machista callejero expone a ser acusado de racismo, nada menos que por el gobierno.

En las elecciones de 2017 se ha visto la influencia del argumentario islamo-izquierdista

Al igual que Macron, una mayoría de políticos se rinde más o menos abiertamente ante la acusación de que la laicidad sería hoy racismo de Estado. Durante el ciclo electoral de 2017 se ha visto la alarmante influencia del argumentario islamo-izquierdista, desde el candidato presidencial socialista Hamon en un congreso salafista hasta candidatos del movimiento de Mélenchon, del partido comunista, del movimiento de Macron, del partido socialista e incluso de la derecha, empezando por el nuevo presidente del Gobierno que de esas filas procede. Mientras, el candidato presidencial de la derecha, François Fillon, se valía de ser católico practicante.

Claro, hay oportunismo y clientelismo electoralista, cada uno intentando no perderse un supuesto “voto musulmán” (y así construyéndolo). Pero también ha ganado muchísimo terreno esa idea de que la sociedad debería “abrirse” y para ello aceptar las expresiones más retrogradas de identidades religiosas. De Macron a Corbyn pasando por la mayoría de los dirigentes de la izquierda francesa, se impone la doctrina de Trudeau, el gobernante de Canadá que borra de los documentos oficiales la condena del matrimonio forzado y de la mutilación genital femenina, para “no herir” a los musulmanes.

El legado soñado de Francia

¿Es entonces Simone Veil una figura del pasado? ¿Que quedará de su legado en pocos años, de seguir la senda tan inquietante que abren los gobernantes de hoy?

Ojalá los que pierdan mañana sean, al contrario, los que sigan subiéndose al carro de la polarización “moral” entre izquierda obligatoriamente libertaria y proislamista y derecha obligatoriamente católico-reaccionaria.

El pueblo defiende la libertad sexual, los anticonceptivos, el derecho al aborto, la igualdad para las mujeres

Porque el pueblo, ese pueblo llano de todo origen que se siente francés, a menudo caricaturado como siendo puro cuñadismo, resulta que en su amplia mayoría defiende la libertad sexual, los anticonceptivos, el derecho al aborto, la igualdad para las mujeres. Acepta y defiende muy mayoritariamente el matrimonio gay, y se identifica con la libertad de conciencia y la laicidad, como lo demuestran todas las encuestas. Y vota y manda al Parlamento gente de todo origen, judíos o hijos de españoles o magrebíes o indios o africanos, que salen elegidos por y para todos y aún no en clave comunitaria o étnica. El pueblo en su amplia mayoría se mantiene en la senda del inmenso e historico clamor popular de enero de 2015 en reacción al atentado contra Charlie Hebdo, uniendo el rechazo al terrorismo islamista con la defensa de la libertad absoluta de criticar las religiones ante asesinos que actuaron para castigar blasfemadores… algo que justificó entonces el mismísimo papa Francisco.

Por eso Simone Veil ha llegado a ser una heroína francesa: porque su trayectoria conecta con la Francia soñada y querida por su pueblo, esa Francia de Libertad, Igualdad y Fraternidad que cree, con pretensión, tener algo que legar al mundo.

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© Alberto Arricruz |  30 Abr 2017

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