Opinión

Venecias

Nicanor Gómez Villegas
Nicanor Gómez Villegas
· 13 minutos
Opinion mgf

Madrid | Enero 2026

Venezia mi ricorda istintivamente Istanbul/Stessi palazzi, addosso al mare. /Rossi tramonti che si perdono nel nulla. Estos versos del poeta Franco Battiato, que cualquiera que conozca un poco las dos ciudades suscribiría sin dudarlo, podrían haber servido de inspiración o latido inicial para Donald M. Nicol, historiador británico que se encerró en la Biblioteca Marciana (por San Marcos, no por Marte, el planeta o el dios de la guerra) de Venecia para leer miles de documentos originales y escribir suByzantium and Constantinople: a study in diplomatical and cultural relations, libro que rechifla a una gran amiga bizantinista (i.e. experta en Bizancio, no en discusiones bizantinas. Que también).

No es ninguna entelequia estética la asociación entre Venecia y Bizancio/Constantinopla/Estambul. Venecia nació bajo los auspicios de Bizancio, o mejor sería decir Constantinopla, pues Bizancio es una convención de historiadores para designar al Imperio romano de Oriente o Imperio romano a secas, como preferían los mal llamados bizantinos, que simplemente se llamaban a sí mismos “romanos”. Huyendo de las invasiones bárbaras, refugiados de la tierra firme se agruparon en la isla de Torcello, en la laguna veneciana.

Los primeros pasos de Venecia, cuando el último baluarte de la legitimidad imperial se hallaba en el exarcado de Rávena, fueron dados a la sombra de la ciudad del Bósforo, como ya se ha dicho más arriba. Las relaciones entre ambas ciudades, al principio con la condescendencia y celos propios de algunas relaciones maternofiliales, bascularon durante los primeros siglos a favor de Constantinopla, pero a partir del siglo XI Venecia comenzó a configurarse como un imperio talasocrático con una pronunciada vocación oriental, que comenzó a mirar de igual a igual a su antigua nodriza. E incluso llegó al extremo freudiano de matar a la madre. Literalmente.

Venecia, configurado como imperio talasocrático con vocación oriental, llegó al extremo freudiano de matar a la madre

En el año 1204 la relación entre ambas ciudades, que tanto compartían, se destruyó para siempre con el saqueo de Constantinopla por los participantes en la IV Cruzada, convencidos por Venecia para cambiar radicalmente de rumbo y dirigir a aquella nueva invasión de los bárbaros (como diría en alguna ocasión Steven Runciman con la ironía que lo caracterizaba) hacia su objeto primordial de deseo: la ciudad del Bósforo, a la que los venecianos conocían y admiraban y envidiaban desde hacía mucho tiempo. La herida fue tan profunda que incluso llega hasta hoy día el recuerdo de aquella vesania. Hace algunos años, finalmente, el Patriarca de Constantinopla, Bartholomaios I aceptó las disculpas que en nombre de la cristiandad occidental pronunciara el Pontífice romano Juan Pablo II. Recientemente, el nuevo Pontífice, León XIV, ha visitado la segunda Roma y se ha reunido en el patriarcado ecuménico, en la Iglesia de San Jorge, en el Fanar con el patriarca Barholomaios, que en alarde de longevidad sigue siendo el titular de la nueva Roma, el primus inter pares de la ecúmene ortodoxa, desde el Mar Negro al Mar Blanco (me refiero al límite norte de la Madre Rusia, pues el Mar Blanco o Ak Deniz era el nombre que los otomanos daban al Mediterráneo y también al Egeo).

El artífice de la conquista de Constantinopla y del imperio bizantino en 1204 fue el Dux de Venecia, la gran República patricia, Enrico Dandolo, un astuto anciano (ciego, para más señas y más inri) que convenció a los participantes en la IV Cruzada de sustituir los Santos Lugares por la ciudad del Bósforo. No contento con ello, intentó que el Senado de su ciudad trasladase Venecia (sus instituciones, su población, no naturalmente los edificios) a Constantinopla. No era una elección descabellada. Venecia era una ciudad endémicamente asolada por la peste y el cólera debido a su insalubridad ambiental, pues los canales que eran y son los caminos de la ciudad eran también vertederos de detritus; Constantinopla, por el contrario, gozaba de una posición privilegiada: un viento procedente de los Dardanelos y el Mar de Mármara purificaba el ambiente y la corriente del Mar Negro a través del Bósforo constituía el mejor de los desagües posibles para toda la inmundicia que podía llegar a producir una gran ciudad. Pero una propuesta tan visionaria no fue aceptada. ¿Se pueden imaginar cómo hubiera sido la historia del Mediterráneo de haberse llevado a cabo el sueño de Dandolo? A mí me gusta imaginar a veces estas situaciones, estas peripecias históricas que lo hubieran cambiado todo.

La fortuna de Venecia, quien se quedó con la parte del león del imperio bizantino, fue la decadencia y ruina para Constantinopla

La fortuna de Venecia, quien se quedó con la parte del león del imperio bizantino, fue la decadencia y ruina para Constantinopla, privada de su independencia y, cuando por fin pudo recuperarla precariamente, de la mayor parte de su imperio. Los turcos otomanos le dieron en 1453 la puntilla y Venecia comenzó a medirse con un nuevo avatar de Constantinopla, oficialmente Konstantiniye para los turcos, quienes la llamarían popularmente Istanbul, del griego eis ten polin, “en la ciudad” o “a la ciudad”, pues para griegos y turcos sólo existía una ciudad, la ciudad por antonomasia, la manzana roja (kizil elma) de los otomanos. Pero esa manzana, aunque estaba también en el Bósforo, es otra historia.

No es posible pensar en Italia y en la belleza absoluta dejando al margen a la laguna veneciana y sus tesoros. Italia! oh Italia! thou who hast /The fatal gift of beauty. Así dejó escrita su propia marca en el agua Lord Byron en Peregrinaciones del joven Harold la eternidad, su supremo homenaje a Italia. Y a la belleza. La isla de Torcello, en la que nació Venecia, en los años oscuros tras la caída del Imperio Romano de Occidente; las bellísimas Burano y Murano, con sus factorías artesanales de cristal que han hecho universal el nombre de esta isla; San Michele, el camposanto de la ciudad, uno de los cementerios más bellos del mundo, situado en la isla homónima, donde descansan contemplando desde su último lugar de reposo la eternidad de la laguna veneciana, all’ombra de’ cipresi e dentro l’urne (Ugo Foscolo), legión de enfermos del mal d’Italia, el morbo italicus: desde el Barón Corvo a Stravinski, pasando por Diaguilev y Ezra Pound.

Allí descansa también Iosif Brodsky, el autor del libro más bello que conozco sobre Venecia: Marca de agua, el título que Menchu Gutiérrez eligió para su extraordinaria traducción de Fondamenta degli incurabili, libro que el consistorio de la ciudad le encargó y que fue publicado originalmente en italiano. Italia, para él “el sueño que se representa toda la vida”.

Malamocco, donde estuvo el desván de infancia de Hugo Pratt, era también el nombre de uno de los fuertes de Famagusta

Lord Byron vivió deprisa y murió joven ―como todos los elegidos de los dioses―, amó la belleza, amó Italia, pero sobre todo amó a Venecia. Si hay algún lugar para reflexionar sobre la condenada belleza del mundo de la que habló Luis Martín Santos ese lugar es Venecia, en particular la laguna veneciana y sus tesoros. Los ya enumerados y muchos más, como El Lido, de La Muerte en Venecia, al que ya no podemos dejar de asociar al adagio de La 5ª Sinfonía de Mahler debido a otro enfermo de la belleza: Lucchino Visconti. O, en mi caso, Malamocco, donde estuvo el desván de infancia de Hugo Pratt antes de contraer su mal d’Africa, al modo de Rimbaud, en Abisinia. Pero Pratt siempre regresó a aquel desván, a aquel lugar donde guardaba toda su biblioteca, que como nos dijo el Capitán Burton “la casa, es ocioso decirlo, es donde uno tiene sus libros”.

Malamocco era también el nombre de uno de los fuertes que guarnecían Famagusta durante el último asedio otomano, como leímos con emoción en otro desván infantil en las novelas de Emilio Salgari, sin las que uno no sabe qué hubiera sido de su vida. Famagusta, como Corfú, Nafplio (Napoli di Romania) o Candía (la actual Heraklion en Creta) son las venecias orientales, las ciudades que balizaban la talasocracia veneciana desde la Laguna hasta loscomptoirs o escalas de Levante en Tierra Santa que dieron título a una novela de Amin Maalouf, las concesiones de las que gozaban las repúblicas marineras italianas en los territorios de los estados cruzados, que durante largo tiempo fueron punto de contacto y crisol cultural entre los hemisferios occidental y oriental del Mediterráneo. Entre Occidente y Levante.

Cuando Orson Welles eligió localizaciones para su Otelo, obra ambientada en la Venecia de Chipre, la ya mencionada Famagusta, nos hizo el guiño veneciano de rodarla en parte en la impresionante cisterna de Mazagão (actual El-Yadida), diseñada en el siglo XVI, como el resto de esta ciudad portuguesa de Marruecos, en estilo manuelino por un arquitecto italiano que trabajó para los españoles y los portugueses, Benedetto da Ravenna. La fortaleza de Mogador, la actual Essauira, que aparece también en la película, fue construida por un francés, Théodore Cornut dos siglos más tarde que las de Mazagão.

La memoria del genocidio armenio nos lleva a la isla de San Lazzaro en la laguna veneciana: allí custodian todo

Volviendo desde Famagusta y Mazagão a la laguna veneciana, en esta encontramos otro tesoro menos conocido. Byron alternó periodos de desenfreno en los palazzi de los canales (recomiendo con entusiasmo la traducción de Eduardo Mendoza de sus cartas venecianas, Débil es la carne) con temporadas de reposo y estudio en la fastuosa biblioteca del monasterio de San Lazzaro degli Armeni, como su nombre indica, un antiguo lazaretto para convalecientes de enfermedades contagiosas de las que el insano ambiente de la laguna era catalizador. Por cierto, hubo otro huésped muy conocido en la historia de San Lazzaro: el joven seminarista georgiano Bepi, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido por Stalin. Pero esa ya es otra historia.

Pero esa isla y ese monasterio, etapa ineludible del peregrinaje de todo byroniano (o stalinista, aunque he de reconocer que no me quiero unir a ese club) que se precie —a ser posible, en góndola, como lo hacía él—, es por encima de todo un lugar sacro de la memoria del pueblo armenio.
Hace unos años, en 2015, se conmemoró —que no es celebrar, sino traer a la memoria— el primer centenario del comienzo del genocidio del pueblo armenio en abril de 1915. La memoria del pueblo armenio y de su sufrimiento nos lleva a la isla de San Lazzaro en la laguna veneciana. Allí se custodian todos los registros escritos, sonoros y gráficos, y todo tipo de testimonios sobre la cultura, simiente y alimento espiritual de nuevas generaciones de un pueblo diezmado (el verbo se queda corto) en uno de los episodios más horrorosos de un siglo, el siglo XX, que nos ha acostumbrado desgraciadamente al horror.

San Lazzaro, al contrario que San Michele, que es una necrópolis, una isla de los muertos, como la del cuadro de Böcklin, es una isla de la vida, una isla de la memoria, porque allí se guarda, como si se tratara de la caja negra de un avión, la memoria de un pueblo, la memoria, una de las facultades superiores del alma para los antiguos. Allí se guardan las pepitas de granada que un día harán florecer nuevos granados.

Byron vivió en 1816 durante seis meses en San Lazzaro, estudiando armenio, “la lengua para hablar con Dios”

El monasterio y la isla fueron una donación del Dux de Venecia Alviso Mocenigo a un monje armenio, Mekhitar, que llegó en el año 1717 a Venecia huyendo de Constantinopla. Con veinte seguidores fundó un monasterio consagrado a la custodia del patrimonio cultural y espiritual del pueblo armenio. En 1797, tras apoderarse de Venecia, Napoleón, muy poco amigo de los monasterios, pero un enamorado de los libros, y además de leerlos, se quedó impresionado por el patrimonio de más de 4.500 manuscritos y de 200.000 libros. Este monasterio se convirtió en la sede de la orden mekhitarista, en comunión con el Vaticano, pero espiritual y litúrgicamente estrechamente ligada a la iglesia apostólica armenia. Mekhitar trató de salvar el abismo entre las iglesias orientales y Roma. Los rasgos de los prelados armenios contemplan desde sus lienzos a los visitantes desde los muros del monasterio, principalmente en el museo dedicado a los tesoros de la civilización armenia, desde piezas de orfebrería de la Edad de Bronce, monedas de oro del siglo I A.C., y la espada, forjada en 1366, de León VI de Lusignan, monarca del reino armenio de Cilicia, el último estado armenio independiente anterior a la efímera Primera República de Armenia.

Byron, de ello nos informa el libro de visitantes distinguidos del monasterio, vivió en 1816 durante seis meses allí estudiando armenio, en su opinión “la lengua para hablar con Dios”. En su sala de estudio se encuentra una momia egipcia de más de 2500 años de antigüedad, rodeada por la edición en 23 inmensos volúmenes de La Description de l’Égypte de Dominique Vivant Denon. Pero a parte de esas curiosidades, y de sus ilustres huéspedes, San Lazzaro tiene tres impresionantes bibliotecas, y entre ellas destaca una sala circular para conservar manuscritos que alberga la colección más importante del mundo de manuscritos armenios, entre ellos los evangelios que ser realizaron en el año 862 para la Reina Melket. Y las traducciones al armenio antiguo del saber de la antigüedad, de Hesíodo, de Filón y de otros innumerables tesoros.

Volviendo otra vez a Byron, “Si se interpretan correctamente las Sagradas Escrituras, fue en Armenia donde estuvo situado el Paraíso Terrenal”. Y en esa isla de la memoria, en esa isla de la esperanza y de la vida, se custodia la memoria de un pueblo que hace ahora un siglo sufrió el azote de los vientos de la historia, de una plaga de dimensiones bíblicas.

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© Nicanor Gómez Villegas (2026) | Especial para MSur