Artes

Mohamed Safa

M'Sur
M'Sur
· 12 minutos
Safa mohamed

Encendemos el televisor. En la pantalla hay ruinas, escombros, coches destrozados, polvo, fango. En medio algunas chozas, niños de aspecto perdido, gente que no tiene a dónde ir. Esperando algún envío de ayuda humanitaria para comer un día más. Es posible que incluso veamos al fondo derrumbarse otro edificio bajo una bomba lanzada desde un caza o un tanque. Más escombros. Cifras de muertos. Apagamos el televisor.

Un genocidio televisado es el subtítulo del breve ensayo de Mohamed Safa (Nablus, Cisjordania, 1956), oftalmólogo formado en Santiago de Compostela y residente en Galicia. Y es efectivamente esto: nos muestran, día tras día, la lenta pero sistemática, abierta, públicamente proclamada erradicación del pueblo palestino, la vemos con sus consecuencias (en Gaza) y sus causas (en Washington y Jerusalén), y no hacemos nada. Tal vez no podamos hacer nada.

Pero podemos informarnos. En Gaza. Un genocidio televisado, recién publicado en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Safa describe con precisión los otros mecanismos de esta erradicación sistemática: los del lenguaje, la forma de dar las noticias (algo mucho más evidente en la prensa fuera de España), la tergiversación de nuestra propia historia, empezando por el holocausto, para ponerla al servicio de Israel. Y si bien parece difícil hacer algo contra un cazabombardero, sí podemos asumir una postura en el frente de la batalla por el concepto. Aunque sea, como dijo Valle-Inclán, y recoge Safa, por decoro.

[Ilya U. Topper]

Mohamed Safa

Gaza

Un genocidio televisado

© Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2026

La memoria como herramienta ética o como justificación política

La manera en que distintas naciones o movimientos han gestionado la memoria de sus tragedias históricas tiene implicaciones profundas sobre su ética política y su proyección hacia el mundo. Un ejemplo notable es Sudáfrica, donde, tras el fin del apartheid, líderes como Nelson Mandela y Desmond Tutu promovieron una memoria que no buscaba venganza, sino la denuncia del racismo y la opresión, con el objetivo explícito de evitar que esa experiencia se repitiera, ni para su pueblo ni para ningún otro.

Por otro lado, la memoria del Holocausto, una de las mayores tragedias del siglo xx, ha sido usada por el Estado de Israel para justificar su política hacia el pueblo palestino. Lejos de constituirse únicamente en una advertencia contra el genocidio y el racismo, en el discurso oficial israelí, el Holocausto ha sido invocado como justificación para políticas que incluyen la Ocupación, el desplazamiento forzado y la violencia sistemática, acciones calificadas como una forma de limpieza étnica. En ese contexto, la memoria del Holocausto deja de ser una advertencia ética universal para convertirse, peligrosamente, en una «licencia para matar».

El Estado de Israel actúa, como si el Holocausto hubiese ocurrido ayer, proyectando sobre los palestinos y sus simpatizantes la sombra de una culpa que no les corresponde. Esta prolongación interesada de la memoria del Holocausto no solo distorsiona la historia, sino que también dificulta la búsqueda de una paz justa y duradera. Para el Estado de Israel, el Holocausto ha funcionado no solo como una tragedia histórica de enorme magnitud, sino también como una herramienta discursiva que ha permitido justificar su comportamiento agresivo en la región y consolidar una imagen de víctima perpetua. Esta narrativa ha sido, en muchos sentidos, el combustible ideológico que facilitó la creación del Estado y su posterior legitimación ante la comunidad internacional. La realidad que vivimos hoy no gira en torno a lo que le ocurrió al pueblo judío durante el Holocausto —una tragedia que reconocemos como uno de los crímenes más atroces de la historia moderna—, sino a lo que el Estado de Israel está haciendo en nombre del pueblo judío: un proceso sistemático de opresión y limpieza étnica que, para muchos, constituye un genocidio contra el pueblo palestino.

Se utiliza, muchas veces, como una especie de «tarjeta roja» frente a cualquier crítica a su política colonial o a su trato hacia el pueblo palestino. Las acusaciones de antisemitismo se convierten así en una barrera automática para descalificar toda denuncia, sin atender al contenido ni a la legitimidad de la misma.

A diferencia del caso sudafricano, donde el apartheid fue enfrentado como un proceso de aprendizaje, en la sociedad israelí parece haberse interiorizado una idea peligrosa: que ningún mal cometido por ellos podría jamás equipararse con el sufrimiento del pueblo judío durante la Shoá. En esa lógica, cualquier acción, por dura que sea, se vuelve aceptable —o incluso justa— si es vista como parte de una justicia histórica.

La memoria del Holocausto se conmemora en Europa como una especie de religión civil, un ritual laico que celebra los valores de la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, como señala el historiador Enzo Traverso, esta memoria hoy, sin embargo, tiende a abandonar su vocación original y a identificarse cada vez mas con la política del Estado de Israel. Este giro transforma la memoria de las víctimas del nazismo en un instrumento que blinda a Israel contra toda crítica, incluso cuando se refiere a su Ocupación y políticas coloniales.

Un ejemplo representativo de esta tendencia es la declaración del presidente francés Emmanuel Macron, quien afirmó que el antisionismo es una forma moderna de antisemitismo. Esta postura, compartida por numerosos líderes europeos, busca neutralizar cualquier crítica legítima al sionismo como movimiento de carácter colonialista y al Estado de Israel como potencia ocupante.

Considerar el antisionismo como una expresión de antisemitismo denota un profundo desconocimiento histórico. De hecho, los primeros opositores al sionismo fueron amplios sectores de la comunidad judía. Muchos judíos —tanto religiosos como laicos— rechazaron el sionismo por considerarlo una transformación indebida del judaísmo, que pasaba de ser una comunidad religiosa a convertirse en un movimiento nacionalista, algo que contradecía sus principios espirituales. Además, consideraban que era una estrategia equivocada para enfrentar el antisemitismo en Europa.

Frente a la persecución y discriminación, las comunidades judías desarrollaron diversas respuestas. Algunas se integraron en los movimientos socialistas, mientras que otras buscaron salidas fuera del continente. Fue en este contexto que surgió el sionismo, un movimiento que, en su formulación original, adoptó rasgos colonialistas al proponer la creación de un hogar nacional judío en Palestina.

Paradójicamente, quienes mostraron mayor entusiasmo por el sionismo fueron, por un lado, sectores laicos judíos influenciados por el nacionalismo europeo y, por otro, antisemitas europeos, que vieron en el proyecto sionista una oportunidad para «deshacerse» de los judíos de Europa. También grupos cristianos evangelistas, movidos por creencias escatológicas, apoyaron el retorno de los judíos a la Tierra Santa antes de la llegada del mesías como parte de su narrativa religiosa. Estos antecedentes históricos muestran que el sionismo no fue nunca una doctrina unificada ni unánimemente aceptada entre los propios judíos.

Esta respuesta, sin embargo, fue inicialmente minoritaria entre los propios judíos. Como recuerda el periodista y ensayista francés Dominique Vidal en su libro Antisionisme = Antisémitisme?, los primeros opositores al sionismo fueron precisamente judíos, especialmente antes de la Segunda Guerra Mundial.

La gran mayoría de las comunidades judías —religiosas y seculares— no apoyaban la idea de establecer un Estado judío en Palestina, y eso no los convertía en antisemitas. Su rechazo se fundamentaba en razones religiosas, éticas, políticas o culturales, incluyendo la convicción de que la identidad judía no debía reducirse a una identidad nacional. Confundir antisionismo con antisemitismo no solo distorsiona el debate, sino que silencia voces críticas —incluso dentro del propio judaísmo— y borra una parte importante de la historia del pueblo judío.

En esta misma línea, el Parlamento alemán (Bundestag) aprobó el 17 de mayo de 2019 una resolución que califica al movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) como antisemita. Este discurso oficial cobra aún mayor gravedad en el contexto actual, en el que el genocidio palestino —especialmente en Gaza— es visible y televisado.

Aun así, tanto Angela Merkel como Olaf Scholz han expresado reiteradamente su apoyo incondicional a Israel, elevándolo a nivel de razón de Estado para Alemania. Este apoyo, en nombre de la culpa histórica alemana por el Holocausto, parece cargar sobre los hombros del pueblo palestino un castigo que no les corresponde. ¿Se puede realmente purgar un genocidio apoyando otro? El resto de Europa no ha actuado de forma muy distinta. En muchos países, el pasado antisemita se ha transformado en un apoyo ciego al Estado israelí, al punto de acusar de antisemitismo a quienes apoyan la causa palestina o critican el sionismo. Así, el rechazo histórico a los judíos se transmuta en un rechazo a los palestinos, ahora culpabilizados por resistir una Ocupación.

Eso es lo que observo como ciudadano que vive en Europa. Cada vez que ocurre una agresión contra el pueblo palestino —asesinatos, torturas, bombardeos—, noto que, casi de inmediato, ciertos espacios televisivos reaccionan emitiendo programas, películas o documentales sobre el Holocausto, como si fuera necesario equilibrar la indignación o desviar la atención.

Pero nosotros, los palestinos, no luchamos por ocupar el lugar de las víctimas. No buscamos el reconocimiento simbólico del sufrimiento, ni competir en una escala de dolores. Nuestra lucha es más simple y urgente: queremos dejar de ser agredidos, ocupados y despojados, y un presente libre de violencia y dominación.

El poeta palestino Mahmud Darwish lo preguntó con claridad desgarradora: ¿Y eso es en nombre del equilibrio? Parece que hemos entrado en una especie de competencia por el dolor, como si el sufrimiento tuviera un podio, y en él Israel hubiera asegurado un lugar fijo y eterno. No solo se reclama el primer puesto, sino también la exclusividad de ser reconocido como víctima eternamente.

Desde mediados del siglo XX, las víctimas que no fueron identificadas como judíos-semitas por el nazismo han sido, en gran medida, borradas de la memoria colectiva. La tragedia de aquellos años —plural, múltiple, diversa— ha sido contada casi como un sufrimiento exclusivamente judío, dejando en la sombra a millones de otras víctimas: gitanos, comunistas, discapacitados, homosexuales, prisioneros de guerra soviéticos y, por supuesto, los pueblos colonizados, cuya historia de dolor nunca ha ocupado las pantallas ni los museos del mundo occidental.

La memoria no puede ser monopolio. El sufrimiento no debería ser propiedad privada. Como señala el historiador Shlomo Sand, la memoria occidental de los campos de concentración y exterminio nazi ha sido vaciada de muchas de sus víctimas. Gitanos, resistentes y opositores políticos, comunistas, socialistas, intelectuales polacos, comisarios y oficiales soviéticos, entre muchos otros, han sido progresivamente borrados del relato dominante.

Su sufrimiento ha quedado diluido, marginado frente a una narrativa hegemónica del Holocausto que, al centrarse casi exclusivamente en las víctimas judías, ha silenciado o relegado a quienes también fueron perseguidos y exterminados por el régimen nazi. Esta memoria parcial no solo es históricamente incompleta, sino éticamente injusta: toda víctima merece ser recordada con igual dignidad.

La comparación entre las dos memorias —el Holocausto y el apartheid— no busca equiparar directamente las tragedias o simplificar los conflictos, sino subrayar la responsabilidad ética en la forma en que se usa la memoria histórica: como instrumento de paz y justicia, o como coartada para la repetición del sufrimiento, ahora ejercido desde una posición de poder.

Por eso fue un gran acierto que Sudáfrica presentara una denuncia por genocidio contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. No solo por su autoridad moral como país que sufrió y logró superar el apartheid, sino también por el profundo simbolismo que encierra: un país con memoria del apartheid que interpela a otro país que comete crímenes en nombre de otra memoria, la del Holocausto.

Además, es significativo que no se trate de un país árabe o musulmán. Esto desmonta la narrativa de que el conflicto tiene un trasfondo étnico o religioso. No es un enfrentamiento entre pueblos, sino entre sistemas: entre el colonialismo y quienes luchan por liberarse de él.

En esta trinchera no se pregunta por la identidad ni por la sangre, sino por la posición moral: ¿estás del lado de la libertad y la igualdad, o del lado de la opresión y el privilegio? La solidaridad con el pueblo palestino no nace de la genética, ni del origen étnico, sino de un compromiso ético con la justicia.

La escritora Irene Vallejo recordaba que, en la antigua Grecia, ser griego dejó de ser un asunto de nacimiento o linaje para convertirse en una elección cultural: era griego quien amaba los poemas de Homero. Hoy ocurre algo similar con Palestina: ser palestino no es únicamente una cuestión de nacionalidad, es también una postura moral, una forma de defender la dignidad humana frente a la Ocupación y la injusticia. Desde esta perspectiva, se entiende por qué la sociedad civil ha respondido de manera tan masiva en apoyo al pueblo palestino, a través de manifestaciones, concentraciones y gestos de solidaridad. La respuesta no es solo política, sino profundamente ética. Encuentro una clave en un pequeño diálogo de La corte de los milagros, de Valle-Inclán. Allí, alguien le pregunta al protagonista:

—¿Y tú, por qué eres revolucionario?
Y él responde:
—Soy revolucionario por decoro.

Entre los varios significados de «decoro», está la decencia. Y hoy, frente a tanta indecencia mostrada por gran parte de la élite política con su tibia o cínica posición, la inmensa mayoría de la sociedad eligió ser palestina por decencia.

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© Mohamed Safa | Ediciones del Oriente y el Mediterráneo (2026) | Avance cedido por la editorial · 176 pág. 12 € | Comprar el libro