Opinión

La imposible ofensiva kurda

Ilya U. Topper
Ilya U. Topper
· 14 minutos
Opinion mgf

Estambul | Marzo 2026

Donald Trump ha levantado el teléfono y ha hablado con los kurdos. No es oficial, pero la noticia la difunde la agencia estadounidense Axios, que se precia de tener fuentes solventes, y la confirma el digital kurdo-iraquí Rudaw. «Los kurdos», en este caso, son las dos facciones que se reparten desde hace décadas el control de la región autónoma del Kurdistán iraquí: el clan Barzani, con centro en Erbil, la capital, en el norte, y el clan Talabani, cuyo feudo es la industriosa Suleimaniya, en el sur.

Axios no dio a conocer lo que Trump ha hablado con los dirigentes de ambas familias —Bafel Talabani, el actual hombre fuerte de la familia del sur y Masoud Barzani, patriarca del clan, padre del primer ministro de la región autónoma, Masrour Barzani y tío del presidente, Nechirvan Barzani— y Talabani solo le confirmó a Rudaw que la conversación había servido para «comprender mejor los objetivos» de Washington. Pero el digital añadió un punto clave: Trump también habría llamado a Mustafa Hijri, líder del PDKI, un grupo armado kurdo iraní con base en Erbil.

El rumor corrió como la pólvora: Washington sondea la opción de usar a los kurdos para lanzar una invasión terrestre de Irán.

Porque una invasión de Irán con tropas estadounidenses es imposible, en eso coinciden todos los analistas. Tendría que partir de Kuwait, cruzar las marismas del sur de Iraq y avanzar hacia Teherán, a 600 kilómetros de distancia, atravesando desfiladeros de 2000 metros de altitud. No está previsto, no se ha acumulado una fuerza terrestre en Kuwait, y si se hubiera hecho, ahora mismo estaría bajo intenso fuego iraní. En el Pentágono saben con certeza que es imposible.

¿Si se promete a los kurdos de Irán que volverán a tener su Estado, ¿tal vez derriben el régimen de los ayatolás?

Pero ¿y si otros hacen el trabajo? Los kurdos de Irán llevan generaciones descontentos con el Gobierno central, con el actual y con el de la dinastía Pahlevi antes. Tras la invasión soviética de 1941 del norte de Irán, ahí se formó incluso un efímero Estado kurdo, la República de Mahabad, una franja alargada entre la frontera turca y el lago de Urmia. ¿Si se promete a los kurdos de Irán que volverán a tener su Estado, o al menos una autonomía, ¿tal vez se levanten contra el Gobierno central y derriben el régimen de los ayatolás?

Las estimaciones, poco precisas, hablan de una minoría de entre 7 y 15 millones de kurdos en Irán, nadie lo sabe con precisión, concentrada en la parte noroccidental de un país de 92 millones. Podría ser una fuerza de choque considerable, si se alinea en bloque con el proyecto. ¿Quién lo encabezaría? Hay una pléyade de grupos armados kurdos, casi todos operando desde el exilio en Erbil. Aparte del PDKI, heredero del líder de la República de Mahabad, Qazi Mohammed, está el PJAK, esencialmente la rama iraní del PKK, la guerrilla kurda de Turquía. El PKK, en teoría ya disuelta el año pasado, es también la referencia ideológica para las YPG de Rojava en Siria, pero a diferencia de ambos, el PJAK raramente ha pasado de unas escaramuzas con guardias fronterizas iraníes, y lleva relativamente quieto desde los últimos enfrentamientos de 2016-2017, con varias decenas de muertos, en los que también participaron el PDKI y el PAK, otra milicia continuador del mismo legado de Qazi.

PJAK, PAK y PDKI, junto con una de las tres escisiones del partido kurdo comunista iraní Komala y con el movimiento islamista kurdo Khabat, firmaron un pacto en Erbil el 22 de febrero pasado, seis días antes del ataque estadounidense e israelí a Irán. Su cometido: «Organizar una lucha común para la democracia, la justicia y los derechos nacionales del pueblo kurdo en Irán y en Kurdistán Oriental», acorde a su comunicado. Rojava se acabó, viva Rojhelat.

Pero no toda la oposición al régimen de los ayatolás está contenta. Reza Pahlevi, hijo del último sha y designado próximo líder de Irán por gran parte de las activistas iraníes del exilio y de la esfera de Trump, protestó con vehemencia: cuestionar la integridad territorial de Irán era una línea roja, y el Ejército iraní debería no solo defender al pueblo del régimen islamista sino igualmente de los separatistas, dijo en un comunicado emitido el 25 de febrero.

Erbil promete «no permitir que ningún partido utilice la región Kurdistán contra ningún país vecino»

Es difícil evaluar la capacidad de Reza Pahlevi de aglutinar la oposición en Irán; durante las protestas de enero pasado parecía una figura mucho más popular de lo que hacía suponer su escaso perfil en décadas pasadas, impulsado a los focos desde 2023 gracias a una eficaz campaña mediática orquestada desde Israel. Su rotundo respaldo a los bombardeos actuales, no del todo previsible tras años de rechazo de intervención extranjera, ¿le hace ganar simpatías en Irán o perderlas? No tenemos sondeos de opinión. Pero estas preguntas son secundarias ante una pregunta mucho más básica: ¿pueden las milicias kurdas tomar Irán?

Ninguno de los grupos armados mencionados tiene más de mil combatientes, según las estimaciones más prudentes. Es cierto que los guerrilleros del PKK, ya oficialmente anunciada la disolución del grupo, se han quedado en paro, y visto lo mucho que Ankara estira el proceso de paz, con la reintegración en la sociedad turco aún un espejismo lejano, es posible que unos cuantos prefieran buscar trabajo mientras. La fuerza del PKK se desconoce; las estimaciones más habituales de la última década hablan de 4000-5000 combatientes acuartelados en Iraq. Sería fácil integrarlos en los rangos del PJAK (no creemos que le preocupe mucho a Trump el hecho de que tanto PKK como PJAK están calificados como grupos terroristas por Estados Unidos, si es que lo sabe). Tal vez se adhieran también unos cuantos milicianos oriundos de Turquía que en la última década se afiliaron a las YPG de Rojava; Ankara los estima en varios miles. Ante una difícil integración en las brigadas kurdas del Ejército sirio, que ahora mismo se forman acorde a lo negociado con Damasco, y un aún más difícil regreso a Turquía, donde cuentan como terroristas, podrían también pasarse al lado iraní. Sumando todo, y con optimismo, llegamos a una fuerza de diez mil combatientes. Casi todos, mercenarios.

En el fondo sería una reedición de la República de Mahabad, también sostenida militarmente por combatientes exiliados del Kurdistán iraquí, bajo el mando de Mustafa Barzani, el padre de Masud. Pero también cabe recordar que la República cayó siete meses después de la retirada de las tropas soviéticas, casi sin combate: ante la desunión de las tribus kurdas iraníes, una resistencia armada era inviable. Masud Barzani, nacido en Mahabad, tenía pocos meses de edad cuando su padre se lo llevó al exilio en la Unión Soviética, y nada indica que tenga ganas de repetir el experimento. Todo lo contrario: el Ministerio del Interior de Erbil emitió el mismo 22 de febrero una nota para criticar duramente el «comunicado de varios partidos que amenaza un país vecino» y prometiendo «no permitir que ningún partido utilice la región Kurdistán contra ningún país vecino».

A Ankara no le gustará que sus propios terroristas —aún los considera así— construyan una nación en sus fronteras

Si ya es dudoso que diez mil guerrilleros puedan desencadenar una amplia rebelión kurda en Irán, la empresa se revela inviable, si no pueden contar con aprovisionamiento de armas y material desde el Kurdistán iraquí. Y los Barzani tienen varios motivos para no permitirlo. En primer lugar, el clan, conservador y patriarcal, está en las antípodas de la ideología marxista de la pléyade revolucionaria. En segundo, el Kurdistán iraquí depende enteramente de Turquía para su comercio exterior y la exportación de su petróleo, y a Ankara no le gustará en absoluto la idea de que sus propios terroristas —aún los considera así— construyan una nación en sus fronteras, precisamente lo que lleva diez años intentando evitar con todos los medios, guerras incluidas, en Siria. No llorará la caída del régimen de los ayatolás y se arreglará de inmediato con su sucesor, siempre a condición de que no permita un Estado kurdo. En tercer lugar, cualquier atisbo de ayuda a una ofensiva kurda expondrá Erbil al fuego graneado de de la máquina militar iraní.

Casi ya estamos ahí: desde el principio de la guerra, la región de Erbil registró ataques continuos con drones y misiles, dirigidos, según medios locales, no solo contra las bases estadounidenses en la zona, sino también contra el aeropuerto y zonas civiles, aunque por ahora no constan víctimas o no se han dado a conocer. Lo llamativo es que el grueso de esos ataques no llegaba desde Irán sino desde zonas de Iraq al sur de Erbil, dominadas por las milicias Hashd Shaabi (o Fuerzas de Movilización Popular) que son en teoría una parte integral del Ejército nacional de Iraq, pero en la práctica tienen más simpatía por Teherán que por Bagdad. Especialmente su unidad más potente, Kataib Hezbollah (sin relación con el grupo libanés), que ya el jueves pasado advirtió que «en caso de que Estados Unidos encendiera la mecha», lanzaría «una guerra de desgaste» contra cualquiera que colaborase con la ofensiva. El domingo, el comando Hamza de la Guardia Revolucionaria irani advirtió que «el menor movimiento de los grupos separatistas» resultaría en su completa destrucción, y el martes, varios drones impactaron en un complejo del PDKI en Koya, al este de Erbil, como confirmó el propio partido, que atribuyó el ataque a Teherán. Según la prensa local hubo un herido, y también fue atacado un campo del PAK.

¿Cuánto tiempo se tardaría en convertir a una guerrilla en una tropa capaz de vencer a un ejército regular?

Las milicias kurdas están en el punto de mira, y están aisladas. Equiparlas para una ofensiva terrestre a través de Turquía es imposible: no solo por el rechazo turco al PKK, sino también porque el sector de la población que vota a Erdogan está totalmente opuesto al ataque estadounidense-israelí contra una nación islámica. Ankara ya ha tenido que desmentir públicamente los rumores de que los aviones estadounidenses puedan usar la base de Incirlik para esta guerra. Y la izquierda, en este caso, tampoco piensa distinto. No piensan distinto ni quienes simpatizan con YPG y PKK.

Asegurar a las milicias una línea de aprovisionamiento desde el Golfo a través de todo Iraq hasta el Kurdistán se encontraría con muy serios obstáculos por parte de las brigadas de Hashd Shaabi, que ya están en acción. El martes se supo que las compañías petroleras que operan en los yacimientos del Kurdistán habían interrumpido la producción, parando el flujo de petróleo hacia Turquía, probablemente para minimizar daños en caso de un impacto en el oleoducto o un sabotaje. No, Erbil, con defensas muy inferiores al de las petromonarquías del Golfo, no es un lugar seguro para lanzar una ofensiva.

Quizás por eso mismo, el presidente de la región, Nechirvan Barzani, se apresuró el domingo a extender al «pueblo, Gobierno y cúpula de Irán» sus más profundas condolencias por la muerte del líder supremo, Ali Jameneí, que calificó de «mártir», término usado para quien muere en defensa de la fe o la patria. Que Dios lo tenga en su gloria, agregó. En términos diplomáticos: mientras los ayatolás estén en el poder, Erbil no se va a enemistar con ellos. Yo tampoco apostaría por un caballo que en caso de tropiezo me rompe el cuello.

Además: ¿qué sentido tendría para las propias milicias kurdas de lanzar la ofensiva de Trump? En el caso de arañar suficiente munición y optimismo pueden soñar con retomar Mahabad y proclamar la República de Rojhelat, pero ¿más allá? Es dudoso que toda la región kurdoparlante los celebre como libertadores; esto solo ocurre en cierta visión, propia de ideólogos exiliados, que considera que todo kurdo nace para luchador por la libertad de su pueblo. Si en Europa supieran cuantos kurdos de Turquía votan fielmente a Erdogan, cuantos kurdos son ahora mismo ministros en el Gobierno de Ankara, se frotarían los ojos.

Una ofensiva en el noroeste no resuelve esta bomba planetaria con temporizador que es el estrecho de Ormuz

Pero incluso si la nueva Rojhelat se extendiera hasta el último pueblo de habla kurdo, aún quedarían 300 kilómetros para Teherán. ¿Por qué iban a marchar hacia una capital que, expresamente, no es la suya? Podrán aprovisionarse de los arsenales que caigan en sus manos, pero ¿sabrán conducir tanques? ¿Cuánto tiempo se tardaría en convertir a una guerrilla, por experimentada que sea, en una tropa capaz de no solo hostigar sino de vencer a un ejército regular? Algunos analistas aventuran que la idea es simplemente mantener ocupado a las tropas iraníes en el noroeste, para que otros sectores de la población pueden tomar el poder en Teherán… pero esto supone la existencia de un sector en Teherán que lanzaría una revuelta armada contra un Ejército debilitado. ¿Existe este sector? Y si existe ¿hacen falta los kurdos?

Todo es posible. Nadie predijo el vertiginoso descalabro de las líneas de defensa del Ejército de Siria en diez días, tras trece años de una guerra civil que parecía ganada para Asad. Pero apostar por lo inverosímil no es una sólida estrategia militar.

Esto no quiere decir que Trump no lo intente. Por todo lo que sabemos sobre su relación con la cúpula militar estadounidense —nos quedamos corto si la llamamos pésima— podemos asegurar que no ha mirado ni un solo plano estratégico militar sólido antes de dar la orden de ataque. Puede seguir pulsando botones rojos al tuntún. Lo malo es que cada botón hace saltar resortes en ese campo minado que es Oriente Próximo, tocando y hundiendo a aliados. Y a todo eso, una ofensiva en el noroeste, por heroica que sea, no resuelve esta bomba planetaria con temporizador que es el estrecho de Ormuz cerrado al tránsito del petróleo. Y del gas. Y de los fertilizantes. Aparte las vituallas que necesitan las monarquías del Golfo. Si el régimen de Teherán no cae en cuestión de dos o tres semanas, o si Trump no declara victoria y pone fin a la guerra en ese periodo, el mundo tiene un serio problema. Y esta bomba de relojería no la desactivan ni diez mil guerrilleros kurdos.

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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial | 5 Marzo 2026