Opinión

El daño ya está hecho (y no a Irán)

Alejandro Luque
Alejandro Luque
· 6 minutos
Opinion mgf

Cádiz | Abril 2026

Y ahora, ¿qué? Rebasado el primer mes desde el ataque conjunto de EEUU e Israel sobre Irán, se abren muchos interrogantes y alguna certeza. ¿Cuánto durará todavía el conflicto? ¿Se traducirá el despliegue de tropas estadounidenses en el Golfo Pérsico en una ofensiva sobre el terreno? ¿Qué otras fuerzas podrían sumarse a la contienda? ¿Puede redibujar la guerra las fronteras de la región? Y sobre todo, ¿quién va a ganarla?

Aunque especular puede ser entretenido y hasta útil en algunos casos, el primer año de mandato de Trump nos ha enseñado que es un ejercicio inútil: la absoluta inconsistencia e incoherencia de sus decisiones, por no hablar de su desparpajo al mentir, abren un horizonte completamente imprevisible en cualquier campo en el que su país opere. Cuestiones de tanto calado como la continuidad de la OTAN o el mercado mundial del petróleo parecen correr al albur del capricho de un anciano narcisista, arbitriario y antidiplomático, aunque sería más fácil resumirlo de este modo: Trump y sus adláteres representan todo lo que nuestros padres y profesores nos dijeron que no había que ser.

La democracia consiste, entre otras cosas, en asumir que un perfil como este nos gobierne, si así lo quiere la mayoría de los votantes. Pero, ¿qué sucede cuando ese mandatario empieza a hacer cosas abiertamente antidemocráticas, como amenazar a periodistas, retirar patrocinios a la ciencia y la universidad, deshacer compromisos sobre el medio ambiente, detener niños y encerrar a migrantes en campos de concentración, indultar a golpistas, respaldar genocidios, ordenar asesinatos extrajudiciales o bombardear países sin provocación previa ni autorización parlamentaria, mientras hace lucrativos negocios y evade acusaciones de pedofilia, todo a la vez?

No nos entra en la cabeza que la mayor potencia occidental no disponga de anticuerpos que la protejan de agentes autoritarios

Seguramente no soy el único que, desde el comienzo de esta demencial legislatura, se encomendaba a una cuestión de fe: el sistema sabrá defenderse. No nos entra en la cabeza que la mayor potencia occidental no disponga de anticuerpos que la protejan de agentes autoritarios, incluso salidos de sus propias urnas.

Sin embargo, eso es lo que fue quedando de manifiesto desde que el señor de pelo naranja tomara posesión del Despacho Oval y empezara a torpedear el Orden Mundial, empezando por su propia casa. Salvo reveses como el del Tribunal Supremo al invalidar la hostil política arancelaria de Trump, podemos afirmar que el presidente ha hecho y deshecho a su antojo, reduciendo a papel mojado el Derecho internacional y dejando al descubierto la debilidad de la ONU y de la Unión Europea, neutralizadas entre la adulación infantil al matón del recreo y la ataraxia. Nos quedaba la posibilidad de que alguien, alguna voz con autoridad en el Ministerio de Defensa estadounidense, pudiera hacer valer algún tipo de lógica: no ha sido el caso.

Nuestra confianza en el Sistema era eso, una cuestión de fe. Los mecanismos de control democrático y equilibrio de fuerzas que tendrían que habernos evitado llegar hasta aquí han fallado en casi su totalidad. Hemos comprobado que, entre políticos comprados, políticos incompetentes y políticos impotentes, todo puede irse al garete en apenas un año.

Solo China podría ser ese primo de Zumosol capaz de zanjar la cuestión con solo levantar un teléfono

Y así llegamos a Irán. Años de amenazas y amagos de intervención por parte de EEUU nos demuestran que ganas no faltaban para atacar al gigante persa. Si no se hizo antes, era porque la razón, casi siempre canalizada por el estrecho de Ormuz, lo desaconsejaba seriamente. Abolida la razón por ese dúo de genios compuesto por Trump y Netanyahu, se abre una caja de pandora que en solo un mes ha incendiado una región de por sí altamente inflamable, ha disparado los precios del combustible y desatado un cataclismo en la economía mundial que no ha hecho más que empezar.

Pero lo mejor —quiero decir, lo peor— es que la guerra plantea un escenario a priori insoluble. Recordemos el fundamento de la guerra fría, cuya doctrina se resumía en las siglas MAD: Mutually Assured Destruction, es decir, Destrucción Mutua Asegurada. Si Washington o Moscú lanzaban la bomba nuclear contra su rival, era seguro que ambos acabarían completamente destruidos. Era una garantía en tiempos de gente razonable. Pero ya habíamos dicho que la razón pinta muy poco en este nuevo escenario: como Trump es capaz de cualquier cosa, también lo es de llevarnos a ese límite, sin medir las consecuencias.

En las películas de catástrofes, cuando la situación es más angustiosa siempre aparece alguien, un héroe, una alianza sobrevenida, que posee la fuerza y la inteligencia para neutralizar el peligro. En este caso, solo China podría ser ese primo de Zumosol capaz de zanjar la cuestión con solo levantar un teléfono. ¿Por qué no lo ha hecho ya, siendo una perjudicada directa por el incendio de Irán?

Si Trump ha demostrado algo es la fragilidad de todo un sistema basado en la buena fe

Quizá se haya producido ya esa llamada, y Trump haya hecho caso omiso. O puede que el gobierno de Xi Jinping esté apurando sus tiempos. El tópico dice que los chinos son grandes tahúres, y una cualidad del tahúr es manejar bien los tiempos: por ejemplo, dejar que sus rivales asiáticos se desangren un poco más. Y también sabemos que, como creadores del Tao, saben esperar y administrar su fuerza. No solo su formidable potencial armamentístico, sino también su arma económica, la venta masiva de deuda estadounidense, que podría hundir el dólar… Aun a costa de perjudicar seriamente, también, la economía de Pekín.

Pase lo que pase en las próximas semanas, el daño ya está hecho, y no me refiero a las infraestructuras de Irán. Si Trump ha demostrado algo es la fragilidad de todo un sistema basado en la buena fe, pero cuyas instituciones se han revelado incapaces de proteger a las masas de una sola persona.

Que a estas alturas estemos mirando a China como la solución a todo es, de por sí, una conclusión amarga. Primero, porque es poner nuestras esperanzas en un régimen que concita los rigores de la dictadura comunista con los del turbocapitalismo, esto es, algo muy alejado de nuestra utopía occidental de derechos y libertades. Pero sobre todo porque volvemos a incurrir en el mismo error de encomendarnos al Sistema guiados por la simple fe de que los chinos son inteligentes, sensatos, razonables. ¿Estamos tan seguros? ¿Lo serán siempre? ¿Qué dice el Tao de todo esto?

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© Alejandro Luque | Abril 2026 | Especial para MSur