El fin de Rojava
Ilya U. Topper

Estambul | Enero 2025
¿Se acabó Rojava? La respuesta corta es sí. El territorio autónomo bajo control kurdo en el noreste de Siria está viviendo sus últimos días y muy probablemente deje de existir antes del fin de mes, catorce años después de que se formara. El avance rápido de las tropas de Damasco hacia noreste, que ya ha dividido en dos la franja dominada por las milicias kurdas YPG, no deja dudas sobre la relación de fuerzas. El presidente sirio, Ahmed Sharaa, ha dado hasta el sábado a su interlocutor, el comandante militar Mazloum Abdi, para negociar la rendición.
Decimos rendición, porque otra opción no queda. La razón es igualmente fácil de resumir: el proyecto de Rojava era inviable. Desde el principio.
El principio de lo que se ha llamado Rojava («Oeste» en kurdo, en referencia a ser la parte más occidental de los territorios habitados por kurdos en Oriente Próximo) o también AANES, siglas de Administración Autónoma del NorEste de Siria, a veces con una D para Democracia metida en alguna parte, se ubica en la guerra civil de Siria iniciada en 2011. Durante trece de esos catorce años parecía que el pacto tácito de no agresión entre el régimen de Bashar al Asad y las milicias kurdas iba a funcionar para ambas partes: a Asad le garantizaba tranquilidad en el tercio noreste del país y un desgaste militar de sus enemigos, rebeldes islamistas y kurdos, entre ellos; al partido kurdo PYD y su brazo militar, las YPG, luego bajo las siglas de la coalición FSD (Fuerzas de Siria Democrática) les permitía construir prácticamente un Estado kurdo propio. Respaldado por las tropas estadounidenses, que no iban a renunciar a algo tan ventajoso: unas bases seguras en las barbas mismas de un régimen, el de Asad, respaldado por Moscú, con Beirut, Bagdad y la frontera iraní en un radio de solo 500 kilómetros.
No hay nada que tema Europa más, políticamente hablando, que un titular de prensa sobre yihadistas sueltos
Hasta que dejó de funcionar. La caída de Asad en diciembre de 2024 le ahorró a los kurdos plantearse cómo podría ser una relación a largo plazo con el régimen panarabista, que llevaba medio siglo intentando erradicar el elemento kurdo de la conciencia colectiva de Siria. Pero planteó la cuestión de cómo podía ser una relación a largo plazo con un nuevo régimen, surgido precisamente de los movimientos panislamistas que habían sido el enemigo acérrimo de las milicias de Rojava, forjadas en la lucha contra el yihadismo, contra la ideología que encabezaba Sharaa.
Durante un año, Mazloum Abdi y sus compañeros evitaron plantear la cuestión con claridad. Con los todoterrenos estadounidenses patrullando la zona, se permitieron jugar a ganar tiempo. Tener la llave de los campos de internamiento de excombatientes del Daesh parecía una buena baza: no hay nada que tema Europa más, políticamente hablando, que un titular de prensa sobre yihadistas sueltos. Solo que no negociaban con Europa, sino con Washington. Y a Donald Trump, qué le importan unos yihadistas allende el Atlántico.
Lo podrían haber visto venir: ya en su primer mandato, en 2019, aún con Asad en el poder, Trump había dado orden de retirar las tropas estadounidenses de los desiertos sirios, y si no se hizo es porque la cúpula militar simplemente no ejecutó la orden. Ahora, vistas las excelentes relaciones de Trump con Ahmed Sharaa y la decidida apuesta por convertir al aún barbudo pero ya trajeado exyihadista en un buen peón de Estados Unidos en la región, realmente ya no hacen falta esas tropas.
Declarar un Estado propio, como habría deseado buena parte de la diáspora kurda en Europa, solo podía descartarse
«Históricamente, la presencia militar estadounidense en el noreste de Siria se justificaba…» empezó el enviado especial de Trump para Siria, Tom Barrack, el martes pasaso un largo mensaje en Twitter. «Las FSD encabezadas por los kurdos eran el socio más eficaz para derrocar el califato del Daesh (…) «En ese momento no había un Estado central sirio funcionando (…) Hoy, la situación ha cambiado fundamentalmente». Un prólogo para concluir: «Estados Unidos no tiene interés en una presencia militar a largo plazo». «Prioriza la unidad nacional sin respaldar separatismo ni federalismo». Se acabó.
Esto es una traición, sienten muchos combatientes de las YPG: Washington los tira a la basura, ahora que ya no le hacen falta. No es que sea algo raro en geopolítica. Pero en este caso se veía venir, y no podían quedar dudas tras la visita de Sharaa a la Casa Blanca en noviembre pasado. Aún así, en Rojava no movieron ficha. Porque ninguna ficha era fácil de mover.
Declarar un Estado propio, como habría deseado buena parte de la diáspora kurda en Europa, habituada a ondear banderas en Berlín, París o Bruselas, solo podía descartarse. A la enorme reticencia de casi todos los Gobiernos del mundo a reconocer un territorio secesionista —exceptuando Israel con Somaliland— se une el rechazo de todos los vecinos: la propia Siria, una Turquía radicalmente opuesta a un Estado kurdo en su vecindad, y un Iraq bastante incómodo ya ante sus desarreglos con su propio Kurdistán autónomo.
Con Rojava establecida, jóvenes de Turquía, kurdos pero también turcos, pasaban a Siria: la conexión es ideológica
Este Kurdistán iraquí autónomo, que conecta con las regiones kurdas de Siria únicamente mediante un puente de pontones sobre el Tigris en el extremo norte, es una de las claves del aislamiento de Rojava: pese al discurso sobre un pueblo kurdo unido, las diferencias políticas interiores son enormes (a lo que se suma la diferencia entre el idioma kurdo sorani hablado en Iraq, escrito con el alfabeto árabe, y el kurdo kurmandji de Turquía y Siria, escrito con letras latinas). El partido PYD que domina Rojava está estrechamente ligado a la guerrilla kurda de Turquía, el PKK, fundado en la década de 1970 por estudiantes marxistas de Ankara, entre ellos Abdullah Öcalan, como «Partido de Trabajadores de Kurdistán», con un discurso revolucionario y antiimperialista. Pronto, parte de la cúpula del PKK eran kurdos de Siria afiliados a la causa; más tarde, parte de la cúpula del PYD y las YPG eran kurdos sirios formados en el ámbito del PKK. Con Rojava establecida, jóvenes de Turquía, kurdos pero también turcos, pasaban a Siria. La conexión es ideológica.
Los dirigentes del Kurdistán autónomo de Iraq están en las antípodas de los estudiantes marxistas anatolios. El clan Barzani, que domina la región con un estilo que de democrático solo tiene una letra en las siglas del partido, el KDP, es conservador y patriarcal, inmerso en una sociedad que en Erbil tira incluso a islamista. Los enfrentamientos directos entre la milicia de Barzani, los peshmerga, y los combatientes kurdos del PKK o las YPG son raros, pero menos frecuente aún es la cooperación. El clan Talabani, que domina el sur del Kurdistán iraquí, mantiene mejores relaciones con el PKK, pero su feudo en la ciudad de Suleimanía dista 350 kilómetros de la frontera siria.
Para los Barzani, la alianza con Ankara es ineludible: ante la tensión con Bagdad, Turquía es su única salida al mundo. Ya en 2013, el entonces presidente del Kurdistán iraquí, Masud Barzani, escenificó con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, una hermandad turco-kurda en Diyarbakir, la ‘capital’ de las regiones kurdas de Turquía… y firmó un pacto, según la prensa turca: retomar la exportación del petróleo kurdo a través de Turquía y oponerse a toda entidad política kurda en Siria.
Sin respaldo de Erbil, una Rojava independiente es inviable, pese a sus yacimientos de petróleo: no tiene salida al exterior
Sin respaldo de Erbil, una Rojava independiente es inviable, pese a sus yacimientos de petróleo: no tiene salida al exterior. Por eso, los dirigentes kurdosirios nunca plantearon siquiera la opción y se proyectaban como parte de una Siria federal. Cuando cayó Asad bajo el avance relámpago de las milicias islamistas del noroeste, guiadas por el antiguo yihadista Golani, ya bajo su nombre civil de Ahmed Sharaa, Mazloum Abdi tomó contacto y el 10 de marzo, los dos líderes firmaron un acuerdo que debería haber resuelto la cuestión: preveía reconocer a los kurdos, con su idioma y cultura, como parte de la ciudadanía de Siria, pasar las instituciones públicas de Rojava y sus yacimientos de petróleo al control de Damasco e integrar las milicias YPG en el Ejército regular sirio.
El diablo estaba en los detalles de esa integración. Damasco proyectaba asignarle uniforme, arma, sueldo y rancho a cada miliciano kurdo que pidiera alistarse; las YPG insistían en que los combatientes, con sus comandantes y su jerarquía, formaran batallones o brigadas propias bajo el mando de Damasco.
La diferencia es obvia: en el primer caso, todo conflicto político podría llevar inmediatamente a una división de las Fuerzas Armadas, con los regimientos kurdos apoderándose de cuarteles y arsenales y plantando cara a Damasco, colocando el marcador otra vez en cero. En otras palabras: Siria se habría convertido en un país bajo perpetua amenaza de guerra civil. ¿Cómo fiarse?
Las redes sociales propagan Israel como protector de pueblos oprimidos y único amigo de los kurdos
En el segundo caso, los kurdos no tendrán ninguna palanca de fuerza para influir en las decisiones de Damasco, salvo el activismo político cívico como minoría en un país que se sigue llamando oficialmente República Árabe Siria. En otras palabras: los kurdos se habrían convertido en un colectivo bajo perpetua amenaza de marginación. ¿Cómo fiarse?
Ambos bandos tienen buenos motivos para no fiarse. Los masacres de alawíes en la región costera de Latakía en marzo pasado, con muchos cientos de muertos civiles a manos de milicias aliados con el régimen de Damasco, ya demostraron que Sharaa o bien no quiere o bien no puede controlar a sus propios milicianos, en parte ya convertidos en fuerzas oficiales de seguridad. Y las confrontaciones sangrientas entre milicianos drusos y clanes beduinos en el suroeste de Siria en julio, que pronto escalaron hacia una confrontación entre drusos y Gobierno, con cientos de muertos en ambos bandos, volvieron a poner de relieve la tensión entre las milicias árabes islamistas aliadas a Sharaa y las minorías religioso-étnicas.
Pero esas confrontaciones con los drusos pusieron de relieve algo más: cuando Damasco intentó recuperar el control sobre la ciudad de Suweida, autónoma desde los tiempos de Asad, Israel envió a sus cazabombarderos, destrozó los tanques y abortó la ofensiva. Uno de los tres líderes drusos de Suweida, Hikmat Hijri, no solo aplaudió sino que pidió expresamente a Benjamin Netanyahu crear un paraguas militar para proteger a los drusos contra el régimen de Sharaa. Con éxito. Suwaida sigue en manos de una guardia nacional drusa, gracias a Israel. Y los drusos se han convertido en una clásica quinta columna en Siria.
Es un modelo que atrae también a algunos dirigentes kurdos. Un veterano comandante de las YPG, Sipan Hamo, evocó el sábado pasado en una entrevista con Reuters un hipotético apoyo de Israel: «Consideramos que Israel es un Estado poderoso con sus propios objetivos. Esperamos que la postura adoptada por otros países hacia ciertas minorías en la región se extienda también a los kurdos», dijo, en alusión directa a la intervención israelí con los drusos. En la manifestación kurda de Berlín el lunes pasado también ondeaban banderas israelíes —no es la primera vez— y las redes sociales bullen de cuentas que propagan Israel, en su rol de protector de pueblos oprimidos y perseguidos, como único amigo de los kurdos.
Rojava, surgido de un ideario social revolucionario, llevaba tiempo convertido en un miniprotectorado de Estados Unidos
¿Otra quinta columna? Si las YPG están dispuestos a colocarse bajo el paraguas militar del enemigo de la nación, ¿quién se fiaría ahora de un brigada kurda en el Ejército?
Los propios comandantes kurdos deberían saber que el papel de Israel en la región nunca ha sido el de apoyar la construcción de Estados viables sino de torpedearla, para impedir que surja un Estado fuerte en su vecindad; una iniciativa similar a la de Suweida no acercaría ninguna solución sino que aplazaría toda solución a un indeterminado futuro. De todas formas, es una quimera. Suweida dista apenas 80 kilómetros de Israel (60 desde el Golan); Qamishli está a 700 kilómetros, en el límite del radio de combate de un F-16. Además, a nadie le conviene tener cazas israelíes y turcos enfrentados sobre el mismo territorio. Y Turquía ya ha dejado claro que está dispuesto a dar todo el apoyo militar a Damasco, si hace falta. Si hasta ahora no ha intervenido es porque no hace falta: Sharaa puede solo, y es mucho mejor, tanto para la opinión pública de Siria como para la de Turquía, si el fin de Rojava es el resultado de una confrontación interna siria, no una intervención extranjera.
El fin de Rojava es ineludible, porque, surgido de un ideario social revolucionario, llevaba demasiado tiempo convertido en un miniprotectorado territorial de Estados Unidos. Y si bien el desinterés de Donald Trump por la geopolítica ha acelerado el abandono, incluso un Gobierno sensato en Washington tendría dificultades en diseñar una solución política para una Siria fuerte y unida con un Ejército dividido. Bruselas quizás podría haberla diseñado: ahí está el ejemplo de Bélgica. Pero no es Europa sino Estados Unidos quien hace y deshace en Oriente Próximo, y Tom Barrack lo dejó muy claro en su mensaje del martes: el nuevo acuerdo, que él mismo hizo firmar a Sharaa y Abdi el 18 de enero, prevé la integración «como individuos» en el Ejército nacional.
Frente a esta realidad geopolítica aplastante, provocar un enfrentamiento militar con Damasco para sufrir una derrota con honor puede inflamar el espíritu patriota de la diáspora, pero no es una buena noticia para Siria, ni para los kurdos de Siria. Porque Siria, esto deberían tenerlo claro kurdos y drusos, alawíes, cristianos y asirios, si ha sobrevivido a Asad, también podrá sobrevivir a Golani. Fiar su destino a las armas de sus milicias y los cazas israelíes tiene un nombre: Líbano. Y la historia de Líbano en el último medio siglo, eso lo sabe cualquier libanés, es una tragedia.
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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial · 23 Enero 2026
