Opinión

El Ku Klux Klan judío

Amira Hass
Amira Hass
· 7 minutos
Opinion mgf

Ramallah | Junio 2015

Sepa que por cada artículo que lee usted en la prensa sobre un acto de terror de los colonos israelíes, el Ku Klux Klan judía lleva a cabo docenas de otros asaltos, actos de acoso y hostigamiento, mientras que el Ejército ataca a palestinos y los maltrata en docenas de barrios y cruces de carreteras para proteger al Ku Klux Klan y su misión.

Sepa también que estos excesos, como los llaman, son parte de un plan calculado y con varios frentes. Su objetivo último es una tierra «limpia» de palestinos (en alemán, este término recuerdo una frase hecha). Hay una línea directa entre lo que está sucediendo hoy y las apropiaciones violentas de terrenos y fuentes palestinos por parte de colonos en la década de 1990 y a principios de la de 2000. De igual manera hay una conexión entre la apatía de entonces y el fatalismo de hoy día, como si los revoltosos fueran una plaga bíblica de langostas ante la que somos impotentes. Tal vez el fatalismo demuestre al menos que algunos, más que admiración, sienten repulsa por nuestros tenaces pioneros, que tanto nos recuerdan al bisabuelo de una biografía de Anita Shapira.

Recuerdo que tras cada hombre con una máscara, arma y capa de rezar hay una sociead normativa que lo acoge y adora. Se compone de los consejos locales de colonos, rabinos, trabajadores sociales y sinagogas. Su cálido abrazo se manifiesta en forma de donaciones, entrega de rebaños, agua y apoyo logístico, capacitando a las manzanas podridas, que así los llaman, a deleitarse acosando a los ancianos, los jóvenes y los niños, ocupar sus tierras e infestar los hogares de los propietarios a los que han echado.

Detrás de todo hay un sistema legal, compuesto por fiscales y jueces que nunca supieron nada, vieron nada ni oyeron nada

No olvide que tras cada ataque, acto de destrucción y robo de ovejas hay agentes de la policía que no se molestan en responder a las llamadas de ayuda, así como soldados que acuden al lugar para arrestar a los atacados y participar en las palizas, o directamente en el homicidio. Y detrás de todo hay un glorioso sistema legal, compuesto por fiscales y jueces que nunca supieron nada, vieron nada ni oyeron nada de lo que ocurría a su alrededor, mientras legalizan la abominación llamada asentamiento. Están sentados en casa y lamentan (o no) el fin de la democracia israelí, satisfechos con su parte judía, con sus nietos, promociones y jubilaciones.

Refresque su memoria, por favor: toda comunidad de pastores de ovejas que estas fuerzas oscuras ultrarreligiosas consiguen expulsar ha estado bregando durante décadas con la prohibición «legal» de vivir con dignidad instaurada por los Gobiernos israelíes. Son funcionarios de la administración civil quienes preparaban las órdenes de demolición de cada vivienda cavernaria renovada, la retirada de cada tienda, cada conexión a fuentes de agua o electricidad, cada instalación de paneles solares. Ellos firmaban las multas por el delito de transportar agua potable en un camión cisterna, por utilizar un tractor, por llevar a pastar los rebaños. Ahora, estos exfuncionarios están sentados en casa, lamentando (o no) el fin de la democracia israelí, pero están orgullosos de sus hijos, que acuden al servicio militar, «basado en valores», que se traduce en matar a un gran número de palestinos y libaneses.

Y respecto a los grupos de Whatsapp de esa «juventud de las colinas», los colonos más jóvenes y más radicales, que ponen el grito en el cielo por los pocos que acaban siendo arrestados por la policía, o por una esquina de uno de sus puestos de avanzadilla, destruida por octava vez, y presta a ser reconstruida mañana: tras cada persona de cuyo arresto nos enteramos hay decenas de bandidos que reparten palizas y siempre se quedan en la categoría de «no se encontraron sospechosos».

Mientras usted bebe cerveza, planifica un viaje, recarga la tarjeta de transportes… sigue pasando lo que no quiere saber

Mientras usted bebe cerveza, trabaja en una investigación que examina el impacto del calentamiento global en el color de las alas de mariposa, planifica un viaje a Roma, elige una sandía en la tienda, recarga la tarjeta de transportes o se enfada en silencio con su jefe en la oficina… sigue pasando lo que usted no quiere saber. Paso a paso, mientras nuestra prensa se abstiene de informar y mientras el mundo está ocupado con otras cosas, Israel continúa su guerra de aniquilación en Gaza. O más bien en aproximadamente un tercio de los 365 kilómetros cuadrados de la Francia en la que el Estado que representa a las víctimas del holocausto y sus supervivientes permite quedarse a dos millones de muertos vivientes, en una densidad que solo el diablo pudo crear.

Los muertos vivientes caminan kilómetros entre montañas crecientes de basura y charcos malolientes de inmundicia para llevar agua a casa. Caminan con muletas y una pierna para conseguir un cupón del Programa Mundial de Alimentos que mantenga con vida a sus familia, para llevar a sus hijas a una clínica rudimentaria, donde quizás sepan qué hacer contra las pulgas, las garrapatas, las mordeduras de ratas. Mientras tocan música, escriben poesía o plantan hierbabuena o habas entre las tiendas, docenas de sus seres queridos, muertos, lloran bajo la tierra. Y en medio, a ratos, a los vivos los masacra otra bomba israelí.

Finja sorpresa: el Ku Klux Klan judío desea que los palestinos reaccionen a la violencia que sufren para así poder avanzar hacia su objetivo: una campaña de masacres de palestinos en Cisjordania y luego una campaña de deportaciones de los supervivientes a Jordania, Siria y Líbano. El KKK Blanquiazul sabe perfectamente que los palestinos están asustados, aturdidos y enfadados. Tienen las manos atadas y están solos. Las dos cúpulas de liderazgo, nunca elegidos, se preocupan solo de su propia supervivencia. Ningún país a puesto a Israel el ultimátum correcto: ponga fin a los pogromos y arreste a los perpetradores, ahora mismo, o denegamos la entrada a los israelíes y suspendemos todo comercio y colaboración científica.

El KKK está esperando que algunos palestinos, que hayan sido personalmente víctimas de ataques o hayan presenciado ataques a sus familiares, jóvenes que ya no aguanten la impotencia ante tanta maldad, consigan armas, dinero y consejos de Irán para organizarse y vengarse de los israelíes. Las «malas hierbas», que es como los demás colonos llaman a los más violentos entre ellos, solo esperan una piedra que haga despeñarse a un autobús lleno de niños.

Y entonces, la mayoría del pueblo de Israel estará unido con los héroes del Ku Klux Klan y el Ejército, que se enccargará de la mayor parte de las matanzas y deportaciones, porque no están atacando, al fin y al cabo. Somos las víctimas.

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© Amira Hass | Publicado en Internazionale · Nº 1671 · 26 Jun 2026 · Traducción de la versión en inglesa de Haaretz (15 jun 2026): Ilya U. Topper