El sha semiartificial
Ilya U. Topper

Estambul | Enero 2026
«¡Viva el shaaaaa!» El grito retumba sobre los tejados de Teherán. O eso dicen, porque vídeos de Teherán hemos visto pocos y enterarnos de qué dicen realmente en las protestas no es tan fácil. Pero las redes sociales están convencidas de que efectivamente los manifestantes de Irán piden el retorno de Reza Pahlavi, príncipe heredero de la monarquía derrocada en 1979, un señor canoso exiliado en Estados Unidos desde que acabó Secundaria y dedicado desde hace 45 años a presentarse como el futuro de Irán. Primero como soberano en el exilio y últimamente como mero aglutinador de las fuerzas opositoras que quieren devolver la democracia a Irán. Está convencido de que su pueblo lo quiere. El pueblo tal vez no lo tenga tan claro. Y los políticos españoles, menos aún.
«Los manifestantes que gritan consignas en favor de la restauración de la monarquía son agentes del régimen teocrático. Los medios occidentales caen en esa trampa y se hacen eco sin enterarse de la realidad. Penoso», escribió en Twitter el viernes pasado Alejo Vidal-Quadras, exsenador, exeurodiputado del PP, excofundador de Vox, veterano azote del régimen islamista de Irán, y gran defensor de Israel. El sha, ¿un trampantojo para hacer descarrilar la revolución?
Le dio réplica inmediatamente su correligionario Hermann Tertsch, también ex de muchos oficios, incluso del periodismo, actual eurodiputado con Vox, igualmente azote de todos los regímenes islamistas y todavía mucho más defensor de Israel. «Lamento tener que denunciar tu mensaje como una insuperable infamia», escribió Tertsch. Porque oponerse al sha dividía, aseguraba, «a los manifestantes entre buenos y malos». Él, por supuesto, apoyaba a Reza Pahlavi. Y Vidal-Quadras tenía otra candidata como «verdadera alternativa» para Irán: Maryam Rajavi.
Si bien dos tercios de los iraníes norteamericanos quieren una Irán laica, menos del 1 % respalda a Maryam Rajavi
A Maryam Rajavi la conocíamos en la prensa cuando aún iba de guerrillera de los Muyahidines del Pueblo (MEK o MKO o también PMOI), con cuartel central en París, comandante de una red de combatientes secretos con campos de entrenamiento en Iraq y dedicados a colocar bombas en Irán para matar a altos cargos del régimen islamista. Una red declarada terrorista por la Unión Europea, porque lo era. Ya entonces —hablo de la primera década del siglo actual—, Alejo Vidal-Quadras, tras visitar ese campo cerca de Bagdad, iba por el Parlamento Europeo pidiendo sacar el movimiento de la categoría terrorista. En 2009 lo consiguió. Poco más tarde, el movimiento trasladó su campo de entrenamiento a Albania y adoptó un discurso más democrático y menos guerrillero, más centrado en las siglas del Consejo Nacional de la Revolución Iraní (CNRI) y menos en los muyahidínes.
Llama la atención el potente apoyo que tiene el CNRI entre políticos europeos y estadounidenses, desde Vidal-Quadras y Danielle Mitterrand a los círculos neocon, cercanos a George W. Bush y más tarde a Donald Trump: John Bolton, asesor de seguridad nacional de Trump en su primer mandato, aunque ahora caído en desgracia, Newt Gingrich, Rudy Giuliani. Sobre todo comparado con la escasísima popularidad que tiene en la propia comunidad exiliada iraní en Estados Unidos.
Acorde a un sondeo de 2013, conducido por la George Mason University, si bien dos tercios de los iraníes norteamericanos quieren ver una Irán laica y democrática —el resto no sabe no contesta; apenas un 2 por ciento simpatiza con la república islamista—, menos del 1 por ciento respalda al CNRI. Y eso que, según los propios iraníes, es en la diáspora donde tiene su apoyo porque en Irán a nadie se le ocurre considerarlo una esperanza para el país. Si es que han oído hablar del grupo.
La campaña del shah se relanzó en 2023, con la primera visita de Reza Pahlavi a Israel, recibido por la ministra Gila Gamliel
Algo más apoyo sacó Reza Pahlavi en aquella encuesta: un 3 por ciento, o traducido a otras cifras un sólido veinte por ciento de quienes expresaba simpatía hacia algún movimiento concreto, solo superado por el entonces recién desarticulado Movimiento Verde, que en 2009 había lanzado las mayores protestas callejeras vistas en décadas, bajo el liderazgo del artista y político reformador Mir Hossein Mousavi, confinado en arresto domiciliario desde 2013 (hoy tiene 84 años). Y si bien durante muchos años, Pahlavi tampoco parecía tener mucho predicamento dentro de Irán, hoy su popularidad parece haber aumentado considerablemente, a tenor de lo muy poco que nos llega desde las calles de Ahwaz, Mashhad y Teherán.
Con todo internet cortado desde el 8 de enero es muy difícil saber qué ocurre de verdad, qué piensa la población que sale a la calle a manifestarse. Hay vídeos, sin duda auténticos, en los que los manifestantes gritan «Yavid Shah» (Viva el rey) y «Pahlavi volverá». Son vídeos que llegan por starlink, una conexión por satélite accesible a pocas personas en Irán; no es descabellado pensar que quienes manejan estos dispositivos elijan también qué quieren transmitirnos, qué mensaje quieren potenciar, cuál quieren silenciar. Televisar una revolución es hoy casi tan importante como hacerla, y si bien móviles y Twitter democratizaron enormemente esta labor en las rebeliones árabes de 2011, ahora estamos de vuelta en la casilla en la que unos pocos —y no sabemos quiénes son— deciden qué vemos. Pero es indudable que la incansable campaña de Reza Pahlavi en los últimos años —antes de 2018 estaba poco presente en la escena pública— ha dejado huella en Irán.
Esta campaña se relanzó con especial vigor en 2023, con la primera visita de Reza Pahlavi a Israel. Fue recibido por Gila Gamliel, entonces ministra de Espionaje y ahora de Ciencia y Tecnología, acudió al Muro de las Lamentaciones, posó en el Yad Vashem, habló de la amistad entre pueblos. Preguntado por su influencia real, cuenta el diario israelí Haaretz, Pahlavi aludió a su popularidad en redes sociales. Efectivamente, hay muchos cientos de cuentas que rebotan sus tuits, se hacen eco de sus mensajes. Solo hay un problema: gran parte son falsas.
Pahlavi, sin condenar los ataques israelíes ni estadounidenses, ha dejado claro su rechazo a una intervención extranjera militar
Que un influencer se compre cuentas falsas para engordar su imagen pública es rutina desde que se fundó Twitter. Recuerdo las épocas en las que se podían hasta distinguir por tener un huevo por imagen de perfil y dos seguidores de media. Pero en el caso de Pahlavi, la campaña es más profesional y dirigida, casi con toda certeza, desde Israel, que ha contratado para ella a hablantes nativos del farsi, asegura Haaretz. Y aunque abunda el contenido creado con inteligencia artificial, se esforzaron en hacer pasar a algunas por personas que realmente viven en Teherán. Solo que se pasaron de listos.
El 23 de junio pasado, durante la llamada guerra de los doce días contra Irán, cazas israelíes bombardearon la prisión de Evin en Teherán. Apenas 35 minutos tras el primer impacto, cuando aún ningún medio de comunicación había informado sobre el ataque, las cuentas de la red de apoyo a Pahlavi empezaron a difundir informaciones de «explosiones en la zona», fingiendo ser testigos de ellas y difundiendo un vídeo. El vídeo era falso, creado con inteligencia artificial. Era prácticamente imposible, concluye Haaretz, que alguien pudiera haber montado esta campaña visual sin conocimiento previo del plan de ataque israelí.
El apoyo de Israel al príncipe —así lo tituló Gamliel— no es secreto (sí era secreto el respaldo que los terroristas del MEK recibieron de Israel para atentar en Irán contra ingenieros nucleares, como afirmaron fuentes estadounidenses en 2012). ¿Sorprende que aún así, Pahlavi suscite simpatías en Irán? Sí, pero no tanto. Por una parte, bajo los regímenes que machacan a sus pueblos con el discurso de la solidaridad con Palestina y la hermandad de la gran nación musulmana, simplemente para mantener su agarre al poder, el hartazgo ha llevado a más de un ciudadano, y sobre todo a más de una ciudadana, a hacerse sionista simplemente por llevar la contraria; me sé ejemplos de varios países árabes. Por otra, Pahlavi, sin condenar los ataques israelíes ni estadounidenses, siempre ha dejado claro su rechazo a una intervención extranjera militar contra su país para cambiar el régimen (cosa que no se puede decir de la última Nobel de la Paz). Y finalmente, no propone simplemente restaurar la monarquía. Habla de laicidad, democracia, elecciones libres, una asamblea constituyente. Aunque no imagino a un republicano gritando vivas al sha, puede haber quien lo considere una figura aglutinadora temporal. No tanto por monarquismo como por nostalgia.
Recuerdan el mismo terror, pero ejercido por el actual régimen teocrático, y pasado por el filtro grisáceo de la represión religiosa
Porque a una distancia de 45 años, ni siquiera los padres de la actual generación joven iraquí recuerdan personalmente la persecución bajo el régimen de Reza Pahlavi padre, su terrible policía secreta, la Savak, las torturas, la cárcel (crímenes en los que el hijo, con 18 años recién cumplidos al caer la dinastía, no tenía parte). Lo que recuerdan son las mismas cárceles, torturas y muertes, el mismo terror, pero ejercido por el actual régimen teocrático, y además pasado por el filtro grisáceo de una represión religiosa destinada a amargarles la vida incluso a quienes no se quieren meter en política. Las fotos de la época del sha, cómo negarlo, al menos tenían color: playa, picnic, pantalones cortos, bikinis, risas, ligoteo, cine, música. Por todo eso, entonces, no ibas a la cárcel.
Por supuesto, todo eso era solo para los ricos. Había una enorme pobreza en Irán. Pero esa la vuelve a haber hoy: el círculo se ha cerrado y solo se ha perdido la libertad —la política y la social—, sin ganar en prosperidad. El islam es la solución, prometieron los islamistas, y no lo era. Esta última ronda de protestas no empezó por la falta de libertad: empezó por la falta de dinero. Empezó en el bazar de Teherán, en círculos de comerciantes conservadores. Prendió en sectores sociales que no necesariamente salieron a la calle en 2022, en aquella rebelión de enorme valentía en la que las mujeres de gran parte del país se arrancaban el velo y lo arrojaban al fuego de una barricada callejera, cantando y bailando, con un mensaje que iba directamente al corazón de la dictadura religiosa: a su pánico ante el cuerpo de la mujer, su terror contra el cuerpo de la mujer.
Esa revuelta también dejó huella: aunque no hizo caer el régimen, le mostró los límites de la capacidad de represión. Tengo amigas iraníes que desde entonces, cuando vuelven a su barrio en Teherán, ya no se ponen el velo, ni a medias ni simbólicamente: no se lo ponen, punto. Y la policía calla. A todo esto me ha parecido siempre muy extraño que en esta pugna por la libertad del cuerpo, Maryam Rajavi se haya alineado desde siempre con el régimen de los ayatolás: nunca se le ve sin su velo islamista, sea verde, turquesa o azul; el uniforme de sus guerrilleras también incluía hiyab, rojo en su caso. Dice Vidal-Quadras que el CNRI, que en sus lejanos orígenes era marxista-islamista, no tiene hoy nada de marxista, y le creemos, pero está claro que la componente islamista la ha guardado Rajavi hasta hoy. Los símbolos cuentan.
El vídeo que difundió Gamliel bajo el título de «El año que viene, en Teherán libre», está realizado con inteligencia artificial
No vemos actualmente imágenes de mujeres quemando velos en una barricada; el vídeo viral que muestra a una chica encenderse el cigarro con una foto del ayatolá está filmado en Canadá y es fácil retuitearlo en círculos de ultraderecha proisraelí, porque la autora, que se presenta como iraní exiliada, exhibe el mencionado rechazo en bloque a todo lo que suena a Palestina, simplemente porque forma parte del vocabulario de los islamistas. Pero es muy probable que las rebeldes de 2022 también cierren filas con los demás sectores sociales en la revuelta actual.
En una revolución así siempre acecha el peligro de que, una vez caído el régimen, los nuevos caudillos releguen a las camaradas mujeres a la cocina antes de que cante la gallina; recuerdo bien las fotos de la plaza de Tahrir en El Cairo donde, menos de cuatro semanas después de que cayera Hosni Mubarak, una muchedumbre de revolucionarios echó con cajas destempladas de la plaza a las mujeres que aparecieron con una pancarta del 8 de Marzo. Feminismo, no. El feminismo divide el pueblo y acaba con la revolución, les espetaron. Valiente revolución. Pero en Irán es difícil imaginar un futuro más machista, más patriarcal que el presente bajo la junta de clérigos barbudos.
Siempre que no sea un futuro diseñado por Israel, claro está. El vídeo que difundió Gila Gamliel el 30 de junio pasado, bajo el título de «El año que viene, en Teherán libre», está realizado con inteligencia artificial y arranca con una imagen de la capital de Irán y su emblemática Torre Azad (Torre Libertad, construida bajo el sha en 1971). Luego aparece el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, paseando por una calle con su mujer, Sara. Luego la propia Gamliel, del brazo de su marido, Hovev Damari. Luego Reza Pahlavi, junto a su mujer, Yasmine Etemad-Amini. Tres parejas felices. Sonriendo. Libres. Solo que las calles por las que caminan están llenas de mujeres en chador negro. Siluetas homogéneas islamistas por donde se mire. La inteligencia artificial era eso. Los ayatolás no lo pudieron soñar mejor.
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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial · 14 Enero 2026
