Mediterráneas tempestades de acero
Nicanor Gómez Villegas

Madrid | Junio 2026
En un texto anterior, titulado prácticamente igual que este (Tempestades de acero), le dediqué atención a uno de los grandes mitos de mi infancia: los vikingos. Erik el Rojo, Leif Erikson, Ragnar Lodbrok, Björn Ironside, los drakares, Miklagard (Constantinopla), la guardia varega. Y naturalmente las tempestades de acero. Ernst Jünger tituló así su estremecedor relato sobre su experiencia en las trincheras de Flandes en la Primera Guerra Mundial. El título lo tomó prestado de una saga islandesa. Una “tempestad de acero” era un kenning (de la raíz germánica kennen, “conocer”; el plural eskenningar) para referirse a una nube de flechas. Alguna de las sesiones interminables de Trommelfeuer, “fuego de tambor”, aquellos interminables bombardeos que caían durante horas sobre las trincheras para preparar el terreno a un ataque de la infantería, junto con la lectura homeopática de las sagas de los vikingos, debieron de darle como por ensalmo ese título al joven Jünger: In Stahlgewittern.
A los nórdicos les chiflaban las metáforas poéticas para referirse a las cosas. Algunos ejemplos. El hielo o la nieve eran “el sudario de la tierra”, el mar, “el camino de las ballenas”, el barco “el caballo de las olas”. La sangre era “el rocío de los heridos”, una espada, “el pez del combate”, el cuervo, “el pájaro de los cadáveres”, y un campo de batalla “un festín de cuervos”, y el fuego, “el lobo de la comida”. El oro era “el fuego del mar”, porque los tesoros brillaban bajo el agua.
Los vikingos llamaban a Mediterráneo en su lengua nórdica Miðjarðarhav, esto es, “el mar del medio de la tierra”
Borges era un devoto de las sagas islandesas. Leía su enrevesadísima lengua, el nórdico o islandés medieval, como el latín (sus noches estaban llenas de Virgilio, dijo en un poema inolvidable) o el arameo (eso sí, como me recuerda Alejandro Luque, “el arameo que conoce todo el mundo”), ya que la había estudiado y aprendido de manera autodidacta, pues supongo que era un poco difícil encontrar tutores de islandés medieval en Buenos Aires. Pero le cogió tanto gusto a la cosa que le dedicó unas páginas inmortales en su precioso libro Literaturas germánicas y abrió una pequeña academia privada de islandés. Creo recordar que María Kodama fue pupila suya, en claro guiño a los amores dantescos e infernales de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta, que se enamoraron leyendo en comandita un texto artúrico.
Leyendo a Borges supe por primera vez de los kenningar, de esas prodigiosas metáforas que describían sobre todo los hechos de armas de los Viking (así los llamaba Borges), la materia principal de esas sagas llenas de batallas, de traiciones, de tratados, de ruptura de esos tratados, de banquetes y melopeas de hidromiel homéricas, de captura de esclavos, de raptos de mujeres, de matanzas, de sangre y acero. De tempestades de acero, en definitiva. Y de muerte, muchísima muerte y desperdicio de vida. Carne para los cuervos. Eso es un buen ejemplokenning para designar una batalla.
El editor de esta revista tiene manga ancha con el ámbito geográfico de estos textos, siempre y cuando el centro de gravedad sea, precisamente, el mar Mediterráneo y no el Caribe o el Océano Índico, que para eso nos llamamos M’Sur o Mediterráneo Sur. Al comenzar a editar este texto se pondrá en alerta: “Ahora me viene con vikingos”. Y de vikingos voy a hablar, pero de las industrias y andanzas de los vikingos en el mar Mediterráneo, al que llamaban en su lengua nórdica Miðjarðarhav, esto es, “el mar del medio de la tierra”, que toda apunta a que se trata de una traducción directa de uno de los nombres que los romanos le dieron a este mar: Mediterraneum. Pero tenían mas nombres para el Mare Nostrum, que no llegó a ser suyo, pero hubo tiempos en que camparon por sus respetos de Algeciras a Estambul y de Estambul a Algeciras.
Los musulmanes de Al-Andalus solían llamar a todos los cristianos del norte “gallegos”, como los argentinos a los españoles
Uno de esos nombres es Hreiðmarar, un nombre que aparece en la famoso inscripción rúnica de Rök, una forma poética para referirse a nuestro mar en las leyendas más antiguas. Quienes saben nórdico nos enseñan que la palabra tiene dos partes, la primera, Hreið, es el nombre que los nórdicos le daban a los ostrogodos. También es una forma poética de decir “hogar” o “nido”. Marar es el plural de “mar”. Por lo tanto, el Mar Mediterráneo sería para ellos “los mares de los godos” o “los mares del hogar”.
Cuando los nórdicos, fatigados ya de saquear iglesias en lo que sería Normandía, en Escocia, en Inglaterra, en Irlanda y en todo el Mediterráneo, decidieron unirse al club cristiano, adquirieron la piadosa costumbre de peregrinar a Jerusalén, es decir, hacerse palmeros. Y por ende comenzaron a llamar al mar que les separaba de la ciudad santa en la que se absolverían sus pecados y desmanes como “El Mar de Jerusalén”, Jórsalahaf, toda vez que el nombre que le dieron a Jerusalén era Jórsalir, siendo haf una de las maneras que tenían de decir “mar”.
En la lengua nórdica antigua, los vikingos llamaban a España Spánn o Spánland, “las tierras de España”, o, mejor dicho, “Las tierras de Hispania”. Pero también les dieron otros nombres a otras regiones, principalmente a las que saqueaban. En sus sagas hay referencias al pasto de sus desmanes: Galizuland, aunque no necesite traducción, si necesita aclaración, porque no era solo Galicia, sino que abarcaba todo el norte cristiano. Los musulmanes de Al-Andalus solían llamar genéricamente a los cristianos del norte “gallegos”, como los argentinos hacen con todos los españoles. Esa tierra era famosa para los vikingos por las legendarias riquezas de la catedral de Santiago de Compostela, a la que llamaban —y a Galicia también— Jakobsland, “La tierra de Santiago”. Por otra parte, el sur de la península ibérica, es decir, Al-Andalus, era para los nórdicos Serkland, la tierra de “los hombres con túnica”, otra manera de llamar a los sarracenos (“los orientales”).
Los primeros contactos con el Mediterráneo de nuestros hombres del Norte ni que decir tiene no fueron por motivos píos ni por turismo, pues fueron bastante anfractuosos. Las primeras expediciones arrancaron a mediados del siglo IX. Hacia el año 844, los vikingos —sobre todo daneses y noruegos— circunnavegaron, con su sistema de cabotaje (la palabra viking, “hacer el viking”, significaba ir “vik” en “vik”, es decir, de bahía en bahía, o de ensenada en ensenada; la palabra vik es hermana del vicus latino y de nuestro Vich y nuestro Vigo), saqueando ciudades de Al-Andalus como Lisboa, Sevilla y Cádiz.
Los árabes llamaron a los vikingos madjus, “paganos”, el mismo nombre que les daban a los persas zoroastrianos
Los árabes de Al-Andalus al darse de bruces con aquellos bárbaros del norte, los llamaron madjus, “paganos”, el mismo nombre que les habían dado en los albores del islam a los persas zoroastrianos, utilizando precisamente la palabra que los zoroastrianos daban a sus sacerdotes: madjus, de donde viene nuestro mago. Tras saquear el territorio aledaño de Sevilla, tomando gran número de esclavos y de botín, remontaron la corriente del Guadalquivir hacia Córdoba —habría que haber estado allí para verlo—. Los cordobeses les tendieron una emboscada y destruyeron gran parte de la flota y colgaron muchas cabezas de vikingos en Córdoba y Sevilla a modo de advertencia.
Dos caudillos escandinavos, Björn Ironside y Hastein, volvieron a las andadas unos años más tarde, entre 859 y 862. Partieron de Normandia, el nuevo asentamiento vikingo que llevaba su nombre, “la tierra de los hombres del norte”, con unos sesenta barcos y recorrieron el camino habitual circunnavegando la península ibérica, pero en esta ocasión sí cruzaron las Columnas de Hércules, saqueando las costas de Marruecos, las Islas Baleares, el sur de Francia (la Camargue) y la costa de la Toscana. También llegaron a la isla de Sicilia. En la Camargue, los vikingos remontaron el río Ródano en 860, pero la población de Arlés y Nimes, advertida de su llegada, evacuó ambas ciudades y se refugió en las montañas vecinas. Ya no había que huir de los corsarios andalusíes de la zona, en torno al núcleo de Fraxinet, ahora remontaban los ríos y asolaban las costas unos bárbaros del norte.
En la ciudad de Luna tuvo lugar un episodio del que Ulises, el de múltiples ingenios, hubiera firmado la autoría. Tras atacar Pisa, entonces mucho más cerca del mar que hoy en día, llegaron a Luna (hoy Luni, cerca de La Spezia y Carrara). Según las crónicas, Hastein quería saquear Roma, pero confundió Luna con la ciudad eterna. Fingió estar moribundo y pidió el alivio espiritual de ser bautizado por un sacerdote cristiano en la ciudad. Una vez dentro de las murallas con su “féretro”, los guerreros saltaron y tomaron la ciudad.
Los varegos (vikingos orientales) atacaron la capital bizantina en 860 con una flota enorme, pero no pudieron conquistarla
Esa misma expedición, tras el fiasco en tierras de Al-Andalus, también saqueó las costas del actual Marruecos, en concreto la capital del próspero reino bereber de Nekor, en el Rif, fundado por el emir Said ibn Idris en torno al año 760 d.C. La dinastía que creó, la de los Salíhidas, introdujo el islam entre los rifeños. Los nórdicos derrotaron a sus rivales de modo aplastante y se llevaron de vuelta hacia el norte a un buen número de beréberes como esclavos. El geógrafo árabe Al-Bakri consignó en sus crónicas el nombre de las dos hijas del emir que fueron capturadas por los vikingos: Ama al-Rahman y Khanula. Al emir no le quedó otro remedio que pagar un cuantioso rescate para traerlas de vuelta.
Los vikingos llamaban a los esclavos de piel oscura —y para ellos los beréberes eran gente de piel muy oscura— blámenn, (en singular, blámaðr). En nórdico antiguo la palabra se formó con la unión de otras dos: blar, que en esa época significaba tanto “azul” como “azul oscuro” o “negro”; maðr significaba “hombre”. Por lo tanto, la traducción exacta sería “hombres de piel oscuro” u “hombres azules”, curiosamente el nombre que se les da todavía a los tuaregs por su vestimenta, ya que los hombres usan un turbante y un velo largo llamado tagelmust teñido con índigo o añil. No obstante, hay quien piensa que reciben el nombre de “los hombres azules” porque el índigo o añil de sus vestimentas tiñe con el roce su propia piel de ese color.
El otro vector de entrada de los vikingos en el Mediterráneo, en este caso en su sector oriental, a través del mar Negro, el Bósforo, el mar de Marma y los Dardanelos, fueron los ríos rusos. Los varegos o varangi (vikingos orientales) atacaron la capital bizantina en 860 con una flota enorme. A pesar del factor sorpresa, no pudieron conquistar la ciudad. Los bizantinos recurrieron a la práctica habitual de convertir a sus enemigos más enconados en aliados y muchos escandinavos se convirtieron en la élite militar del Imperio Bizantino: la famosa Guardia Varega. Miklagard (en nórdico antiguo Miklagarð) fue el nombre que los varegos le dieron a Constantinopla. Significa literalmente “La Gran Fortaleza” o “La Gran Ciudad”, demikill, “grande” y garðr, “ciudad” o “fortaleza”.
Aquella ciudad, que era el centro del mundo (los griegos y los armenios siempre se refirieron a ella como “La Ciudad”) dejaba atónitos a los fieros hombres del norte la primera vez que la veían, pues, procedentes de sus pequeñas aldeas con edificios de madera en las costas de Escandinavia, se quedaban asombrados antes aquellas murallas, aquellas iglesias, aquellos palacios, ante su población de cerca de un millón de habitantes. Es normal que les pareciera un lugar de fantasía, como les sucedió también a los búlgaros, a los rusos y los serbios. La ciudad, además, estaba llena de lujos, como las sedas, las especias, el oro. Cuando comprendieron que no podrían conquistar y saquear la ciudad, los vikingos recorrían miles de kilómetros desde Escandinavia bajando por los ríos de lo que algún día sería Rusia, como el Dniéper o el Don para llegar a Miklagard e intercambiar sus pieles, ámbar u esclavos por monedas de oro y plata.
El reino de Sicilia fue un prodigio normando, cuya principal joya fue Palermo, con síntesis de cultura árabe y bizantina
En monedas de oro y plata también cobraban puntualmente —único método cabal de asegurar su lealtad— los miembros de la Guardia Varega. Tras muchos años de servicio, algunos regresaban a su tierra natal convertidos en hombres ricos y muy respetados, como los suizos de la Guardia Papal o los escoceses, irlandeses y alemanes de las guardias de los reyes de Francia y de España.
Los normandos, descendientes de noruegos y daneses asentados en la desembocadura del Sena, en la tierra que luego sería llamada Normandía, abandonaron sus creencias paganas (bueno, no del todo), adoptaron el cristianismo, fueron olvidando su lengua nórdica y adoptaron un dialecto del francés. Acabaron convirtiéndose en franceses y en señores feudales de los campesinos de la región. En el gran siglo normando, el XI, los antiguos hombres del norte, ante la escasez de tierra y la numerosa prole de las familias principales, instaron a sus hijos a buscar fortuna fuera de Normandia. Y, conforme a las tradiciones de la estirpe, esa fortuna la buscaron con la espada en la mano. En el sur de Italia, donde los papas les encomendaron poner bajo indirecta jurisdicción papal a los longobardos; en Sicilia, donde el papa le reconocería a Roger de Hautaville la condición de Rey de Sicilia, el reino bajo el sol del que habló John Julius Norwich en su libro homónimo. Aquel reino fue un gran prodigio normando, cuya principal joya fue la ciudad de Palermo, una síntesis de la cultura feudal normanda (y algunas trazas ya residuales de lo nórdico), del mundo árabe y de Bizancio.
Pero los normandos no se detendrían allí: un duque de Normandia, Guillermo el Conquistador, se convertiría tras derrotar a los anglosajones en la batalla de Hastings en Rey de Inglaterra. Muchos guerreros anglosajones del derrotado rey Haroldo rehusaron adaptarse al dominio normando y partieron hacia la grandiosa Constantinopla para incorporarse a la Guardia Varega. Y otros miembros de la familia Hauteville, como Bohemundo de Tarento, participarían en la Primera Cruzada y fundarían otro nuevo reino posvikingo bajo el sol: el Principado de Antioquía. Pero esa es ya otra historia mediterránea.
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© Nicanor Gómez Villegas (2026) | Especial para MSur
