Opinión

No sabemos que no sabemos

Ilya U. Topper
Ilya U. Topper
· 12 minutos
Opinion mgf

Estambul | 2 Marzo 2026

«La muerte de Ali Khamenei es un momento decisivo en la historia de Irán. Lo que vendrá después es incierto. Pero ahora hay un camino abierto hacia un Irán diferente». Esta fue la reacción de Kaja Kallas, alta representante europea de Exteriores, a la noticia de que el líder supremo de Irán, de 86 años, había fallecido en un bombardeo estadounidense en Teherán. Algo similar dijo Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea: con la muerte del clérigo «renace la esperanza para el pueblo iraní». ¿Seguro?

En la guerra hay tres tipos de información, dijo una vez un militar norteamericano: las cosas que sabemos que sabemos, las cosas que sabemos que no sabemos, y las cosas que no sabemos que no sabemos. Es el tercer tipo el que más debe preocuparnos. Y a tenor de las declaraciones citadas es el que inunda las oficinas de Bruselas: Kallas y Von der Leyen no saben que no sabemos cómo influirá la muerte de Khamenei en la guerra.

Para empezar, Khamenei no era un dictador por la gracia de Dios, no había creado el sistema —eso lo hizo Jomeini— ni daba discursos en la plaza pública para electrizar a las masas. Representaba el sistema, pero no era el sistema, como sí lo han sido otros dictadores, desde Hitler a Stalin o Franco. Ni sus enemigos jurados se esperaban el derrumbamiento de la República Islámica en el caso de que el anciano hubiese sido víctima, cualquier día de estos, de una apoplejía o una tromboflebitis. Era la cabeza de una intrincada estructura de consejos de clérigos y altos cargos con poder económico y militar en las guardias revolucionarias, el Ejército paralelo conocido también como Pasdarán, todo ello trenzado con otro sistema, el de las elecciones y el Parlamento.

Solo los líderes de línea dura se pueden permitir ser conciliadores ante el enemigo: la ultraderecha la controlan ellos

El Parlamento y el primer ministro que sale de sus rangos por elecciones populares es un factor de poder real: recordamos la época de Mahmoud Ahmadinejad, que no solo aparecía como la cara visible del Irán enfrentado a George W. Bush, sino que también tuvo su serio tira y afloja con Khamenei, si bien salió perdedor. No dudamos de que el ayatolá tenía entonces y ha tenido siempre la última palabra. Pero ignoramos cuántas decisiones estratégicas, económicas y militares tomaba él personalmente, y cuánto su entorno, un entorno que puede seguir activo ahora.

Pensar que con la muerte de Khamenei está resuelto el problema y la población, ahora sí, puede salir a la calle, quemar retratos de los ayatolás y fundar una república laica, sin ser masacrada en el intento por policía y pasdarán, como sugería Kallas, es ignorar la propia ignorancia. Más bien cabe prever que el sistema sigue en pie y que elegirá a un sucesor, probablemente temporal, quizás permanente.

No sabemos quién será, si alguien moderado, capaz de buscar compromisos y poner fin a la guerra cuando antes; si alguien de línea dura, dispuesto a morir heróicamente, o matar heróicamente a todo el pueblo iraní, antes de claudicar. Y podemos invertir esta frase: muy a menudo, solo los líderes de línea dura se pueden permitir ser conciliadores ante el enemigo: la ultraderecha patriota que podría rebelarse la controlan ellos. Y por lo mismo, los políticos de trayectoria moderada, si quieren afianzarse en el poder, deben evitar cualquier gesto de flexibilidad: sería interpretada como debilidad y cobardía.

Así que no, ni siquiera cuando se haga público el nombre del sucesor de Khamenei sabremos qué rumbo tomará: puede ser el contrario al que sugiere su perfil. Ni sabemos si la nueva cara del régimen será alguien que se ha hecho con el poder en las pugnas que, intuimos, deben de tener lugar ahora —y han tenido lugar con certeza desde hace años, para colocarse en la posición de salida— o si será un hombre de paja, consensuado entre los poderosos para evitar que ningún rival adquiera demasiado poder. Será un hombre, eso es todo lo que sabemos. Mujeres no hay en la República Islámica.

Las aseguradoras se sienten todo menos seguras, y los armadores, pese a su nombre, no tienen madera de héroe

Tampoco sabemos cómo están los ánimos ni los arsenales de los Pasdarán: ¿tienen munición y moral para llevar a cabo durante semanas o hasta meses una guerra de desgaste contra la armada estadounidense? Digo la armada, porque contra los aviones y misiles no se puede batallar, y una invasión terrestre está completamente excluida de los planes de guerra de Washington. Eso es lo único que podemos afirmar con total certeza. Ningún tanque estadounidense intentará entrar a territorio iraní. No tiene ni desde dónde.

La táctica de Trump es, pues, seguir destruyendo Irán hasta que levante bandera blanca. El contraataque lógico de las fuerzas iraníes no será tanto continuar lanzando misiles contra los países del Golfo cercanos, Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos, Omán y, por supuesto, Arabia Saudí, sino contra los buques que navegan por el estrecho de Ormuz: por aquí pasa el 20 por ciento del petróleo del mundo.

Ya ha empezado a hacerlo; al menos un petrolero, el Skylight, abanderado en Palau, procedente de Basora en Iraq, fue alcanzado cerca de las costas omaníes y evacuado por las autoridades de Omán, que registraron 5 heridos. En los mapas de navegación en tiempo real se observa un parón casi completo del tránsito en la vía marítima. Varios petroleros a punto de entrar al estrecho han dado la vuelta. Lógico: las aseguradoras se sienten ahora mismo todo menos seguras, y los armadores, pese a su nombre, no suelen tener madera de héroe.

No sabemos si Estados Unidos tiene pensada alguna medida para reactivar el tránsito. Si intenta escoltar a los petroleros para protegerlos tendrá que exponer sus propios navíos a ataques; un fallo en las defensas puede hacer que vaya a pique un destructor entero, con serias consecuencias para la opinión del Congreso estadounidense respecto a la guerra.

A Bibi lo querían todos, pero Donald Trump es el primer presidente de Estados Unidos que no quiere al Pentágono

Todas estas opciones las habrán previsto los expertos del Pentágono y por lo tanto tendrán respuestas, podríamos aducir. Pero eso era antes. Es más: precisamente porque lo preveían, durante veinte años, ningún presidente estadounidense, ni siquiera George W. Bush, fue a esta guerra, por mucho que Benjamin Netanyahu insistía cada verano en que era absolutamente vital para la supervivencia de Israel. A Bibi lo querían todos, pero Donald Trump es el primer presidente que no quiere al Pentágono.

La relación entre Trump y la plana mayor del Ejército estadounidense es la peor imaginable, y es notoria. El 30 de septiembre pasado, el presidente reunió a decenas de generales en la base marina de Quantico e intentó darles su habitual híbrido de mitin electoral y comedia de barra de bar, chocando con un muro de silencio. Arrancó diciendo: «Si queréis aplaudir, podéis aplaudir. Si no, haced lo que queráis. Si no os gusta lo que digo, podéis salir de la sala. Desde luego, ahí se va también vuestro rango, vuestro futuro».

A mí me dicen eso, y pocas ganas me quedan de ganar una guerra para el señor del flequillo. Casi me dan ganas de perderla.

Por supuesto, los generales harán lo que pueden. La aplastante potencia aérea estadounidense se esforzará en destruir toda base de lanzamiento de misiles o cohetes en Irán, pero para perjudicar un buque en un estrecho de 50 kilómetros de ancho no hacen falta medios muy avanzados. Los misiles antibuque chinos C-802 y su copia local, el Noor, bastan; puede bastar cualquier cohete antitanque portátil, con un alcance de dos a cuatro kilómetros, montado en una lancha rápida. No he visto aún información sobre el uso de drones marítimos por parte de Irán, pero no solo los fabrica Rusia: los tienen hasta los huthíes de Yemen. Y luego están las minas flotantes.

El problema aquí no es nuestra ignorancia de Irán: es nuestra ignorancia de Estados Unidos

Garantizar el pasaje seguro por Ormuz es casi imposible, si unos comandos iraníes se proponen impedirlo a toda costa. No sabemos si quieren llegar hasta ahí: Irán vive de exportar petróleo y no querrá enemistarse de verdad con sus actuales y futuros clientes. Quizás lo deje todo en unos pocos toques de aviso, evitando desgracias mayores. Quizás no. No sabemos cómo reaccionará Teherán, porque no sabemos a qué debe reaccionar.

El problema aquí no es nuestra ignorancia de Irán. Es nuestra ignorancia de Estados Unidos. No sabemos cuál es el objetivo marcado por Trump. Muy probablemente porque él tampoco lo sabe.

¿Quiere Trump un cambio de régimen en Irán, para que se acabe la República Islámica y llegue una democracia? Eso parecía cuando se dirigía el sábado en un videomensaje al pueblo iraní, pidiéndole que se levantara para «apoderarse de su futuro». Pasando por alto que es difícil tomar el poder cuando los espacios del poder están siendo bombardeados, y que la capacidad de represión de la policía iraní, demostrada con toda crueldad en enero pasado, no depende los arsenales de misiles ni de los laboratorios nucleares bombardeados. Y de todas formas, ya deberíamos saber lo que nos podemos fiar de las promesas de Trump de derrocar tiranos y cambiar regímenes: un día hacía falta derrocar a Maduro por robarle la victoria electoral a Corina Machado, y al siguiente, la oposición venezolana era inexistente en el país y Corina una buena mujer a la que gobernar le viene grande: el régimen se quedó.

¿Quiere Trump también en este caso que se quede el régimen, con alguien al mando más dispuesto a sonreír ante la cámara y firmar algunas capitulaciones? Muy probablemente. Al pueblo, que le den. Podrá decir ante la cámara que ha terminado otra guerra más, la novena, y pedir el nobel del año en curso. Si realmente luego se cumplen todas las condiciones de destrucción meticulosa de los laboratorios nucleares que exigió en Ginebra, ¿quién lo va a verificar?

La I Guerra Mundial era resultado de una cadena de decisiones de las que cada una era irresponsable, idiota e innecesaria

Probablemente esto sea lo más inteligente que el régimen iraní, o lo que queda de él, puede hacer: el paripé. Durante veinte años, desde la llegada de Ahmadinejad, Irán e Israel han llevado a cabo una guerra ficticia, que cada verano llenaba las portadas de los periódicos con amenazas de estallido inmediato. Ahora que ha estallado, ¿por qué no pasar a una paz ficticia?

Puede pasar. Puede ser que la afirmación de Trump, en la noche del domingo, de que Irán «quiere hablar», ya sea el primer paso. Puede que cuando usted lea esto, ya haya ocurrido y Trump y el equivalente barbudo a Delcy Rodríguez ya estén maquillándose para las cámaras.

O puede que no. Puede que los barbudos confíen en su arsenal y el ánimo de sus comandos y se dediquen a atacar a petroleros, por mucho que muera su pueblo, hasta que China, India y Japón observen bajar a cero sus reservas de petróleo, hagan una teleconferencia con Trump, y Trump salga a hacer él solito el paripé de proclamar la victoria rotunda y absoluta y el fin de la guerra.

O puede ser que Trump esté aún más allá del bien y el mal que los barbudos e insista en seguir. Quiero pensar que en ese caso, el Congreso estadounidense tomaría medidas: puede hacerlo, recordando que una guerra lanzada sin la aprobación de esta cámara es ilegal. Pero no toda guerra se rige por razones. Ni siquiera siempre se rige por la razón de frenar a un dictador obsesionado con su misión, como la II Guerra Mundial. Algunas, como la I Guerra Mundial, son resultado de una cadena de decisiones de las que cada una era en su momento irresponsable, idiota e innecesaria. Costó veinte millones de muertos.

Hay que conocer al bando enemigo, dicen. Pero mucho más importante hoy sería conocer al bando propio. Y con Trump, nada se sabe. Corren malos tiempos para la geopolítica.
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© Ilya U. Topper | Primero publicado en El Confidencial · 2 Marzo 2026