Crítica

Una barbaridad

Ilya U. Topper
Ilya U. Topper
· 9 minutos

Louisa Yousfi

Seguir siendo bárbaro

Género: Ensayo
Editorial: Anagrama
Año: 2022 (2024 en España)
Páginas: 140
Precio: 14,90 €
ISBN: 978-84-339-2763-7
Idioma original: Francés
Título original: Rester barbare
Traducción: Encarna Castejón

Yousfi barbaros

Solo hay una cosa peor que la manía racista de los políticos estadounidenses de dividir su sociedad en blancos y no-blancos, y es la manía de ciertos intelectuales franceses de copiarles el modelo, pero con ínfulas.

En cierto sentido tienen razón, y no puedo evitar sonreír cuando los imagino tomándonos al pie de la letra y calentando para defender su propio honor. Sus maneras de insistir son conmovedoras. Porque también valoran su belleza. No entienden que sentimos la necesidad de orden vital a causa de ese ego trip descolonial. Necesitamos que nos emborrachen de orgullo, necesitamos aumentos e hipérboles de nuestra belleza. Nuestra necesidad de orgullo es insaciable. Este discurso, ancho de sisa para satisfacer lo que llaman una complacencia comunitaria, es una mentira que dice la verdad. Hay que dejar que nos colonice el cerebro, porque es el único capaz de rivalizar con las fuerzas narrativas del Imperio. El único que enciende una luz para nuestros hijos, que señala una dirección, un horizonte. El único que hay que seguir. Ni larva, ni monstruo. «Y, ay, pueblo mío, escúchame, allí no les gusta vuestro cuello erguido y sin cabestro. Así que debéis amar vuestro cuello; tocarlo, honrarlo, acariciarlo y mantenerlo erguido».¹ Toni Morrison, Beloved, op. cit., p.127

Es una página cualquiera (la 46) del libro Seguir siendo bárbaro, de Louisa Yousfi (Cannes, 1988), periodista con estudios de Filosofía. ¿Qué quieren que critique de este discurso? Cuesta adivinar si el Nosotros de la autora se refiere a la sociedad de Francia, a la que ella pertenece y para la que escribe, o si se refiere a la entelequia de una comunidad de franceses no-blancos, franceses descoloniales, no-franceses, en cuyas filas ella busca categorizarse gracias a a su apellido mediante el recurso de llamar «raza» a este apellido.

Elevar la genética a condición social, cultural, de carácter, es la definición precisa, científica, de racismo

No es casualidad que la cita en el párrafo arriba y gran parte de las referencias literarias en la primera mitad del libro sean de autores estadounidenses. Solo allí tiene sentido crear divisiones sociales y políticas basándose en gradaciones de oscuridad de la tez: al carecer de una cultura africana propia —porque fueron arrancados de ella de forma tan brutal que no pudieron conservarla—, los descendientes de esclavos únicamente se pueden categorizar por sus rasgos genéticos. Elevar esta genética a condición social, cultural, de carácter, es la definición precisa, científica, de racismo.

Ya nos mostró Johny Pitts en su libro Afropeo (2019) lo absurdo que es confundir la condición de ciudadanos nativos de tez oscura con la de inmigrantes de otro país, procedentes de otra cultura, y encima meter después en el mismo saco a todos los inmigrantes que tengan la piel un poco más oscura que un rostro pálido anglosajón: desde Angola a Cabo Verde, Túnez y Grecia —sí, Grecia—, todos son afropeos para Pitts, y salvando Grecia, son {negros y árabes} para Louisa Yousfi. Como si los «árabes», es decir los norteafricanos, no hubiesen formado parte durante siglos, y hasta hoy, de esa «raza blanca» que esclavizaba a los negros.

Gracias a las ínfulas literarias de Seguir siendo bárbaro, no es fácil tampoco adivinar si la autora se posiciona a favor de ese discurso que enfrenta a la «raza bárbara» con la «raza blanca», o si sus análisis literarias pretenden destacar lo irracional y absurdo de sus planteamientos. En realidad solo me queda claro al llegar a la página final y leer el agradecimiento: «A Houria Bouteldja, a quien tanto aprecio. Gracias por haber sido la primera en saltar».

Houria Bouteldja, francesa de origen argelino, fundadora del movimiento, luego partido, Los Indígenas de la República, fue la primera en saltar a la palestra con la frase: «Yo pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi barrio, a mi raza, a Argelia, al islam». Frase que condensa un discurso netamente racista hacia los magrebíes, reivindicándolos como seres machistas, violentos, brutos y orgullosos de serlo. Aplaudiéndolos por serlo. Pidiéndoles ser machistas y brutos para así vengar su virilidad humillada por el colonizador blanco.

Matar a una amante blanca, entendemos, está en la naturaleza de los negros, y está bien que sea así

Exactamente esta postura es la que imbuye el análisis que Louisa Yousfi hace de una novela norteamericana, El fin de un primitivo, de Chester Himes, bajo el concepto «Negro mata a blanca». Matar a una amante blanca, entendemos, está en la naturaleza de los negros, y está bien que sea así. En el siguiente capítulo pasa por encima del 11-S, sin tener muy claro si alegrarse o no de las muertes, poniendo el episodio al trasluz de una novela de Ralph Ellison, dando por hecho que todos los pueblos e ideologías del planeta ocupan frente a Norteamérica el espacio que un norteamericano de tez negra ocupa frente a su entorno blanco.

Llega por fin a su Francia natal con el caso del artista y bloguero Mehdi Meklat, hijo de esa humilde periferia urbana de ambiente inmigrante, encumbrado por la izquierda francesa a los 18 años como perfecto ejemplo de chico de barrio y caído en desgracia con 24, en 2017, al revelarse que hasta dos años antes había tuiteado, bajo el seudónimo muy francés de Marcelin Deschamps, mensajes racistas, misóginos, machistas, homófobos y antijudíos, vivas a Hitler y Bin Laden incluidos. Yousfi tiene la clave de por qué el chaval disfrutaba diciendo estas barbaridades: para darles a los franceses donde más les duele. Y critica a quienes lo abandonaron, asqueados: ¿no es hipócrita, pregunta Yousfi, condenar a un chico por ir a la contracorriente del poder? El poder francés reside en su cultura de feminismo, antirracismo, respeto a los homosexuales; por lo tanto, para resilvestrarse hay que ser machista, homófobo y racista; lógico, ¿no?

No es una cultura africana la que reivindica el rapero con su ounga ounga: es la de ser esclavo, inferior, bárbaro

El capítulo final del libro repite y retoma la misma idea a través de las letras del rapero Booba, nombre artístico del franco-senegalés Élie Yaffa, que no es hijo de la periferia inmigrante: criado por su madre francesa, pronto divorciada, heredó del padre senegalés poco más que un matiz de color de piel. Suficiente para encarnar, en la música y en las peleas callejeras, todos los clichés del rapero negro del Bronx. De hecho, en las letras se declara hijo de esclavos azotados en el Misisipí o las Antillas.

La negritud de Yousfi, Bouteldja y sus iconos es esto: reducir todo a su color de piel para así declararse parte de una población que fue esclavizada y despojada de toda cultura propia y que estará condenada a arrastrar durante generaciones, por obligación genética, esa ausencia de cultura propia, obligada a definirse únicamente como oposición a una cultura racista anglosajona. En realidad, los antepasados de Booba nunca fueron esclavos, fueron franceses, belgas y africanos, pero no es una cultura africana la que reivindica el rapero con sus estribillos de ounga ounga: es la de ser esclavo, inferior, salvaje, bárbaro.

Lo imperdonable es que Louisa Yousfi aplica este mismo modelo a un gran escritor argelino de lengua francesa, Kateb Yacine, mediante una sola frase del autor, presentada sin contexto: «Siento que tengo tanto que decir que me alegro de no ser más culto. Tengo que conservar una especie de barbarie, tengo que seguir siendo bárbaro».

Erradica las milenarias culturas mediterráneas de las que surgen escritores magrebíes universales como Kateb Yacine

Ignoro a qué concepto literario de barbarie hacía referencia el culto escritor, hijo de una familia argelina culta, interlocutor de Brecht, Sartre y Camus, pero podemos estar seguro de que Kateb Yacine, comunista que hacía tocar la Internacional en árabe magrebí antes de cada representación de sus obras de teatro popular en Argelia, opuesto al velo y al islamismo, condenado como «infiel» por los imames de Al Azhar el día de su muerte, daría vueltas en su tumba si viera este intento de convertirlo en heraldo de un comunitarismo islámico-argelino antifeminista. De hecho, las dio: en su entierro en Argel, en 1989, sus seguidores echaron con cajas destempladas, cantando a pleno pulmón la Internacional, a los altos cargos del régimen argelino que querían apropiarse de su figura.

Es imperdonable, porque con este discurso norteamericano racista de dividir la humanidad entre blancos civilizados y negros bárbaros, Yousfi erradica de nuestra conciencia las milenarias culturas mediterráneas de las que surgen escritores magrebíes universales como Kateb Yacine, culturas en lengua latina, amazigh y sobre todo árabe sin las que no existiría la Europa, la Francia de hoy. Su mirada da por hecho que la Argelia previa a la colonización francesa era una selva con salvajes cantando ounga ounga. Y esto es una barbaridad.

No, no es un racismo antiblancos lo que permea la ideología de Bouteldja y Yousfi: es un racismo antimagrebí, antiafricano, que dictamina como inevitable, como un color de piel o un cabello crespo, las peores actitudes machistas y opresoras de varios continentes, declaradas ahora propias de «los árabes y negros» y por lo tanto orgullosamente reivindicables. Claro, es muy fácil hacerlo cuando una es joven, guapa, perfectamente peinada y homenajeada por la izquierda, que la premiará con una estancia en la Villa Medici. Bárbaro, sí. Vivan las cadenas.

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Seguir siendo bárbaro (Anagrama, 2025) | Louisa Yousfi | Traducción de Encarna Castejón | 140 págs. | 14,90 €