Artes

El libro negro de Gaza

M'Sur
M'Sur
· 12 minutos

Nosotros, los que no miramos hacia otro lado

Malek alshanbari ninna
Malek Alshanbari

Nosotros, los que no miramos hacia otro lado, los que no hacemos como si no pasara nada, podemos decir que lo hemos visto todo: niños sacados de los escombros o presenciando cómo los bombardeos asesinan a sus seres queridos; sentados y aturdidos en camillas de hospitales, mudos, temblando como hojas al viento. Niños arrastrando garrafas de agua. Humo negro. Explosiones ensordecedoras y el incesante zumbido de los drones. Heridas abiertas y miembros amputados. Desiertos de casas destruidas y un océano de tiendas de campaña.

Sin embargo, a pesar de su significado, estas imágenes son bidimensionales. No hablan, aunque los gritos de la gente atraviesen el corazón, aunque nuestra preocupación y angustia nos permita imaginar una fracción del infierno que los engulle. La tercera dimensión, la que confiere el volumen completo, se encuentra en las palabras, esas que tenemos el privilegio de leer aquí y en otros innumerables canales. […]

Así, un texto tras otro, escritos desde y sobre el infierno, descubrimos la humanidad detrás de ojos aterrados, cuerpos temblorosos y rostros demacrados, en cada una de las miles de personas que corren cada mañana hacia la muerte y hacia el desafío de llevar a casa un saco de harina. Cada texto nos muestra personas concretas, no generalizaciones o imágenes borrosas. Además, cada texto cuestiona otro cliché: el de la «deshumanización de los palestinos». Es habitual decir que para que la sociedad israelí —el ejército y sus numerosos apoyos civiles— sea capaz de perpetrar el genocidio que está perpetrando, ha tenido que deshumanizar a los palestinos durante años. La lógica retórica resulta familiar y es clara. De hecho, en el colegio siempre nos enseñaron que los alemanes hicieron lo mismo con los judíos, deshumanizarlos, antes de ejecutar la Solución Final. Sin embargo, la retórica en ambos casos distorsiona la realidad pues quienes quedan despojados de humanidad son los perpetradores del genocidio, no sus víctimas.

[Amira Hass| Fragmento del epílogo]

El Libro Negro de Gaza

Testimonios de un genocidio

Edición de Gonzalo Delgado · Prólogo de Nasser Rabah · Epílogo de Amira Hass

Traducción del inglés: Jose Elías Rodríguez

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2026

Gaza libronegro

Malek Alshanbari

Malek Alshanbari tiene treinta y dos años y vive en una tienda del campo de Al Mawasi, en Jan Yunís, después de haberse visto forzado a desplazarse quince veces desde el inicio del genocidio.

El puesto de libros

En un rincón del mercado, entre pilas dispersas de verduras y vendedores ambulantes que ofrecen calcetines y productos enlatados, se encuentra un pequeño puesto repleto de libros. Tiene muchos títulos y de una variedad sorprendente: Ibn Jaldún, Albert Camus, Nietzsche, Dostoievski, Maquiavelo. También El mito de Sísifo estaba entre ellos, observando a los paseantes desde la cubierta.

¿Y qué decir del hombre del puesto? No guardaba parecido alguno con el «intelectual» que solemos imaginar. Sentado en una silla de plástico desgastada, fuma tranquilamente un cigarrillo, sin dar la más mínima señal de haber leído siquiera una de las páginas de esos libros. Esa incoherencia me llamó la atención. Me acerqué, disfrazando la curiosidad de broma, y pregunté:

—Tío, ¿te has leído todos estos libros?

Se rio y soltó:

—No, por Dios. No leo ni los periódicos. Pero me encanta hablar de ellos, como si fueran de mi familia. ¿Ibn Jaldún? Mi primo. ¿Camus? Un amigo. ¿Maquiavelo? ¡Uno de los nuestros! —continuó.

Yo me reí, pero mi curiosidad no hizo sino aumentar. Me senté a su lado y le hice una pregunta que me pasó por la cabeza:

—¿Pero cómo? ¿Cómo conoces todos esos nombres e ideas si no lees?

Él suspiró, dio una larga calada al cigarro y respondió:

—Cuando mi hijo leía, siempre lo hacía en alto. Su voz me molestaba, porque leía constantemente. No se callaba nunca. A veces le bufaba, otras veces eran los vecinos quienes se quejaban.

Sonrió, el recuerdo pareció dolerle y animarlo al mismo tiempo.

—Pero escuchaba, cada día, cada libro, página a página. No lo entendía todo, pero memorizaba los nombres y conectaba las ideas, veía el mundo a través de su voz.

Me levanté para marcharme, diciéndole cariñosamente:

—Qué Dios os proteja a los dos, que tu hijo siempre te lea, que siempre seas tan culto.

—Por Dios, podría estar escuchándolo toda la vida, su voz era más potente que el megáfono… Si pudiera volver… — dijo con voz más pausada.

Me miró, con los ojos anegados en lágrimas:

—Solía comprarnos verduras en este mercado, me ayudaba y me leía tanto si yo quería como si no. Un día, bombardearon la tienda. Se fue. Se fue, dejándome solo. Sin nadie que me lea. Sin nadie a quien reñir. Sin nadie del que burlarme por su voz sonora.

Se calló y luego señaló los libros que lo rodeaban:

—Estos son sus libros. Los que recuperamos de nuestra chabola. Es lo que queda de él. Y, ahora, aquí estoy, vendiéndolos.

El dueño del puesto de libros no lee. Y su hijo… tampoco.


Nur Ahmed Abed

Nur Ahmed Abed es una estudiante de veintiocho años del Máster en Derecho Público de Gaza, actualmente radicada en Deir al-Balá.

El amor en la tierra del dolor: cartas desde una ciudad que se resiste a dejar de amar

Fui a un pequeño cibercafé a terminar un trabajo universitario. Me senté en la mesa. Frente a mí había una pareja joven cuyos ojos se encendían con el brillo inconfundible del amor. Él pidió una limonada con hielo para ella, un capricho típico de Gaza, y compartieron unas risas discretas.

En cualquier otro lugar, esto habría sido una escena ordinaria, pero aquí, parecía un milagro. Recé entre susurros para que salieran ilesos, para que su amor creciese en paz, para que se librasen de la desgracia que acecha en cada esquina. En Gaza no hay nada garantizado.

Me vino a la cabeza una canción de siempre que adoraban mis padres: El amor es pura dicha, no hay amante desdichado. Y me pregunté si esto podría servir para nosotros aquí, en Gaza.

Nadie escoge el lugar en el que nace, pero sí a quien amar con dedicación, cuidando ese amor como si fuera el último vestigio de nuestra humanidad. El amor no es un lujo, es una necesidad tan fundamental como el agua o el pan. Pero en una ciudad donde el agua y el pan escasean, ¿podrá seguir existiendo el amor? Mi respuesta es ¡Sí! Un sí alto y claro.

El amor en Gaza sigue latiendo y respira a pesar del asedio, la destrucción y la muerte. No son rosas sobre la mesa de un café ni cenas a la luz de las velas. El amor son dos jóvenes soñadores que piensan juntos en un futuro compartido antes de que el estruendo de un bombardeo lo haga pedazos.

El amor es un muchacho regalando a su amada un trozo de pan en medio de una hambruna.
Es la mujer que espera en la puerta al hombre que fue a buscar harina.
Es el padre que recorre kilómetros para traer leche y pañales a su bebé recién nacido.
Es la madre que, uno a uno, va reuniendo los ingredientes para cocinar el plato favorito de sus hijos, y el hombre que amasa a mano para que su mujer no estropee las suyas, las madres que protegen a sus hijos de la metralla con su propio cuerpo, los hermanos que comparten el último pedazo de pan, el último trago de agua, el último rincón seguro para dormir.

Amor es también el niño que escarba entre los escombros para rescatar su peluche, y la niña que da de comer a un gato callejero aunque lleve todo el día sin probar bocado.

Estas humildes muestras de ternura no son insignificantes, son actos cotidianos de rebelión y desafío contra la maquinaria bélica empeñada en reducir a cenizas nuestra humanidad.

Pero aquí el amor nunca es gratis. Una nueva alerta irrumpe en mi canal de Telegram: la foto de una nota arrugada encontrada en el bolsillo de un joven asesinado por un francotirador mientras iba a buscar algo de comida para su familia.

¿Por qué hay tanta presión?
¿Por qué no podemos abrazarnos sin miedo?
¿Por qué hasta el gesto de cariño más simple tiene que parecer un acto de resistencia?

Aparece un vídeo en la pantalla: una mujer que durante más de una hora se niega a soltar el cuerpo sin vida de su marido, abrazándolo como si así pudiera impedir que la muerte se lo lleve. Así es el amor en Gaza. No es un romance barato, sino un acto diario de supervivencia, el rechaz a que la muerte tenga la última palabra.

Gaza es una ciudad donde la mayoría de sus habitantes nunca ha visto una película en el cine, ni ha subido a un avión, ni ha estado junto a un río, ni ha escalado una montaña para contemplar el mundo desde arriba.

Después de la familia, lo que le queda a un gazatí es su casa y su calle, e incluso estas han sido bombardeadas, destrozadas y reducidas a escombros.

Y, aun así, el amor late.
La gente se sigue casando.
Los amantes se siguen enviando notas de amor y siguen encontrando la manera de reír. Aquí, el amor es un acto desafiante, una insistencia en nuestra humanidad, sin importar que el mundo nos reduzca a menudo a meros números en las noticias.

Querido lector, imagínate: según el Ministerio de Salud de Palestina, 13901 mujeres han enviudado en Gaza. 13901 fuentes de dolor, cada uno con su propia historia. Estas son algunas de sus cartas, fragmentos breves del inmenso e interminable libro de la pérdida.

Anas… ¿quién podría ser como Anas? El compañero de mi vida, mi amor, mi corazón ha dejado de latir. Era mi hogar, mi apoyo, mi todo.  

(Bayan, viuda de Anas Al-Sharif)

Eras mi consuelo, Hatem. Teníamos tantos planes y sueños para compensar estos años de guerra con días de alegría. Pero te fuiste primero, llegaste a Dios antes que yo. 

Mais, viuda de Hatem Abu Hamed

Ali, ahora un cielo nos separa. Todo ha cambiado desde que te fuiste, el tiempo, la forma en que vivo los días, hasta yo misma. Vives en mí como si nunca te hubieras ido, como si siguieras siendo una parte de mí. 

Shahd, viuda de Ali Al Rantisi

Quería envejecer a tu lado. Solo mi cuerpo sigue vivo; mi alma se fue contigo. A veces temo que la vida sea demasiado larga y que tenga que vivir todos esos años sin ti. 

Dima, viuda de Rizq Al Madhoun

Tengo suficientes recuerdos tuyos como para seguir adelante en esta vida, impregnados de tu amor, tu delicadeza y ternura. Nos encontraremos en el Paraíso, corazón mío.

Nur, viuda de Bilal Abu Sam’an

Mi amado Rushdi. Cuando supe que habías muerto, eras la única persona con la que quería hablar. Ve hacia la inmensidad y la dicha, mi amor. 

Shorouq, viuda de Rushdi Sarraj

Ibrahim, amor de mi vida. No eras solo mi amado. Eras mi vida, mi patria. Ahora eres el rezo que está siempre en mis labios, una imagen clavada para siempre en mi corazón.

Layla, prometida de Ibrahim Abu Shaaban

Elegimos el amor y la vida. Soñábamos con comenzar una vida juntos, pero la Ocupación se empeñó en acabar también con las historias de amor en Gaza.

Hala, prometida de Mohammed Salama

Cada testimonio es una pequeña nota clavada en la conciencia del mundo: amamos, y por eso nos mataron. Pero el amor no ha muerto; se ha convertido en testigo. En Gaza, el amor no es una metáfora, sino una realidad moral y política. Es el derecho a la seguridad, a criar a los hijos sin miedo a perder a los padres, a darnos un abrazo sin temer que la próxima bomba convierta ese abrazo en el último.

Concluyo este texto con un ruego: no dejéis que las historias de amor de Gaza se conviertan en simples imágenes que pasan por vuestras pantallas. Contempladlas como lo que son, un testimonio humano, como la prueba viviente de que, incluso en la tierra de la pérdida, algo obstinado sigue creciendo. Porque aquí, donde tanto se ha perdido, queda una cosa: el amor. Y se niega a morir.


Taqwa al Wawi

Taqwa Ahmed Al Wawi tiene diecinueve años y es escritora, poeta y editora. Estudia Literatura Inglesa en la Universidad Islámica de Gaza.

Esta muerte lenta

Me siento, la espalda contra la pared.
Una taza me templa las manos.
El aire se vuelve denso.
Un tenue zumbido.
Lejos.
Veloz.
La ventana tiembla.
Una sombra ante la puerta.
Me quedo congelada.
Ojos cerrados.
El tiempo aguanta el aliento.
¿La familia?
¿Los amigos
¿Lugares que respiran conmigo?
Risas grabadas en los cuadernos.
Voces que se han ido.
La vida parpadea bajo los ojos cerrados.
Los segundos se estrechan.
El sonido golpea.
Los puños golpean. Y después,
se van.
Regresa el silencio,
transformado.
Los ojos abiertos.
La taza todavía templa.
El cuarto está en silencio.
Pero algo dentro
no ha sobrevivido.


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© Amira Hass | Malek Alshanbari | Nur Ahmed | Taqwa al Wawi | Traducción del inglés: Jose Elías Rodríguez| Edición: Gonzalo Delgado

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2026 | 326 páginas | 18 € | Fragmento cedido a MSur por la editorial | Comprar el libro