Artes

Gioacchino Lanza Tomasi

M'Sur
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· 7 minutos
Lanza gioacchino

Gioacchino Lanza Tomasi no alcanzó a ver publicado Lampedusa y España, pero dedicó sus últimas energías a culminar un libro que solo él podía haber escrito: la historia de su amistad con Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien acabaría adoptándolo y nombrándolo su heredero, y en concreto un episodio nunca antes divulgado, ni siquiera entre sus biógrafos más atentos: el aprendizaje de la lengua española —que Gioacchino hablaba por la rama materna de su familia—, mientras iba tomando forma una obra maestra titulada El gatopardo.

Con la ayuda de Alejandro Luque, periodista y escritor gaditano enamorado de Sicilia, y bajo la supervisión de la esposa de Gioacchino, la duquesa Nicoletta Polo, el autor no solo dibuja un retrato inédito de Lampedusa, poniéndolo a salvo de algunos lugares comunes recurrentes, sino que toma la fotografía de toda una época, aquel terrible Dopoguerra en que la cultura fue una tabla de salvación en medio del naufragio. De paso, nos brinda un hermoso canto a la lengua de Cervantes, Quevedo, Lope, Federico y tantos otros autores que hicieron las delicias del viejo maestro convertido por una vez en alumno.

[Ilya U. Topper]

Gioacchino Lanza Tomasi

Lampedusa y España

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Acantilado (2025)

Yo había visto a Lampedusa de vez en cuando en los años anteriores, entre 1948 y 1952. Mis padres habían restaurado el Palazzo Mazzarino y recibían visitas con frecuencia. Las veladas se podían dividir en cenas, a las que asistían los íntimos, reunidos en torno a los amigos continentales, a menudo extranjeros, que se alojaban en el palacio, y grandes cócteles, a los que se invitaba a los amigos en sentido más amplio. En 1950 cumplí dieciséis años, edad a la que mi padre consideró que podía participar en las fiestas en el palacio. Esas réjouissances ampliadas eran, por decirlo así, inevitables, una obligación a la que no se podía escapar un par de veces al año. Al redactar la lista de invitados, los puntos conflictivos los constituían la presencia de personas enemistadas entre sí o cuya presencia se consideraba más un deber que un placer, y a las que se invitaba bajo la denominación de «perros y puercos». Mi madre lo transformaba en aquel «todos caballeros» de Carlos V para homologar a todos los invitados, propios y ajenos.

Mi madre, María Concepción (Conchita) Ramírez de Villa Urrutia y Camacho, había nacido en la Constantinopla otomana, donde mi abuelo era embajador, y se había educado en Inglaterra, en una escuela de monjas irlandesas, por lo que había hecho del inglés su lengua natural. El español se le había olvidado con el tiempo, y al final de su vida sólo lo practicaba con su amiga Mercedes Ruspoli, esposa de un jugador de bridge profesional, llamado Pignatelli, que probaba suerte todas las tardes en Villa Igiea. Aun así, en uno de nuestros viajes a España compró un disco de la banda sonora de la película Morena Clara, interpretada por el Niño de Talavera y la guitarra de Manolo de Badajoz que nos gustaba escuchar de vez en cuando, con un estribillo no precisamente feminista:

Gitana, que tú serás
como la falsa monea,
que de mano en mano va,
y ninguno se la quea

Que de mano en mano va,
y ninguno se la quea.

Su padre, Wenceslao Ramírez, marqués de Villa Urrutia, había sido embajador de España en el Quirinale a principios de la década de 1920. Nacido en La Habana, entonces española, historiador y ministro de Asuntos Exteriores de Alfonso XIII en 1905, tenía comportamientos y rasgos culturales similares a Tomasi di Lampedusa. Su perfil, incluido en el Diccionario de Historia de España de Germán Bleiberg (1979), afirma que su personalidad de historiador se distinguía por «el ingenioso anecdotismo y por la mordaz expresión», un rasgo que por lo general sólo se aprecia cuando se habla de otros.

Entre la producción literaria que dejó el marqués de Villa Urrutia, tengo en mi poder el singular documento Una embajada a Marruecos en 1882, crónica de apenas medio centenar de páginas en la que lamenta los excesos gastronómicos a los que están sometidos los diplomáticos extranjeros en el país del Sultán, da testimonio asombrado de un mercado de esclavas nigerianas y constata el declive del imperio marroquí, un tablero de ajedrez ante el cual España no tardará en mover sus piezas. De hecho, su marquesado será, en cierto modo, un premio de la corona por su contribución a la fundación del Marruecos español.

Mi abuelo también era célebre por su buen apetito. Terminaba su trabajo como director de la Sección Histórica de la Academia Española a la una y media, y a las dos almorzaba en su restaurante habitual con sus colaboradores. Masticaba muy despacio y hablaba sin parar, por lo que las comidas resultaban interminables. Se cuenta que una de esas reuniones se prolongó hasta las cinco y media de la tarde, y cuando mi abuelo preguntó al camarero qué podían comer a continuación, este respondió: «¿La mesa, señor?».

Los chismes y anécdotas ingeniosas eran el pan de cada día en las conversaciones del Circolo Bellini, el club aristocrático de Palermo. Lampedusa hace una jugosa descripción de ello en Los gatitos ciegos, primer capítulo de una segunda novela inacabada y su último escrito publicado en Relatos.

La decena de socios que estaban en el Círculo se habían instalado en la terraza, que domina un apacible patio y estaba a la sombra de un árbol alto que derramaba una lluvia de pétalos de lilas sobre aquellos señores en su mayoría ancianos. Camareros de rojo y azul iban y venían con helados y bebidas. Desde el fondo de un sillón de mimbre llegaba, siempre colérica, la voz de santa Giulia. «Pero bueno, ¿se puede saber cuántas tierras tiene realmente este bendito Ibba?».

En la década de 1930, cuando la disminución de los ingresos ya no le permitía el largo viaje de verano (un mes en Inglaterra y luego el regreso vía París y Suiza hasta encontrarse con su madre en el Tirol del Sur), Lampedusa había vuelto definitivamente a Palermo y frecuentaba el Bellini con asiduidad. Alfonso XIII, exiliado, vivió alrededor de un mes en Palermo, y Lampedusa me contó que el caballero al servicio del rey le dijo un día: «No se sorprenda si Su Majestad empieza a tutearle a partir de ahora. Ha descubierto que tiene usted derecho a la grandeza de España ». Pero no me lo dijo a mí, y yo me enteré por otros bellinianos de que el rey Alfonso guardaba cierto rencor a mi abuelo.

Respecto a su antiguo ministro de Exteriores, habría dicho que era un literato e historiador de excepcional ingenio, pero la «mordaz expresión » fue comentada con un «de acuerdo, escribió que mi abuela era una dama galante, pero ¿qué se debería decir de su mujer?». El rey se refería al ensayo de mi abuelo La reina gobernadora, un libro lleno de anécdotas sobre la alcoba real, y comentaba la separación de hecho entre los cónyuges Villa Urrutia.

En el libro mencionado, cuyo prólogo corrió a cargo de su buen amigo el conde de Romanones, mi abuelo hizo a un lado su conocida malevolencia y mordacidad para demostrar que María Cristina de Borbón y Borbón no se había convertido en la amante del sargento de la guardia de corps Agustín Fernando Muñoz hasta tres meses después de la muerte de Fernando VII, y no antes, lo que seguía siendo objeto de controversias en los círculos españoles un siglo después.

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© Gioacchino Lanza Tomasi (Herederos) | Acantilado (2025) | Edición: Alejandro Luque | Traducción del italiano: Andrés Barba | ISBN: 978-84-19958-89-1 | Pág: 112 | Precio: 12 €