Esplendor de Portugal
Nicanor Gómez Villegas
Madrid | Marzo 2026
A quien conmigo va
Al lado de la Torre de Belem, donde el Tajo se abre hacia su encuentro con el Atlántico, pura cifra de la vocación oceánica de Portugal y de los portugueses, se yergue desde 1960 contemplando ese destino el Monumento aos Descobrimentos, mandado construir por el dictador António de Oliveira Salazar para conmemorar el quinto centenario de la muerte de Henrique, o Navegador, uno de los miembros de la ínclita geração, los hijos de João I de Portugal y de Filipa de Lencastre, la infanta Isabel y los infantes Duarte, Pedro, el propio Henrique, João y Fernando, generación ilustre a la que cantó en la épica nacional de Portugal, Os Lusiadas, Luís de Camoẽs:
Mas, pera defensão dos Lusitanos,
Deixou, quem o levou, quem governasse
E aumentasse a terra mais que dantes:
Ínclita geração, altos Infantes.
Esos infantes fueron armados caballeros por su padre el 22 de agosto de 1415 en la ciudad de Ceuta después de un asalto que conquistó la primera tierra africana para el Reino de Portugal después de que su reconquista ibérica terminase al llegar a la costa del Algarve. Para los portugueses la guerra era una cosa tan seria que arriesgaban en ella sin dudarlo la vida de sus reyes y de sus infantes, el futuro de la nación.
Con Jorge Manrique, podríamos decir que los portugueses ponían la vida de sus príncipes muchas veces en el tablero:
Despues de puesta la vida
tantas vezes por su ley
al tablero,
despues de tan bien seruida
la corona de su rey
verdadero
Los infantes de la ínclita geração sobrevivieron a la batalla de Ceuta, en la que doraron los blasones de la Casa de Avis. Pero uno de ellos, el santo infante Don Fernando, murió en Fez en una mazmorra tras ser capturado por los benimerines en 1437, toda vez que su hermano el Rey Don Duarte se negó a entregar Ceuta a cambio de la liberación del infante Fernando. Tanto fue el cántaro a la fuente, que la Casa de Avis se extinguió y dejó a Portugal sin rey tras la muerte en 1578 del rey Don Sebastião en tierras del Algarve d’Além-Mar portugués en la batalla de Alcazarquivir o de los tres reyes (o desaparición con profecía de regreso, como preconizaba el mito sebastianista, que aún no se ha ido del todo de la imaginación portuguesa), catástrofe de la historia portuguesa que traería una crisis dinástica en 1580 resuelta con la unión dinástica con los Habsburgo españoles que duraría sesenta años, la dinastía filipina o dinastía de Habsburgo, convirtiendo a Felipe II, Felipe III y Felipe IV de España en Felipe I, Felipe II y Felipe III de Portugal. A la revolución nacional que puso fin a esa unión personal de ambas coronas los portugueses la llaman A Guerra de Restauracão.
Navegar ha sido para los portugueses una necesidad existencial desde que concluyeron su avance hasta el Algarve
El monumento con el que comenzábamos este artículo está constituido por las estatuas de los prohombres de los descubrimientos de Portugal en África y en Asia: Afonso V de Portugal, Vasco da Gama, Pedro Álvares Cabral, Fernão de Magalhães, Bartolomeu Dias, Diego Cão, Afonso de Albuquerque y San Francisco Javier, en el lado este, entre muchos otros; el Infante Pedro, Filipa de Lencastre, Luís de Camoẽs, Pêro da Covilhã, Gil Eanes y Fernando, o infante santo, en el lado oeste.
En los tiempos del Estado Novo (la dictadura cívico-militar encabezada durante casi cuarenta años por Salazar) eran muy populares los carteles en los que se constataba que “Portugal não é um pais pequeno” superponiendo en un mapa de Europa los archipiélagos de la Macaronesia portuguesa (Azores y Madeira) y los territorios africanos (Cabo Verde, Guinea, Angola y Mozambique) y asiáticos (Goa, Timor, Macao).
Delante del monumento, orientado al norte, se encuentra una representación de la Rosa de los Vientos de cincuenta metros de diámetro, un presente de la Unión Sudafricana en 1960 (eran tiempos de la Guerra Fría y ambas naciones se apoyaban mutuamente ante el vendaval anticolonialista, primero, y el vendaval antiapartheid, después). Ocupando el centro de la Rosa podemos ver un planisferio de 14 metros de largo, “Datas, naus e caravelas marcam as principais rotas da expansão portuguesa, entre os séculos XV e XVI”. Quién lo duda. Esplendor de Portugal
Navegar ha sido para los portugueses una necesidad existencial desde que concluyeron su avance hacia el sur hasta llegar a Lagos, en el Algarve. Esta rosa de los vientos es la carta de navegación de la aventura transoceánica que transformó Portugal para siempre. Primero Ceuta, después Tánger, Arcila, Alcazarquivir, Larache, Mombasa, Adén, Ormuz, Calicut, Cochi, Goa, Madrás, Malaca, las islas de las especies (Insulindia), Timor, Macao, entre los muchos nombres que aparecen en esa rosa de los vientos. Esplendor de Portugal.
Del mismo modo que no solemos pronunciar la “t” en atleta, los árabes geminaron esa “t” de Atlántida en Alˑlandalus
Josiah Blackmore ha escrito acerca de “la imaginación épica” del poeta nacional de Portugal, Camoẽs, en Os Lusiadas, su epopeya sobre las empresas de África y del Índico. La alteridad absoluta que era África para los portugueses, su horizonte y su verdadera frontera, estaban simbólicamente representada por un color muy concreto: el negro. Y la negrura y la melancolía colmaban el ánimo de los marinos portugueses que circunnavegaron el Continente Negro y llegaron al Cabo de Buena Esperanza, con el Océano Índico, “el Mar Ibérico”, y la India en el horizonte. Portugal y la lengua portuguesa tienen otro incomparable poeta además de Luís Vaz de Camoẽs. Se trata, lo han adivinado, de Fernando Pessoa:
Navegadores antigos tinham uma frase gloriosa:
«Navegar é preciso; viver não é preciso».
Ese salto al otro lado del Estrecho, lo habían llevado también a cabo, en dirección opuesta, los conquistadores árabes siete siglos antes. Al otro lado del estrecho de Tarik, los conquistadores árabes sabían que existía otra isla (un continente o una gran península no deja de ser nunca una isla), la isla de la Atlántida, Yazirat al-Andalus. Del mismo modo que no solemos pronunciar la “t” en Atlántico o atleta, los árabes geminaron esa “t” de Atlántida en Alˑlandalus. Y aquella isla mítica de la que habló Platón en el Critias y en el Timeo, la Atlantis nēsos, ubicada más allá de las Columnas de Hércules, Abila (Ceuta) y Calpe (más tarde, el monte de Tarik, Gibraltar), se convirtió en algo definido, con horizonte, justo lo contrario de lo que designa en griego el tiempo verbal aoristo.
Al-Idrisi nos habla de las islas al otro lado de las Columnas de Hércules, en el “Mar de las Tinieblas”, es decir, en el Atlántico
La mirada de Ulises en el poema de Dante exhortaba a sus hombres en los versos 118-120 del Canto XXVI del Infierno a continuar su viaje más allá de las columnas de Hércules, el último confín del mundo hasta entonces conocido. Ulises concluye así su exhorto:
Considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti,
ma per seguir virtute e canoscenza
Esos versos son la cifra de la pasión del navegante, en la que vivir no parece necesario, con Pessoa, pero navegar constituye la propia materia de la que está hecha la vida. El navegante, como el Abdul Bashur de Mutis, sueña navíos y sueña ínsulas extrañas que descubrir. Como esa portentosa Yazirat al-Andalus que llevó a los árabes y bereberes de Tarik a cruzar el estrecho, el Bósforo de Hércules, y enfrentarse a lo desconocido para conocer ese sueño ancestral que era para los marinos del Mediterráneo la Península Ibérica y las extrañas ínsulas que había al otro lado de las Columnas de Hércules que incendiaron la imaginación de los geógrafos árabes de la Edad Media.
Es el caso de Al-Idrisi, el sabio que llevó a cabo la Tabula Rogeriana para el primer rey normando de Sicilia. Al-Idrisi nos habla de las islas al otro lado de las Columnas de Hércules, en el “Mar de las Tinieblas”, es decir, en el Atlántico, en lo que podrían ser las islas de la Macaronesia, es decir, de las Azores, de Madeira, de las Islas Salvajes, de las Canarias, y también de los antiguos enclaves fenicios en la costa Atlántica de Marruecos, como Mogador, las islas purpurinas y Safi.
Por mor de exhaustividad incluiremos en esta crónica los enigmáticos —y un tanto improbables— nombres de islas del Mar del Tenebroso que enumeran en sus tratados y mapas los imaginativos y a veces imaginarios geógrafos árabes: Sawa, Al-Su’ali, Hasran, Al-Ghawr, Qalhan Shirham y Shiram, Asfi y Laqa, y la aún más enigmática Antilla, que dejaremos para otra ocasión, pues hay mucha más tela que recordar. Solo como adelanto, los otomanos tenían un vilayato o provincia con ese nombre, una especie de cajón de sastre que incluía como territorio (aún por conquistar, todo hay que decirlo) del Imperio otomano todo lo que los conquistadores de los tiempos de Carlos V añadieron a las posesiones de un imperio en el que, quién lo duda, no se ponía nunca el sol.
La Atlántida está llena de ínsulas extrañas, siempre al alcance de la imaginación y de su yesca perenne, la literatura
Muchos mapas antiguos, como alguno de los que posee mi amigo el polímata macaronesio Roberto Quevedo, además de la expresión hic sunt leones, reproducen algunas de esas ínsulas extrañas. Como la de Brandán o Barandán el navegante, que algunos marinos porfiaron en ver al aproximarse a La Palma o al Hierro. Como aquella “isla de los benditos” a la que algún monje irlandés, no menos imaginativo que sus colegas de gremio árabes, afirmó que llegó San Brendán o San Brandán con otros catorce monjes irlandeses. La obra en cuestión es la Navigatio Sancti Brendani Abbatis, un paradigma de ese género literario tan propio del alma irlandesa que es el Immran o viaje marino hacia el más allá. Esa extraña ínsula aparece en numerosos mapas de la época de los descubrimientos colombinos y tanto el príncipe Henrique como Colón creyeron a pies juntillas en su existencia. En el portolano de Albino de Canepa de 1489, Antilla o Antillana está claramente situada a unas ciento veinte leguas al noroeste de Madeira, más o menos donde están las islas Azores, mientras que las Insulae Fortunate Sancti Branden, bien podrían ser las propias Azores, a solamente unas ciento veinte leguas de las costas ibéricas, cuando la distancia debería ser justo el doble. Error que suscita dudas, porque en 1489 hacía más de medio siglo que las Azores habían sido colonizadas por los portugueses (sobre todo con guanches esclavizados durante la conquista castellana de las Canarias), tiempo más que suficiente para haber establecido su posición geográfica correcta.
Otro archipiélago de la macaronesia luso-castellana es el de las Islas salvajes, esos roquedos inhóspitos, más cerca de las Canarias que de Madeira, que han sido objeto de un contencioso internacional entre Portugal y España, como lo sigue siendo la disputa por Olivença/Olivenza, uno de esos contenciosos internacionales que tienen un cierto punto surrealista, como la disputa por la Isla de Perejil/Leila entre Marruecos y España.
Ínsulas extrañas son todas las de la Macaronesia, “las islas de los bendecidos” (no “Islas Afortunadas”, como se suele decir, traduciendo mal), como las llamaban los griegos desde antes de que Platón diese carta de naturaleza a la Atlántida. Las Canarias, Madeira, las Salvajes, las Azores y las Islas de Cabo Verde. Extraña ínsula, al menos para los romanos, era Hibernia, la patria de San Brandán, o la Thule a la que creyó llegar Pytheas de Massalia, que podría ser Islandia, o las Shetland, o las Orcadas, o las Feroe, o la propia Escandinavia. Y la Isla de Brasil. Y Santa Helena. Y Tristan da Cunha. La Atlántida está llena de ínsulas extrañas, siempre al alcance de la imaginación y de su yesca perenne, la literatura. Y, naturalmente, los mapas medievales.
El Imperio portugués iría creciendo a medida que los navegantes portugueses iban colocando cipos a modo de balizas
A partir del arranque de la odisea oceánica portuguesa tras la conquista de Ceuta, la titulatura de los reyes de Portugal paso a ser “Rey de Portugal, del Algarve d’aquí y d’além-mar”, es decir los dos Algarves, el ibérico, Sagres-Portimão-Faro, y el africano, Larache-Mazagão-Castelo Real. A medida que se iban desplazando hacia el Cabo de Buena Esperanza y más tarde por las costas del Océano Índico (que llegó a ser conocido como “el Mar Ibérico”) la titulatura regia iría añadiendo nuevos dominios: “Señor de la Conquista, Navegación y Comercio de Etiopía, Arabia, Persia e India”: esta cláusula legitimaba el control de Ormuz (Persia), Goa (India) y las rutas del Índico.
El Imperio portugués iría creciendo a medida que los navegantes portugueses iban colocando cipos con las armas de Portugal a modo de balizas en los enclaves que iban explorando —y reclamando su soberanía— a lo largo de las costas atlánticas e índicas de África, en Adén, en Ormuz, en la India, en Malaca, en China (Macao) y en las islas de las especies, antes de ser desplazados por los holandeses y los ingleses de la mayor parte de estos territorios. Finalmente, del Estado da Índia solo quedaron tres enclaves, Diu, Damão y Goa, y en el extremo del dominio portugués, Macau y Timor. Ni siquiera la pérdida de su imperio en 1974 (aquel imperio era un puro anacronismo superviviente gracias al tablero estratégico de la Guerra Fría) borraría la vocación imperial que cantó la épica de Camoẽs. Nostalgia imperial y también nostalgia africana y asiática de los miles de retornados, portugueses de ambos hemisferios que se vieron obligados regresar forzosamente a la madre patria después de su aventura secular en África y Asia.
Esplendor de Portugal es el verso más emblemático del himno nacional de Portugal, A Portuguesa. El himno fue concebido inicialmente como una marcha patriótica en respuesta al ultimátum británico de 1890 para que Portugal renunciara a su proyecto de unir territorialmente sus dominios en África, entre Angola y Mozambique. En esta ocasión no se pudo invocar la alianza más antigua de Europa, la que une a Portugal e Inglaterra desde el tratado de Windsor de 1386, que se remataría con el matrimonio entre el rey João I de Portugal y la princesa inglesa Filipa de Lancaster o Lencastre, naturalizado ya el nombre de su dinastía de origen en portugués. A Portuguesa sería adoptado por los republicanos y al caer la monarquía y fundarse la República en 1910 reemplazaría a O Hino da Carta, el himno monárquico, como himno nacional de Portugal.
Heróis do mar, nobre povo,
Nação valente, imortal,
Levantai hoje de novo
O esplendor de Portugal!
Entre as brumas da memória,
Ó Pátria, sente-se a voz
Dos teus egrégios avós,
Que há-de guiar-te à vitória!
Às armas, às armas!
Sobre a terra, sobre o mar,
Às armas, às armas!
Pela Pátria lutar!
Contra os canhões
marchar, marchar!
Esplendor de Portugal es también, invocando el mismo verso del himno nacional portugués, el título de una novela del extraordinario escritor portugués António Lobo Antunes, un veterano de las guerras de África, que narra la odisea de una familia de retornados de las colonias africanas, incapaces de renunciar al sueño de Angola, en la que, aferrada a las ruinas de la hacienda familiar y una vida esplendorosa, también espera la Penélope de esta familia, Isilda. El sueño convertido en una pesadilla, la de los que se quedaron, pero también de los que se fueron en su odisea particular sin el consuelo de un retorno a su Ítaca africana que ya es imposible. La cara oculta, el envés, del esplendor: el colapso de la utopía colonial y el drama de la experiencia de los retornados, perdidos entre dos mundos, expulsados de su Edén y no recibidos precisamente en la metrópoli con los brazos abiertos.
Si hay una palabra de la lengua portuguesa de alcance universal esa es saudade, y no está clara su etimología
Los griegos llamaban Nostos al sentimiento, tan difícil de describir, del dolor a recordar la patria de origen. Nostos es también el texto que invoca ese sentimiento. En ese sentido, el corazón de la Odisea es un nostos. De ese vocablo procede nuestra nostalgia, cuando la patria duele debido a su ausencia. Pero se puede tratar de una patria física o mental, de una arcadia interior que muchas veces no se corresponde con un tiempo y un espacio que hayan existido realmente. En muchas familias portuguesas el sueño de África y de la India, y de Macao y de Timor, e incluso de Brasil, está aún vigente, tan grande es la intensidad del nostos portugués. La nostalgia, una categoría del alma portuguesa. Esplendor de Portugal.
“Tem que ser”, como dicen con resignación los portugueses. Mektub, mektub, “está escrito”, dicen los árabes. “Todo es kismet”, como dicen los turcos o los habitantes de los Balcanes, del turco otomano quismet, a su vez del árabe quisma, “porción”, “parte”, “destino”, de un verbo qasama, “dividir”, “asignar”, “distribuir”, que a su vez se remonta a una raíz semítica q-s-m, “dividir”. Destino, pues, “Todo es destino”, “Everything is written”, como le dicen los beduinos Houweitat en Lawrence de Arabia. “Destino”:fatum en latín y su progenie románica, hado, malhadado,fate en inglés. Fado en portugués.
Si hay una palabra de la lengua portuguesa de alcance universal esa es saudade. No está clara su etimología. Hay escuelas de opinión enfrentadas con la misma pasión con la que los portugueses viven las polémicas sobre su cultura o su lengua (hace poco hubo un conflicto muy serio en Portugal debido a una timidísima reforma para poder alcanzar una convergencia con el portugués de Brasil). En el Dicionário de José Pedro Machado el étimo de saudade es el latín solitate, “soledad”, de lo que resulta que ese estado de ánimo es un tipo de soledad o de aislamiento o que es provocado precisamente por la soledad. Sin embargo, otras etimologías apuntan a la herencia árabe del portugués. Como nos recuerdan Klibansky, Panofsky y Saxl en su libro Saturno y la melancolía, la expresión saudāwī mizaj, procedente del sistema humoral Yunani (“griego”, de Hipócrates a través de Avicena), significa tanto “temperamento negro” como “melancolía”.
Como la saudade, la sevdalinka balcánica invoca la nostalgia indefinible e indomeñable y evoca el mal de amores
En el sistema humoral árabe, heredero del griego, el color negro es el emblema de la melancolía. Saudá/sawdá significa literalmente atrabilis, la negra bilis de los atrabiliarios de carácter. Hace referencia a la ennegrecida sangre estancada en el corazón y, figuradamente, a un sentimiento de profunda e inexplicable tristeza. Su étimo está emparentado con aswad, “negro” (de donde procede también la palabra Sudán, de Bilad as-Sudan, “el país de los negros”). Y la saudá/sawdá es un achaque (un arabismo, como alifafe) del hígado o de la vesícula biliar que tiene como síntoma una amarga y melancólica tristeza.
La advocación de la gran enfermedad barroca europea era el dios Saturno. Y Robert Burton le dedicó su Anatomía de la melancolía y un servidor, en otro registro más municipal, le dio su nombre a un antiguo blog sobre historias de palabras: La morada de la melancolía. Aunque en el Dictionaire des intraduisibles ostente su lugar el morbus lusitanicus, la enfermedad portugesa, saudade y no aparezca el mismo intraducible término que nombra al morbus balcanicus, la sevdah, el significado de esta palabra es idéntico al de la saudade portuguesa y a partir de la Bosnia otomana llegó a la mayor parte de las lenguas balcánicas, describiendo un temperamento denominado karasevdah, que es pura tautología, pues significa (en turco) «atrabilis negra», existe un género musical muy popular llamado la sevdalinka, que es a la sevdah como el fado a la saudade. De Portugal a los Balcanes, moradas emblemáticas de la melancolía, de la atrabilis, la bilis negra. La sevdalinka invoca la nostalgia indefinible e indomeñable y evoca el mal de amores, en especial el amor no correspondido.
Y de la dureza del amor, tan terrible como la muerte, nos da cuenta Amalia Rodrigues en sus fados. En especial este, O barco negro:
De manhã, que medo, que me achasses feia!
Acordei, tremendo, deitada n’areia
Mas logo os teus olhos disseram que não
E o sol penetrou no meu coração
En este fado que nos conmueve las entretelas la amante ve el barco de color negro (o barco negro, a mae preta) de su amado abandonar el estuario del Tajo, como una especie de Penélope a contrapelo, que no sabe si el barco se va o regresa. Ulises, ya se sabe, siempre deja a las mujeres tiradas en la arena, sin saber si se va o si regresa. Ulises no fue mucho más allá de las Columnas de Hércules, pero eso no le impide ser uno de los arquetipos portugueses por excelencia, encarnando al marino, al navegante, al descubridor. Al emigrante. Al retornado. Las viejas de la playa, para consolarla, le dicen a la joven que el marino no va a regresar, pues las promesas del marinero solo son eso: promesas.
Vi depois, numa rocha, uma cruz
E o teu barco negro dançava na luz
Vi teu braço acenando, entre as velas já soltas
Dizem as velhas da praia, que não voltas
Pero el color verde de la esperanza puede vencer y acaba venciendo, al menos en este fado, al negro color de la melancolía y del desamor. Que así sea:
Eu sei, meu amor
Que nem chegaste a partir
Pois tudo, em meu redor
Me diz qu’estás sempre comigo
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© Nicanor Gómez Villegas (Marzo 2026) | Especial para MSur
