Opinión

Chipre: 40 años de estupidez

Andrés Mourenza
Andrés Mourenza
· 9 minutos

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Lo de 40 años es por el aniversario –eso que nos permite a los periodistas rescatar conflictos y problemas olvidados- ya que estos días se cumplen cuatro décadas del golpe de estado en Chipre (día 15), de la invasión turca (día 20) y de la caída de la Junta Militar griega que había urdido el golpe (día 23), pero la estupidez lleva reinando sobre la cuestión chipriota desde tiempo antes.

El conflicto de Chipre es un ejemplo de cómo todo lo que puede ir mal acaba mal si los actores implicados se lo proponen, son incapaces de escuchar al otro y se dejan llevar por el nacionalismo extremo. Un guión que poco después volvería a repetirse en Líbano, luego en los Balcanes y hoy en Siria e Irak, todos ellos territorios que formaron parte del multiétnico imperio otomano.

Pero, antes de sentarnos a juzgar, enumeremos los hechos ya que hablan por sí solos.

Chipre obtuvo su independencia de Gran Bretaña en 1960 tras una campaña de acción política y lucha armada grecochipriota. En la última década de dominación colonial, los británicos, fieles a su estilo, se basaron en el clásico “divide y vencerás”, enfrentando así a las dos comunidades: griegos y turcos de Chipre. Por ejemplo, Londres utilizó como policía a la minoría turcochipriota, para reprimir a la mayoría grecochipriota que exigían bien la independencia, bien la unión con Grecia (enosis). Estos policías eran a su vez objetivo de los atentados de la organización armada nacionalista y derechista EOKA, que reclamaba la enosis, incrementando a cada muerto el resentimiento entre las dos comunidades. Los turcochipriotas a su vez veían a Turquía como estado protector e iniciaron campañas con el lema “Chipre es turco” (pues hasta el siglo XIX había sido parte del Imperio Otomano).

Los británicos se basaron en el clásico «divide y vencerás» enfrentando a las dos comunidades, griegos y turcos de Chipre

La independencia obtenida por Chipre –negociada por Gran Bretaña, Grecia y Turquía- nunca fue tal. Se le impuso un sistema de complejos equilibrios políticos que hizo imposible la acción de gobierno y, además, los tres países mentados se convirtieron en Estados garantes de la soberanía chipriota, cosa que utilizaron para inmiscuirse en sus asuntos.

Por ejemplo, Londres obtuvo dos inmensas bases militares que son territorio soberano británico –para así controlar Oriente Próximo- y la Guardia Nacional Chipriota, en la que han participado numerosos oficiales de Grecia, es dirigida por un general enviado desde Atenas (su emblema es el mismo que el del Imperio Bizantino y de la Iglesia Ortodoxa, junto a una bandera griega). Turquía, por su parte, no dudó en manejar a los políticos turcochipriotas a su antojo y amenazar periódicamente con intervenciones militares.

En 1963 comenzaron los ataques contra la comunidad turcochipriota, que hubo de refugiarse en enclaves protegidos por irregulares armados, y se extendieron las luchas interétnicas. Para entonces, ambas comunidades habían creado sus propias fuerzas paramilitares, nacionalistas y de ultraderecha, que se dedicaban a atacar al contrario y a los más moderados de cada bando (especialmente sindicatos y organizaciones de izquierdas, los únicos que apostaban por la convivencia).

En 1964 se envió una misión de interposición que sigue desplegada en Chipre, la más larga de la historia de la ONU

Así, en 1964, se envió una misión de interposición de la ONU que aún sigue desplegada en Chipre, lo que la convierte en la más larga de la historia de Naciones Unidas.

El 15 de julio de 1974, la Junta Militar que gobernaba en Atenas junto a oficiales ultraderechistas de la Guardia Nacional Chipriota, dio un golpe de estado contra el presidente democrático de Chipre, el arzobispo Makarios III, que desembocó en enfrentamientos entre greochipriotas partidarios del golpe y contrarios a él, dejando cientos de muertos. Los turcochipriotas comenzaron a temer por su vida, ya que el presidente al que los golpistas alzaron al poder era Nikos Sampson, un pistolero ultraderechista que se enorgullecía de matar turcos.

Aunque hubo una condena unánime al golpe en Chipre, EEUU y Gran Bretaña se mostraron reacias a intervenir para no desencadenar una guerra entre Turquía y Grecia, ambos miembros de la OTAN. En Ankara, al Gobierno del socialdemócrata Bülent Ecevit se le acabo la paciencia y, el 20 de julio, se inició la primera operación de invasión de Chipre.

Pese a que Ecevit aseguró que el fin de la operación era restaurar el orden constitucional en Chipre y la mostró como la acción de una democracia, Turquía, contra la dictadura de Grecia y la recién impuesta en Chipre (cosa que, por otro lado, era verdad), lo cierto es que desde el inicio se mantuvieron preparados los planes de una segunda operación –finalmente lanzada el 14 de agosto– con el objetivo de dividir la isla.

Entre las dos operaciones militares de Turquía (20 de julio a 14 de agosto) se sucedieron los contactos diplomáticos (cuyo mejor relato probablemente es el del periodista Mehmet Ali Birand en su libro 30 Hot Days). Pero las negociaciones de paz se convirtieron en un diálogo de sordos debido a las posiciones maximalistas de Turquía –que se negaba a retirar sus tropas–, del propio Makarios –que exigía su vuelta por encima de todo y la restauración del fallido orden previo–, de Karamanlis –que había accedido al poder en Grecia tras la caída de la Dictadura de los Coroneles el 23 de julio pero temía que una posición de debilidad en las negociaciones devolviese a los militares al poder– y de Gran Bretaña –que temía lo mismo que Karamanlis– .

Sobre el terreno, nadie respetó el alto el fuego. El Ejército turco siguió avanzando, los griegos y grecochipriotas tomaron los enclaves turcochipriotas y comenzaron las masacres. En la segunda operación, el Ejército turco barrió prácticamente toda presencia grecochipriota expulsándolos de sus hogares. Entre 4.500 y 6.000 personas murieron entre civiles y militares (de ellos un millar aún continúa desaparecido). Al año siguiente, los turcochipriotas fueron enviados al norte, completándose así la limpieza étnica y la división de facto.

Entre 4.500 y 6.000 personas murieron, tanto civiles como militares. Un millar continúa desaparecido

Han pasado cuatro décadas e innumerables rondas de negociaciones de paz pero el conflicto chipriota no se ha logrado solucionar. Turquía mantiene unos 40.000 soldados en el tercio norte de la isla y ha enviado a miles de colonos desde Anatolia, estableciendo en el lugar una república sin reconocimiento internacional, en violación de todas las resoluciones de la ONU sobre el tema. Sucesivas generaciones han crecido en el odio mutuo porque, en cada una de las partes, sólo se explican las barbaridades del otro bando y no las propias.

De ahí que, en 2004, cuando más cerca se estuvo de lograr la paz, el infame presidente grecochipriota Tassos Papadópulos, tras negociar un plan de reunificación él mismo, regresase a Nicosia para pedir a los greochipriotas que votasen No.

El partido comunista AKEL, en un acto de cobardía –pues tradicionalmente había apostado por la reunificación-, cambió su petición de voto y rechazó el plan, sólo para conservar sus cuatro ministerios en el Gobierno, que Papadópulos había amenazado con expulsar si pedían el Sí. Los partidarios grecochipriotas del Sí fueron atacados y amenazados en las calles y en la prensa. El resultado fue que los turcochipriotas dieron un voto masivo de aprobación, mientras los greochipriotas votaron en contra.

En el referéndum de 2004, los turcochipriotas dieron un voto masivo de aprobación, mientras los grecochipriotas votaron en contra

Por eso, en medio de tantos gestos de estupidez, brillan si cabe con más fulgor los pequeños gestos de reconciliación que se llevan a cabo. Por ejemplo, los grupos de jóvenes chipriotas que se juntan para solucionar temas comunes sin importar si son turcos o griegos. O el proyecto de Radio Mayis, del turcochipriota Hasan Kahvecioglu y el greochipriota Kyriakos Pieridis. O el farmacéutico Nikos y el proyecto Famagusta, con el que se están dando pasos importantes para recuperar la multiétnica ciudad. O los sindicalistas turcochipriotas que luchan por ser independientes del control de Ankara y establecer contactos con la otra parte. O la historia de un abuelo grecochipriotas al que, en su lecho de muerte, su viejo amigo turcochipriota, con el que durante décadas apenas se había podido comunicar pues hasta 2004 no se abrieron los primeros puntos de paso en la línea divisoria, le llevó un poco de tierra del jardín de su casa, en el norte, que había tenido que abandonar tras la invasión turca.

Hace unos años, en un café de Pila, uno de los pocos pueblos mixtos que aún quedan, ya que se encuentra en plena zona controlada por la ONU, un hombre me dijo: “Chipre no hay que dividirla en dos, sino en tres: una parte para los griegos nacionalistas, otra para los turcos nacionalistas y otra para los que queremos vivir juntos”. En medio de tanta incomprensión y estupidez, esta propuesta absurda me llegó a parecer un brindis a la cordura.

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