El verdadero asesino
Alejandro Luque
Philippe Claudel
El crepúsculo
Género: Novela
Editorial: Salamandra
Páginas: 368
ISBN: 978-84-1945-646-5
Precio: 21,85 €
Año: 2022 (2025 en España)
Idioma original: francés
Título original: Crepuscule
Traducción: Juan Manuel Salmerón

Guárdenme un secreto: tengo la impresión de que la moda de literatura negra o negrocriminal (como diría nuestro añorado Paco Camarasa) está produciendo muchas de las peores novelas de nuestro tiempo. Incluso quienes defendimos en su día la dignidad del género para que dejara de ser considerado de segunda, porque ahí estaban Hammet y Sciascia y la colección de El séptimo círculo de Borges y Bioy, asistimos a una invasión tal de personajes planos, tramas flojas, escenarios de cartón piedra y lenguaje escolar que elevan a las viejas novelitas de kiosco a la categoría de obras maestras por contraste. Ea, ya lo dije.
Claro que en medio de la morralla brillan, de cuando en cuando, los diamantes. Aunque no se ha dejado encasillar por la etiqueta, Philippe Claudel ha firmado algunas de las mejores novelas negrocriminales de los últimos tiempos. Con argumentos de mayor o menor interés, el francés siempre ofrece una prosa robusta y rica en matices, y sobre todo ese modo de entender la literatura como un billete para llevar al lector mucho más allá de lo que dicen las palabras. Y esto es algo que se manifiesta desde las primeras páginas de cualquiera de sus libros.
El último de los aparecidos en España, El crepúsculo, no es una excepción. Desde las primeras páginas uno siente esa frondosidad del arte que está vivo; quiero decir que el artificio se presupone, pero no se ve, porque el propio avance de la narración nos atrapa y hace que nos olvidemos de su mecanismo. Estamos ante el cadáver de ese sacerdote casi helado, hallado por dos niños; nos vemos a nosotros mismos rodeándolo junto a los dos personajes principales: el policía Nurio y su ayudante Baraj. Somos lectores del siglo XXI, pero en seguida nos damos cuenta de las limitaciones técnicas que un detective de la época —los años previos a la Primera Guerra Mundial— encontraría para resolver un caso como este. Y por ese conducto vamos a ir sintiendo el frío de esa pequeña villa de un Imperio austrohúngaro en crisis: el frío del aire, con la inminente llegada del invierno, el frío de los desamparados en una sociedad ferozmente desigual, y el frío de la Historia, ese momento previo a la gran carnicería que cambiaría la faz de Europa.
Todos los mimbres son entrelazados a conciencia; los personajes tienen relieve, es decir, esa vida que dan los claroscuros
Y todo ello lo hace Claudel de manera verosímil, convincente, porque todos los mimbres son entrelazados a conciencia. Los personajes tienen relieve, es decir, esa vida que dan los claroscuros, desde ese Nurio serio y diligente, pero secretamente enfermo de satiriasis, al Baraj torpe y grandullón que compagina esta tarea con sus raptos líricos, pasando por los habitantes de ese pueblo aparentemente pacífico en el que van a aflorar las tensiones soterradas: la primera de ellas, el odio creciente a las minorías religiosas, que en cualquier momento puede estallar en forma de violencia. Solo aquí veo a Claudel rozar el tópico para remarcar la diferencia entre los vecinos de distinto credo, pero lo interpreto como una concesión al lector contemporáneo, que tal vez no imagina lo difícil que resultaría distinguir en algunos lugares a un musulmán de un cristiano hace un siglo.
Muy bien traducida por Juan Manuel Salmerón, y abierta a interpretaciones actuales más o menos evidentes, El crepúsculo comparte con las mejores novelas del género el hecho de que la resolución del caso, el señalamiento del culpable, acabe siendo un asunto secundario. El mayor asesino, y no por sabido deja de sorprendernos a veces, nunca es el mayordomo, sino el sistema, la muerte, el tiempo.
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© Alejandro Luque (2025)
