Lo juro por Yavé

 
Un judía ultraortodoxo en Jerusalén (2013) |  © Ilya U. Topper

Un judío ultraortodoxo en Jerusalén (2013) | © Ilya U. Topper

Jerusalén | Octubre 2010

Yisrael Beitenu, la ultraderecha de Israel, lo llevaba en su programa electoral de hace un par de años: cualquiera que quiera la nacionalidad israelí deberá jurar fidelidad a la nación “judía”. No importa si uno es musulmán, anglicano o animista o si directamente uno se declara ateo. Sin promesa no hay pasaporte.

Era la estrategia de Yisrael Beitenu para preservar “la esencia del Estado” y alejarlo de la “influencia perniciosa de los gentiles”. El partido de Avigdor Lieberman no venció aquellas elecciones, pero sí se convirtió en el socio más valioso del actual primer ministro, Benjamin Netanyahu (del partido derechista Likud), al que le cede sus 15 escaños para que se mantenga en el poder.

Por eso ahora, cuando el acuerdo de Gobierno se pone en tela de juicio, cuando el país debe afrontar debates esenciales para su futuro, Netanyahu se ha visto forzado a hacer suya la propuesta del contrario. La vehemencia con la que la ha defendido la ha pintado ante la opinión pública casi como un engendro propio. No vaya a ser que Lieberman pesque demasiados votos en su mismo río, el de la derecha. De ahí que ahora el primer ministro se niegue a dar un paso atrás: la medida es irrebatible. Netanyahu hace suya la enmienda y sostiene que la “base de la existencia de Israel” es su carácter judío.

Yisrael Beitenu quiere  preservar “la esencia del Estado” y alejarlo de la “influencia perniciosa de los gentiles”

Más allá de que anule o no el carácter secular del país, la enmienda busca sobre todo someter a los árabes que quieren ser israelíes, aquellos palestinos que desean casarse con árabes que viven en Israel y que logran así la nacionalidad. Ahora les piden también la fe, aunque sea de palabra. La enmienda afectará a decenas de miles de personas cada año, en un país en el que los árabes son una notable minoría —el 20% de la población, 1,5 millones de personas— que arrastra la etiqueta de ciudadanos de segunda desde la creación del Estado de Israel.

El juramento que la oposición y la Autoridad Nacional Palestina tildan ya de “fascista”, “racista”, “discriminatorio”, “provocador” y “seguramente anticonstitucional” entrará en vigor en unos meses, en cuanto sea aprobado por la Knesset (el Parlamento nacional), donde ahora debe ser debatido. De momento, esta enmienda a la Ley de Nacionalización (1952) ha sido introducida gracias al apoyo arrollador del Consejo de Ministros de Israel, 22 votos a favor y ocho en contra (incluyendo a los ministros laboristas y a tres disidentes del Likud, los titulares de Servicios Públicos e Inteligencia más un ministro sin cartera).

No habrá problemas: la coalición favorable a la enmienda suma 70 de los 120 escaños de la cámara, así que las sorpresas no estarán en el orden del día. Netanyahu ha tenido que salir a explicar su medida, pero sus argumentos han aludido más a las vísceras que a la razón. Sostiene que la enmienda es “la esencia del sionismo” y que la “base de la existencia de Israel” es su carácter judío. “Todo aquel que quiera ser parte de nosotros debe reconocerlo y que nadie nos dé lecciones morales. Somos el único país democrático de Oriente Medio”, sostiene.

Netanyahu sostiene que la “base de la existencia de Israel” es su carácter judío

El mandatario israelí se apoya en Theodor Herzl y en David Ben Gurion (el padre del sionismo y el primer ministro que estrenó el Estado en 1948, respectivamente) para asegurar que también ellos defendieron el carácter judío “y democrático” de esta tierra. Shlomo Avineri, profesor de Ciencia Política de la Universidad Hebrea de Jerusalén, matiza esa afirmación. “El sionismo se apoyó más en la violencia que sufrían los judíos en Europa, en la persecución y el ostracismo, que en la religión. Herzl se resistía a jugar la baza de la religión. El uso de ella en la política ha sido progresivo, tampoco fue el arma principal de Ben Gurión. Ahora se usan las creencias y argumentos religiosos en la persecución de objetivos profanos”, explica.

Oleada de réplicas

Netanyahu, ante la oleada de réplicas que está recibiendo de los árabes israelíes, los partidos progresistas y la prensa de izquierdas, sólo insiste en que “todos los ciudadanos, judíos o no judíos, se beneficiarán por igual de los derechos de la ciudadanía”. Es lo que le ha exigido la responsable de la diplomacia de la Unión Europea, Catherine Ashton, quien le ha reclamado que “respete y garantice” esa igualdad de derechos, que “proteja a las minorías” y que “dé el mismo lugar a los que son judíos y a los que no lo son”.

Hasta el Vaticano, por la parte que toca a los católicos, ha levantado ya la voz: “No se puede ser demócrata y hacer cosas de este tipo, es una fuerte contradicción. Ningún país limita así las libertades”, ha dicho Antonio Naguib, relator del Sínodo de Obispos de Oriente Medio, reunido precisamente estos días.

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Acerca del autor

Carmen Rengel
Periodista (Albacete 1980). Vive en Jerusalén, donde trabaja como periodista freelance de radio, prensa escrita y televisión.

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