«Hay algo de místico en la aspiración a una tierra prometida»

Fernando Aramburu

 
Fernando Aramburu (Sevilla, 2012) |  ©  Estefanía González

Fernando Aramburu (Sevilla, 2012) | © Estefanía González

Casi al mismo tiempo que la banda terrorista ETA anunciaba su alto el fuego definitivo, el premio Tusquets de novela recaía el año pasado sobre una novela muy relacionada con el conflicto vasco, Años lentos, que acaba de ver la luz

No es la primera vez que Fernando Aramburu (San Sebastián, 1968) regresa a su tierra natal física y literariamente —lleva casi tres décadas afincado en Alemania— para tratar de entender la barbarie que ha teñido de sangre el País Vasco. Autor de poemarios y libros para niños, ha alcanzado el reconocimiento como novelista y autor de relatos, con títulos como Los peces de la amargura, premio NH Vargas Llosa, o El trompetista del Utopía, adaptada al cine por Félix Viscarret.

Para él la literatura tiene mucho de posicionamiento político y moral: “Cuando está en marcha un proyecto totalitario, se produce de manera instantánea la anulación de los individuos. En eso consiste cualquier dictadura. Todos los criterios son colectivos: el pueblo, la clase, la raza… No hay lugar para la disidencia, no hay lugar para el matiz, para la excepción”, asegura. “El proceso exactamente contrario es escribir una novela. Ahí uno procura salvaguardar al individuo, colocándolo en un contexto determinado”.

¿Cómo ha cambiado su percepción del País Vasco entre Los peces de la amargura (2006) y este nuevo libro?
No ha cambiado mi percepción sobre los hechos, ha sido más o menos constante. Ha seguido siendo la percepción de un ciudadano con convicciones democráticas. La realidad a la que he atendido sí es distinta. En Los peces de la amargura me interesaba la repercusión de las acciones violentas sobre personas concretas. Aquí me he propuesto dejar testimonio de cómo se vivía en un barrio modesto de San Sebastián en las postrimerías del franquismo.

Uno de los personajes más llamativos es un cura abertzale. ¿Cuánta responsabilidad ha tenido el clero en todo lo ocurrido en Euskadi en las últimas décadas? ¿Hasta qué punto la política no ha tenido algo de religioso?
En tu pregunta está la respuesta: te podría decir que sí, así ha sido. En todo caso, no me gusta hablar de la iglesia como un ser uniforme, de miembros que actúan todos en la misma dirección. Yo recuerdo a sacerdotes muy generosos, que practicaban el amor al prójimo y hasta la humildad. Otros antepusieron en cambio la ideología a la difusión de la palabra del Señor, y en éstos últimos me inspiré para hacer mi figura de ficción.

El personaje del sacerdote…
En mi libro aparecen dos sacerdotes: uno real, el famoso señor Oxia, que en el sur de Francia se dedicaba entre otras cosas a recaudar el dinero de la extorsión de la banda terrorista; y otro sacerdote que yo me inventé para que cumpliera una función determinada dentro de la trama. Este tipo de sacerdotes existió, tenía una gran influencia en la población, particularmente en los jóvenes, en el sentido de adoctrinarlos no solo en la fe cristiana, sino en el fomento de cierta ideología.

¿No estaban tan lejos, pues, la feligresía y la militancia?
Algo hay de místico en la aspiración a una tierra prometida. Una manera de predeterminar la conducta de las personas, dejando el miedo a un lado, es infundirles una esperanza. Si convencemos a una parte de la población de que hay un paraíso detrás de la colina, a cuatro kilómetros, uno logra que la gente se mueva en esa dirección. Y el propio movimiento convence al individuo de que ahí hay una verdad. Nadie nace abertzale, las convicciones políticas, y las religiosas, se transmiten. Cuanto antes empiecen, en la infancia por ejemplo, más efectiva es la transmisión.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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