La próxima fractura de Iraq

 

“Maliki a la cárcel”, “Irán fuera del país”, “Abajo el régimen”… Tras el rezo multitudinario del viernes se corean soflamas y consignas antigubernamentales en la plaza Ahrar, en el centro de Mosul. Ondean banderas iraquíes tanto actuales como las de la era de Sadam Husein. Los mismos eslóganes pueden leerse en enormes pancartas que cuelgan desde un edificio en construcción junto a la plaza.

No es fácil llegar hasta allí. Vehículos blindados y miles de soldados embozados en pasamontañas negros controlan la entrada a Mosul, a 350 km al noroeste de Bagdad. Si bien se trata de una imagen recurrente en el Iraq post-Sadam, hoy no son tropas americanas sino iraquíes las que filtran el acceso a la segunda ciudad del país.

“Nos requisan tiendas, mantas, esterillas… hasta nuestras alfombras de oración”

Durante milenios, medas, escitas, turcos y árabes, entre otros, han construido y destruido este punto estratégico en la Ruta de la Seda -Mosul significa ‘ciudad de enlace’-. Pero Mosul ha pasado los últimos diez años atrapada en el fuego cruzado entre islamistas, insurgentes y ocupantes. Los cambios han sido dramáticos y la capital de la región de Nínive es hoy escenario de las mayores manifestaciones antigubernamentales desde 2003. Las escenas se repiten en Anbar y Saladino, junto con Nínive las regiones de Iraq en las que los árabes suníes son mayoría. Cada viernes -día festivo musulmán- las protestas alcanzan su punto álgido.

“La policía federal sella los puentes sobre el Tigris y cachea concienzudamente aquellos que llegan hasta la plaza”, explica Ghanem Alabed, coordinador de las protestas en Mosul. “Nos requisan tiendas, mantas, esterillas… Tenemos que rezar sobre el suelo porque nos quitan hasta nuestras pequeñas alfombras de oración. Hacen lo imposible para que el campamento no sea estable pero, aún así, dormimos en la plaza cada noche”. El viernes pasado llegaron a juntarse entre 15 y 20.000 personas, afirma.

Primeros disparos

Normalmente, las cosas transcurren con calma. No siempre. “Somos conscientes de que Bagdad busca una respuesta violenta para criminalizar y deslegitimar nuestra protesta, por lo que intentamos mantenernos al margen de las provocaciones. Pero el pasado 8 de marzo mataron a tiros al compañero Mahmud Saleh y varios manifestantes resultaron heridos. Ese fue el tercer incidente violento desde el comienzo de las protestas”, relata el activista.

Entre los numerosos testigos se encontraba el doctor Ghanim Sabawi. “Ocurrió tras el rezo del viernes. Tuvimos que atender a los heridos en la plaza porque la policía impedía a las ambulancias evacuar a los heridos”, recuerda este médico que dice poder compaginar profesión y reivindicación y que duerme en la plaza casi todos los días de la semana.

Salem Jubury, portavoz de las protestas, califica los incidentes del 8 de marzo como “provocaciones a manos de las Fuerzas de Seguridad para criminalizar las protestas”. “El Gobierno ha perdido popularidad y su única defensa es el ataque”, asegura Jubury. “Empezamos el pasado diciembre con demandas muy simples y, con el tiempo, se están convirtiendo también en políticas”.

Lo que piden es sencillo: “Agua, electricidad, trabajo… Pero también protestamos por la discriminación que estamos sufriendo los suníes de Iraq a manos del régimen chií. Nos tratan como ciudadanos de segunda, incluidos nuestros representantes políticos”, asegura el activista. Quizás el miedo empezase a calar en la población tras las dos condenas a muerte impuestas a Tarik Hashemi, líder de la coalición que englobaba el voto suní y vicepresidente del país hasta diciembre de 2011, hoy refugiado en Ankara. “Los suníes en Iraq solo somos mayoría en las prisiones”, manifiesta el gobernador de la nororiental provincia de Anbar, Mohammad Qasim Abid.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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