Donde dejé mi alma (2010)

Jerôme Ferrari

 

Ferrari

Armados y desalmados

Argelia es una herida abierta para los franceses, un trauma no superado. Lo demuestra el presidente François Hollande cuando, de visita oficial al país magrebí, reconoce la brutalidad de la colonización pero se resiste obstinadamente a pedir perdón. Lo demuestran las extemporáneas polémicas en torno al centenario de Albert Camus. Y vuelve a ponerlo de manifiesto esta obra de Jerôme Ferrari (París, 1968), famoso desde que recibió el premio Goncourt por Le sermon sur la chute de Rome, y que acaba de desembarcar en España con Donde dejé mi alma (Où j’ai laissé mon âme), una dura historia ambientada en Argel –ciudad en la que Ferrari vivió varios años– en pleno conflicto del 57.

Según ha explicado el propio autor, actualmente afincado en Abu Dhabi, la idea de escribir este libro surgió después de ver El enemigo íntimo, el documental donde el oficial Patrick Rotman explica su peculiar relación con Larbi Ben M’hidi, el jefe del FLN en Argel detenido e interrogado por él. Ferrari traspone esta historia real en la ficción con dos personajes de notable fortaleza, el capitán Degorce y el líder rebelde Tahar, y a partir de ahí desarrolla una reflexión sobre la guerra y el fácil modo en que los ejércitos, incluso los que se proclaman liberadores, traspasan las líneas rojas de la inhumanidad. Y al mismo tiempo, cuenta cómo a veces resulta imposible no identificarse con el contrario, e incluso sentir admiración por él.

No en vano, el escritor francés retrata a una generación de soldados que lucharon contra la ocupación nazi, vivieron el desastre vietnamita de Dien Bien Phu y acabaron mostrando el lado más abyecto de su oficio precisamente en Argelia. Con una prosa muy medida y equilibrada, que evita la moralina como la exaltación panfletaria, Jerôme Ferrari se enfrenta a uno de los mayores tabúes que perduran en su país, y acaba llegando a una conclusión que no por sabida deja de ser cierta: las guerras no se libran contra otros pueblos, sino contra toda la especie, contra la razón, contra uno mismo. O, dicho de otro modo, cuanto más armados estemos, más peligro corremos de acabar siendo desalmados.

[Alejandro Luque]

Donde dejé mi alma

(Páginas 11-29 de la novela)

 

Me acuerdo de usted, mon capitaine, lo recuerdo muy bien, y puedo ver de nuevo con claridad la noche de desazón y de abandono que ensombreció sus ojos al anunciarle que se había colgado. Era una fría mañana de primavera, mon capitaine, hace ya tanto tiempo, y aun así, un breve instante, vi aparecer ante mí al anciano en el que ha acabado convirtiéndose. Me preguntó que cómo pudimos dejar a un prisionero tan importante como Tahar sin vigilancia, repitió varias veces: «¿Cómo puede ser?», como si necesitase entender a toda costa de qué negligencia inconcebible nos habíamos vuelto culpables. ¿Pero, en realidad, qué podía yo responderle? Así que permanecí en silencio, le sonreí y acabó por entender y vi que la noche lo invadía, se desplomó tras su escritorio, todos los años que le quedaban por vivir corrieron por sus venas, brotaron de su corazón sumergiéndolo a usted, y tuve de repente ante mí a un anciano agonizante, o puede que a un niño pequeño, un huérfano, olvidado al borde de una larga carretera desértica. Posó en mí sus ojos tenebrosos y sentí el aliento frío de su odio impotente, mon capitaine, no me hizo reproches, sus labios se crisparon para reprimir el flujo ácido de las palabras que no se permitía pronunciar y su cuerpo temblaba porque ninguno de los impulsos de rebeldía que lo sacudían podía ser llevado a cabo, la ingenuidad y la esperanza no son excusas, mon capitaine, y usted sabía perfectamente que no podría, como tampoco yo, ser absuelto de su muerte. Bajó la mirada y murmuró, lo recuerdo muy bien, «me lo quitó, Andreani, me lo quitó», con una voz quebrada, y sentí vergüenza por usted, que ya no era siquiera capaz de disimular la obscenidad de su amargura. Cuando se repuso, me hizo un gesto con la mano sin volverme a mirar, el mismo gesto con el que se despacha a los criados y a los perros, y se impacientó usted porque me tomé el tiempo para saludarle, me dijo: «¡Lárguese de aquí, teniente!», pero concluí mi saludo y cuidadosamente efectué una media vuelta reglamentaria antes de salir, porque hay cosas más importantes que sus estados anímicos. Fui feliz al encontrarme de nuevo en la calle, se lo confieso, mon capitaine, y al escapar al espectáculo repugnante de sus tormentos y de sus luchas perdidas de antemano contra sí mismo. Respiré el aire puro y pensé que me correspondería quizás recomendar al Estado Mayor que le relevasen de todas sus responsabilidades, que era mi deber, pero renuncié rápido a la idea, mon capitaine, pues no hay mayor virtud que la lealtad. A pesar de todo, me alegré tanto de volver a verlo, sabe usted, y conservo la esperanza de que, usted también, al menos por un momento, se alegrase de ello. Hemos sobrevivido juntos a tantas horas difíciles. Pero nadie sabe qué ley secreta rige las almas y pronto resultó evidente que usted se había alejado de mí y que ya no nos podíamos entender. Cuando acepté tomar el mando de esta sección especial y me instalé con mis hombres en la villa, en San Eugenio, usted se volvió francamente hostil, mon capitaine, lo recuerdo muy bien. No he llegado a explicármelo y me dolió, hoy se lo puedo decir, nuestras misiones no eran diferentes hasta el punto de que usted estuviese autorizado a avasallarme así con su odio y con su desprecio, éramos soldados, mon capitaine, y no nos correspondía elegir de qué forma hacer la guerra, yo también habría preferido hacerla de otra forma, sabe usted, yo también habría preferido el tumulto y la sangre de los combates a la horrorosa monotonía de la caza de información, pero no nos fue concedida tal elección. Todavía hoy, me pregunto con qué disparate pudo usted convencerse de que sus actos eran mejores que los míos. Usted también buscó y consiguió información, y nunca hubo más que un método para conseguirla, mon capitaine, y usted lo sabe, uno solo, y lo ha usado, al igual que yo, y la atroz pureza de este método no podría de ningún modo compensarse con sus escrúpulos, sus delicadezas irrisorias, su gazmoñería y sus remordimientos, que no han servido para nada, a no ser para cubrirlo de ridículo, y con usted a todos nosotros. Cuando se me ordenó venir a encargarme de Tahar a su puesto de mando de El-Biar, acaricié un instante la esperanza de que la alegría por haber capturado a uno de los jefes del ALN lo hubiese vuelto más amigable, pero no me dirigió la palabra, hizo salir a Tahar de su celda y le rindió honores, lo condujo hacia mí ante una hilera de soldados franceses que le presentaban armas, a él, ese terrorista, ese hijo de puta, por orden suya, y yo, mon capitaine, tuve que soportar la vergüenza sin decir nada. Oh, mon capitaine, ¿a santo de qué esa comedia, y qué esperaba? ¿El reconocimiento quizás de ese hombre del que se encaprichó hasta el punto de desmoronarse con el anuncio de su muerte? Pero, ¿sabe?, no habló de usted, ni una palabra, no dijo: «El capitaine Degorce es un hombre admirable», ni nada parecido, y estoy convencido de que nunca, me oye, nunca, mon capitaine, ocupó usted el mínimo espacio en su mente. Tahar era un hombre duro, que no compartía su tendencia al sentimentalismo, siento decírselo, mon capitaine, y, contrariamente a usted, sabía a ciencia cierta que moriría, no se imaginaba no sé qué feliz epílogo semejante a los que usted soñaba en su exaltación y su ceguera pueriles, pueriles y sin excusas, mon capitaine, usted no podía ignorar lo que era la villa de San Eugenio, no podía ignorar que nadie salía de allí con vida, porque no era una villa, era una puerta abierta al abismo, una falla que desgarraba la tela del mundo y desde donde se basculaba hacia la nada. He visto morir a tantos hombres, mon capitaine, y todos sabían que nadie volvería a verlos nunca, nadie besaría su frente recitando la Shabâda, ninguna mano amorosa lavaría piadosamente su cuerpo ni los bendeciría antes de confiarlos a la tierra, solo me tenían a mí, y estaba en ese momento mismo más cerca de ellos de lo que nunca lo había estado su propia madre, sí, yo era su madre, y su guía, y los conducía hacia el limbo del olvido, por la ribera de un río sin nombre, en medio de un silencio tan perfecto que los rezos y las promesas de salvación no podían perturbar. En cierto modo, Tahar tuvo suerte de que usted lo exhibiera ante la prensa, tuvimos que entregar su cadáver, pero si por mí solo hubiese sido, mon capitaine, lo habría, a él también, disuelto en cal, lo habría sepultado en las profundidades de la bahía, lo habría lanzado a los vientos del desierto y lo habría borrado de las memorias. Habría hecho que nunca hubiese existido. Tahar lo sabía, sabía lo que significa tener un enemigo. Usted, mon capitaine, de eso no supo nunca nada, no es con nuestra compasión o nuestro respeto, que ni le importan, como hacemos justicia a nuestro enemigo, sino con nuestro odio, nuestra crueldad, y nuestra alegría. Puede que se acuerde usted del joven seminarista, el quinto que un chupatintas imbécil que no sabía nada de nuestra misión me asignó como secretario, un santurrón, como usted, mon capitaine, afligido por un alma sensible, realmente sensible, e incluso más cándida y más honesta que la suya. Nada más desembarcar, se sintió aliviado porque pensó que no tendría que mancharse las manos y que estaba, de alguna forma, a salvo del pecado. Cuando se me presentó por poco lo despido. Miraba el mar por las ventanas de la villa, y los laureles del jardín, y no podía evitar sonreír, creo que no había visto nunca tanta luz y espacio, se sentía más vivo que nunca, liberado de los amaneceres húmedos de rodillas sobre las losas heladas de una capilla oscura, liberado de los cuchicheos en la penumbra mohosa del confesionario, y me quedé con él, al fin y al cabo, no me correspondía a mí decidir sobre la lección que debía darse, costase lo que costase, ni de quién podía librarse de ella, mon capitaine, pues a fin de cuentas, cada uno de nosotros tuvo que escuchar hasta el final la misma lección, eterna y brutal, y nadie nos preguntó si estábamos dispuestos a escucharla, de manera que le dije al joven seminarista que tendría que tomar notas durante los interrogatorios de los sospechosos. Le dicté unas cuantas frases, su letra era precisa, nerviosa y elegante, y le dejé instalarse. Vino de nuevo a verme, estaba conmocionado, me dijo: «Mi teniente, no puede ser, por favor, en el dormitorio, las paredes están cubiertas de fotos pornográficas», y me pidió que mandase quitarlas, tartamudeaba, le dije que yo no me ocupaba de ese tipo de problemas, que mirase para otro lado, y se marchó pero, más tarde, le encontré sentado en el borde de su cama, al lado de su bolsa abierta, con los ojos clavados en las fotos, la mandíbula caída, sostenía en sus manos un horrible crucifijo de madera negra, y parecía tan vulnerable, mon capitaine, casi tanto como usted cuando le anuncié que Tahar se había colgado, pero a él, podía entenderlo, solo había conocido la sombra amenazante de la Virgen, envuelta en su largo manto azul, las lágrimas puras de María Magdalena y el éxtasis celeste de Teresa de Ávila, y ahora, no podía apartar la vista de esas mujeres que se abrían de piernas ante él, con su brutal vello púbico, su sexo

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