Bajo el techo que se desmorona (2010)

Goran Petrović

 

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Yugoslavos, ¡Tito ha muerto!

La crítica, a menudo tan perezosa, ha querido alguna vez ubicar a Goran Petrović, (Kraljevo, 1961) en los territorios del realismo mágico. Puestos a empadronar alegremente, yo me atrevería a situarlo más bien en el neorrealismo italiano. Al menos este último libro suyo traducido al castellano, la novela en relatos Bajo el techo que se desmorona, más afín al mundo narrativo de Fellini y Tonino Guerra que al Macondo de Gabo.

Una novela en relatos no es lo mismo que un libro de cuentos unitario. Para éste basta reunir historias diferentes bajo un tema común; una novela, en cambio, necesita que todas las piezas aporten en el conjunto homogéneo, que parezcan incluso imprescindibles. Y eso es lo que consigue Petrović alrededor de ese viejo cine, protagonista principal del libro, que fuera primero hotel, luego sala de proyección privada, más tarde nacionalizada por el régimen y obligada a exhibir solo filmes comunistas, y donde una buena tarde de 1980 se anuncia que el mariscal Josip Broz Tito, arquitecto del país y faro de todas sus almas, ha muerto.

Al igual que otro escritor de la exYugoslavia, el bosnio Ivica Djikić, Petrović encuentra en el humor un tono ideal para desarrollar la amplia galería de personajes que componen la parroquia habitual del cine Uranija y sus alrededores. Algunos nos resultan familiares, como ese operador Svabić, empeñado en hacer su propia película con fotogramas descartados de otras, igual que el vejete de Cinema Paradiso; o como el oficial aquejado de cierto tic que le hace levantar instintivamente el brazo, igual que Peter Sellers en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú. Y no se pierdan a ese pajarito bautizado como Democracia, al que su dueño quiere enseñar a hablar, dando lugar a equívocos que nos recuerdan a Libertad, la hermana de Mafalda…

Sí, bajo el moroso chirimiri de cal, hermosa metáfora del paso del tiempo, vamos a tener la ocasión de echarnos unas risas. Pero en nuestros días la literatura humorística se ha convertido en un comodín al alcance de todos: basta hilvanar unas cuantas situaciones más o menos descacharrantes, aliñadas a ser posible con un poco de parafernalia grotesca, y el éxito parece asegurado. Petrović, sin embargo, hace algo más sutil y gratificante, más difícil también: todo su relato, de principio a fin, está empapado de ternura. Y la ternura no frena, como algunos que no saben quién es Buster Keaton creen, el efecto cómico, sino que lo matiza, lo humaniza.

Ese sastre que, ante el pelotón de fusilamiento, se demora en observar la impecable factura de los uniformes alemanes; ese espía, el Invisible, al que todo el mundo conoce tras el parapeto de su periódico, que solicita en su informe “recursos adicionales” para poder comprarse otro traje; o ese profesor de literatura que, al final del camino, trata de evaluar su propia vida, y no tiene más remedio que suspenderse. Cosas así descubrimos en otros personajes entrañables, el viejo acomodador Simonović, los pillos Z y ž, Gagui y Dragan, únicos ocupantes de la fila reservada a los romaníes…

Hay que decirlo con todas las letras: con libros como este, Goran Petrović está reuniendo todos los méritos para hacerse un hueco entre los grandes de las letras balcánicas, a la diestra de Krleža y de Danilo Kiš. Entre otras cosas, porque entre bromas y veras nos expone el alma de su tierra y de su gente, que al cabo no es tan diferente de la de cualquier pueblo europeo que haya conocido la tiranía y la guerra, y que haya proyectado sus terrores y sus sueños sobre la blanca pantalla de un cine. Cuando habla del funeral de Tito, lo define como “el más largo de la historia de la humanidad”, porque “hemos estado presenciando ese sepelio durante más de un cuarto de siglo”, y porque “junto al sarcófago principal se han ido acumulando cientos de miles de tumbas más pequeñas”, “en realidad toda la antigua Yugoslavia es un enorme complejo conmemorativo del difunto presidente”.

Aunque dicen que los mejores chistes se cuentan en los velatorios, queremos creer que el humor puede ser también un excelente alivio de luto.

[Alejandro Luque]

Bajo el techo que se desmorona  

(Páginas 11-28 de la novela)

 

Novela de cine (Cineroman)

1. Entre 1912 y finales del cine mudo, una película en episodios.
2. La historia basada en una película, ilustrada con fotografías
de esa película.

 

Algunos personajes son invetados,
pero algunos eventos son reales.
Y viceversa.

Jesús les dijo:
“Traed de los peces que acabáis de pescar.
Entonces Simón Pedro subió y sacó a tierra la red,
llena de ciento cincuenta y tres grandes peces;
y a pesar de ser tantos, la red no se rompió”.

Evangelio según san Juan, 21:10-11

El noticiero del fondo de la cineteca yugoslava

Botas militares derechas. Botas militares izquierdas 

El Hotel Jugoslavija de Kraljevo fue construido en 1932 en el lugar donde antaño se encontraba el mesón “El arado”. Lo construyó Laza Jovanović, un zapatero originario de Raška. En el invierno de 1926, el tal Laza había comprado en Belgrado un vagón de botas militares desechadas por el ejército. No hubo otros interesados en las botas descartadas, de modo que las consiguió a muy buen precio. En este país, sin embargo, en cuanto uno abre la boca para decir algo, enseguida aparecen otros que afirman que saben más de ello:

–No, ¡más bien Laza Jovanović sobornó a alguien en el Ministerio de Defensa para que desparejaran las botas adrede y las ofrecieran en dos pujas independientes!

Sea lo que fuere, nadie quiso las botas militares derechas sin su par izquierdo. Nadie excepto Laza. Para ahorrarse el hospedaje viajó de noche, zangoloteándose, cansando la vista de la oscuridad mientras atravesaba media Serbia, pensando que jamás iba a amanecer cuando alboreó casi al llegar a Belgrado. Sin embargo, Laza no tenía tiempo para recorrer la capital; todos los que vienen de la provincia comparten el mismo miedo de no llegar tarde. Por lo cual se acurrucó, mucho antes de la subasta, en el fondo de una sala majestuosa. Si le hubieran preguntado en qué calle o en qué edificio, solo se habría encogido de hombros, ya que no habría sabido decirlo. Y tal vez se habría quedado ahí olvidado para siempre, si no hubiera confirmado el precio de salida levantando su mano. La gente reunida, en su mayoría comerciantes de renombre, peces gordos con abrigos de piel con suaves cuellos de astracán, enseguida volvieron sus cabezas para tomarle la medida al hombrecillo de vestimenta provinciana, dispuesto a despilfarrar el dinero en una mercancía sin valor.

–¡A la de una…, a la de dos…, vendido al señor de la última fila! –anunció el capitán de intendencia; se oyó el golpe del martillo de subasta y se levantó una nubecilla de polvo.

Alguien rio. Pero cuando un mes después en la nueva subasta aparecieron solo las botas militares izquierdas, únicamente el sagaz Laza contaba con las derechas. Esta vez estaba sentado, con acentuada comodidad, delante del todo, y confirmó el precio de salida seguro de sí mismo. Los comerciantes presentes se inquietaron, asomaron sus cabezas por los cuellos de astracán, estiraron sus pescuezos enrojecidos…

–¡A la de una…, a la de dos…, vendido al señor de la primera fila! –anunció el subastador, el mismo capitán de intendencia, y el golpe del martillo de subasta volvió a provocar una nubecilla de polvo.

Esta vez alguien tosió. A los participantes de la puja no les importaba tanto la ganancia omitida como la pérdida de su sentimiento de grandeza. A un comerciante no le gusta que ni un solo centavo acabe en el bolsillo ajeno, pero el hecho de que un simple zapatero los hubiera engañado de esa manera dolía en serio. Todos se hicieron a un lado, callados, para dejar pasar a Laza cuanto antes, para que se fuera a su remoto pueblo. Como dicen: “Que el diablo se lo lleve a cuestas…”. Todos se hicieron a un lado, callados; solo uno no pudo aguantarse, porque habría reventado de resentimiento:

–¡Ten cuidado de no perder la cabeza por andar emparejando tantas botas!

–!Señores, tengamos mesura… Sin groserías, por favor… Continuamos… Es el turno de un nuevo artículo, nueve cargas de caballo de la más fina seda provenientes del desmantelado Departamento de Globos! –anunció el subastador.

Dos montones del tamaño de dos montañas

Laza Jovanović bregó durante años almorzando en casa tan solo los domingos o días festivos. Los demás días se iba antes del amanecer a un depósito que había alquilado junto a la estación de ferrocarriles de Kraljevo y emparejaba los miles de botas militares de dos montones del tamaño de dos montañas…

En realidad, primero recorrió esas montanas durante meses, tropezando, cayéndose, subiéndolas a rastras, revolviendo y clasificando someramente hasta reducirlas a decenas de cúmulos mas uniformes, y entonces comenzó a emparejar todas las botas con más facilidad… Hasta bien avanzada la noche remendaba las suelas rotas con la lengüeta hacia fuera, agregaba punteras, pasaba los cordones por los ojales, “sacaba” brillo… para revender el calzado reparado a un precio varias veces mayor. Incluso encontraba fácilmente clientes para las botas que quedaban sin su par –la Primera Guerra Mundial acababa de terminar y habia mucha gente con una pierna. Aunque siempre están los que, después de cualquier tragedia, ignoran a ese tipo de personas y andan disimulando, haciéndose los sorprendidos:

–Disculpe, ¿a que gente con una pierna se refiere?

Por ellos, siempre se tiene que decir:

–Pues discúlpeme usted a mí, a la que le falta una pierna.

Laza, sin embargo, hacia este cálculo: era una pena que los lisiados tuviesen que pagar un par si necesitaban solo la bota derecha o solo la izquierda. Que dieran un poco menos que por las dos, pero un poquito más de la mitad del precio completo. Así se dio a conocer como benefactor de los inválidos de guerra, y a la vez sacaba una ganancia adicional. Así concilió la ley divina con la humana. O por lo menos, a diferencia de otros, trató de hacerlo. Lo cual en sí mismo puede considerarse, todavía hoy, un éxito considerable.

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