El hacha

 
manutrillo-quivirQuivir
Dirección: manutrillo

¿Aún no te has dado cuenta de que el documental es una de las muchas categorías del cine de ficción? Esto me lo dijo Javier Corcuera, una mañana de invierno en Bagdad, cuando observé que eso de juntar personajes diversos en ubicaciones que sin las necesidades de la cámara – luz, fondo de río o palmeras, ruinas – quizás no habrían pisado. Sí: por supuesto hacíamos ficción; siempre se hace aunque el buen gusto en el cine documental exige hacer creer al espectador que lo que ve es un simple reflejo de la realidad.

El golpe de efecto de manutrillo (Sevilla, 1975) en Quivir es romper esa cuarta pared, dejar claro que él está creando la realidad que se dispone a filmar. Sin necesidad de saltar él mismo al encuadre, a lo Michael Moore: no no. Tiene demasiada elegancia para eso. Simplemente va creando un hilo narrativo no sobre la pantalla, sino en la realidad, no sobre la mesa del estudio de montaje, sino sobre la del patio donde se come tayín de verduras o pollo al ajillo, donde entre dos caladas de tabaco empiezan a circular fotos del otro lado.

No hay mapa, dato ni brújula: manutrillo ha cogido y los ha dejado a ustedes a solas con los corcheros

El otro lado: este es el gran argumento fílmico de Quivir. Ese juego de mostrar dos lados, separados por el Estrecho de Gibraltar – Sur de Europa, Norte de África son las únicas palabras de toda le película que no son diálogo subtitulado – que poco a poco se van acercando como dos piñones de un mecanismo narrativo hasta engarzar sus dientes y desencadenar el movimiento emocional del espectador. Sur de Europa y Norte de África: sólo por los diálogos sabremos que los del sur del Norte viven en Alcalá (de los Gazules, colijo) y que los del norte del Sur, en alguna parte entre Chaouen y Taza. No hay mapa, dato ni brújula: manutrillo ha cogido y los ha dejado a ustedes a solas con los corcheros.

Ojos, pómulos algo hundidos, arrugas, bigotes hirsutos, piel sudada. Estoy intentando describir el cariño con el que la cámara recorre a los hombres del corcho, gente de campo de toda la vida. Para qué. Vean el filme, las palabras no tienen color. Quédense frente a esas miradas, aguántenlas. Miradas que vienen de otra época, de cuando aún las manos eran tierra, madera, raíz, agua y corcho.

El filme es más, muchísimo más que una obra antropológica que documente las costumbres de la tribu de los alcornocales

manutrillo fue fotógrafo antes que fraile, y se nota en el exquisito cuidado de cada fotograma. Pero además ha conseguido la hazaña de filmar una época de casi posguerra – de lo que asociamos a la posguerra nosotros, los que ya nos criamos en la España urbana del milagro europeo de los ochenta – en la década 2010. Porque el filme es más, muchísimo más que una obra antropológica que documente las costumbres de la tribu de los alcornocales (aunque también): es una profunda reflexión social, rebelde, sobre la crisis económica de nuestra década, sobre ese boom de la construcción que aquí nos amarga cual mala conciencia y que sigue en pleno al otro lado del Estrecho, sobre esa engañifa de la riqueza fácil que dejó el campo abandonado, ese campo que quizás vuelva a ser futuro nuestro. Como cineasta, manutrillo tiene esa rara capacidad que es mirar el mundo desde abajo.

Pero esto no sería posible reflejarlo si manutrillo no les pusiera un espejo lupa a los alcornocales andaluces: las caras, las manos, las casas, las palabras de quienes, en el otro lado, en Marruecos, viven exactamente lo mismo, con treinta años de desfase. No hace falta que lo diga yo. Lo dicen ellos.

1 2Página siguiente

 
 

Etiquetas

, , , ,

Artículos relacionados

Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

El hacha
 
 

15 comentarios

 
 

Deja un comentario