La revolución amazigh interrumpida

 
Shokri Agmar en su localidad natal Jadu (montañas Nafusa) con la bandera amazigh (2014) |  © Ricardo G. Vilanova

Shokri Agmar en su localidad natal Jadu (montañas Nafusa) con la bandera amazigh (2014) | © Ricardo G. Vilanova


Trípoli | Diciembre 2014

Casi todos los libios conocen a Shokri Agmar. Lo veían todos los días en televisión, de 3 a 4 de la tarde, en un programa que se emitía desde Qatar durante la guerra de 2011. Este abogado tripolitano de 33 años tiene el honor de haber sido el primer presentador en lengua tamazight de la historia de Libia.

“Era un sentimiento contradictorio”, recuerda Shokri desde una cafetería a unos 200 metros de la céntrica plaza de los mártires en Trípoli. “Por un lado, mi gente moría en las montañas bajo los proyectiles de Gadafi; por otro, era una ocasión única para ir sacando del ostracismo a una cultura represaliada como la nuestra”.

La llamada “revolución cultural” de Gadafi, en 1973, pasó por la prohibición de libros cuyos principios no sintonizaran con los de su “Libro Verde”. Entre otros muchos, se destruyeron volúmenes sobre la lengua y cultura amazigh (bereber) y se desmanteló la primera asociación de esta comunidad en Libia. En palabras de Gadafi, los amazigh no eran sino “hijos de Satanás”, además de “un engendro del colonialismo para dividir Libia”. El uso del tamazight, su lengua,  así como todo nombre no árabe quedaron prohibidos.

En palabras de Gadafi, los amazigh eran “hijos de Satanás”, además de “un engendro del colonialismo para dividir Libia”

“Como todos los tiranos del Magreb, Gadafi se empeñó en reivindicar un arabismo que negaba la propia historia de Libia”, apunta Shokri, apurando su café cortado. “Puede que la mayoría aquí sea arabófona pero estamos mucho más cerca de Italia que del Golfo Pérsico; los libios somos norteafricanos y mediterráneos, descendientes de cartagineses, de romanos, de vándalos…”.

Hay un punto en la plaza de los mártires, a pocos metros del arco de entrada a la medina de Trípoli, que es de visita obligada cuando uno se deja guiar por la ciudad por un amazigh. Se trata del lugar en el que se erguía la figura de Septimius Severus, un bereber natural de Leptis Magna (a 40 km al este de Trípoli) que llegó a ser emperador de Roma entre 193 y 211. Las malas lenguas dicen que Gadafi no sólo retiró la estatua, sino que la llegó a encarcelar. “Este espacio está dedicado a un futuro monumento a la grandeza del pueblo árabe”, reza una placa sobre un pedestal que sigue aún vacío.

Pero tampoco hace falta rebuscar en los rincones más recónditos de la capital libia para dar con los amazigh. Las pintadas escritas en su propio alfabeto, el tifinagh, se multiplican por la avenida Omar Mojtar, una de las arterias principales, lo mismo que su bandera tricolor: cuelga, en todas sus versiones y tamaños, desde puestos ambulantes de palomitas o garrapiñadas hasta la avenida Rashid, bajo cuyos arcos se venden armas de fuego entre el estruendo de miles de pájaros enjaulados.

En el barrio de Gorji, al oeste de Tripoli, uno comprobará que los niños en el parque juegan en tamazight, y no en árabe

Y si uno se acerca al barrio de Gorji, al oeste de la capital, comprobará que los niños en el parque juegan en tamazight, y no en árabe. La mayoría aquí llegó desde Nafusa, un bastión de montaña a unos 100 km al sur de Trípoli, y que se levanta, paralelo a la costa, desde la frontera tunecina.

Shokri también creció entre estos columpios desvencijados y Jadu, una auténtica atalaya desde la que casi se llega a divisar la orilla del Mediterráneo. Pero el trayecto que antes hacia en apenas dos horas, hoy le lleva dos días. La culpa es de la convulsión política que vive el país.

Cuando ya se han cumplido tres años del linchamiento de Gadafi, en Libia hay dos gobiernos y sendos parlamentos: uno con sede aquí, en Trípoli, y otro en la ciudad de Tobruk, a 1.200 kilómetros al este de la capital. Este último cuenta con el reconocimiento internacional tras ser elegido en unos comicios celebrados el pasado 25 de junio, pero que solo contaron con un 10 por ciento de participación.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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