«Me convertí porque era insoportable seguir siendo yo mismo»

Emmanuel Carrère

 
Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi

Emmanuel Carrère (Segovia 2015) | © María Teresa Slanzi

Segovia | Septiembre 2015

¿Qué sucedería si volvieran de verdad los muertos? Esta es la pregunta que se formuló hace unos años el escritor y cineasta Emmanuel Carrère (París, 1957) mientras daba forma a una serie televisiva. “No pensaba en la típica película de zombis o vampiros. Todo lo que se ha intentado hacer al respecto ha tomado esa forma alucinante, fantástica, pero yo quería plantear de forma realista la vuelta a la vida de una persona muy querida. ¿Qué hace uno en ese caso, qué dice?”. El autor aparcó el proyecto para volver a sus libros, pero el interrogante siguió rondándole. Hasta que cobró forma de nuevo en El Reino (Anagrama), su novela más reciente.

«En los Evangelios se dice que Jesús ha resucitado a alguien como si tal cosa»

“Me di cuenta de que la historia del cristianismo se parece mucho a esto”, afirmó Carrère en su reciente visita a Segovia, donde participó en un coloquio del Hay Festival. “En el fondo, es una historia de resurrección que tiene el mismo aspecto. En los Evangelios se dice que Jesús ha resucitado a alguien como si tal cosa, como si fuera un talento social”, comentó. “Pablo en cambio dice que no es posible, no admite la resurrección como algo normal y corriente. Ve que hay una diferencia de grado entre el hecho de que un paralítico vuelva andar y que un muerto regrese a la vida. La frontera que establece Pablo es la siguiente: alguien ha resucitado, una parte de la humanidad lo cree y la otra no”.

Carrère fue de los que creyeron. Al menos, durante casi tres años a principios de los 90 -“tres años de fe muy practicante y muy devota”, dice-, cuando se convirtió al cristianismo como forma de escapar de una profunda crisis existencial. Acudía a su parroquia para la misa diaria, compaginaba la lectura del Evangelio de San Juan con el diván del psicoanálisis, se casó por la Iglesia con la misma pareja con la que poco antes se hallaba en crisis, todo lo cual queda registrado en El Reino con su habitual mezcla de ensayo, recreación y testimonio.

«La fe cristiana se me apareció como un puente de salida, una tabla de salvación»

Sobre su propia formación religiosa, el autor de libros como Una novela rusa, El bigote, De vidas ajenas o Limónov comenta: “Nunca he padecido el cristianismo, no he tenido una infancia aplastada por la neurosis católica. En todo caso he tenido otras neurosis”. “A los 30 buscaba una manera de salir adelante. Por distintos motivos exploré varias vías, hasta que la fe cristiana se me apareció como un puente de salida, una tabla de salvación. No podía seguir siendo yo mismo, era insoportable, y esa sensación está en el origen de muchas conversiones”.

“Lo que propone la conversión es precisamente eso, que te olvides de quién eres para convertirte en otra cosa, en otro. El paradigma de san Pablo es ese”, prosigue Carrère. “Lo que sabemos de Pablo antes de la caída en el camino de Damasco es que se trata de alguien atormentado, con un odio profundo de sí mismo. Y encuentra una salida convirtiéndose en el ser opuesto. Diciendo está Cristo en mí”.

Se desentendió del credo. “Te abandono, Señor. Tú no me abandones”

Y aunque se desentendió de este credo con una anotación fulminante en su diario (“Te abandono, Señor. Tú no me abandones”), todavía habla con cierta fascinación del fenómeno. “Hay cristianos que encuentran caducos algunos dogmas, la existencia de Dios tal y como se entendía antes, o el hecho de que Jesucristo fuera el hijo de una virgen. Pero en ese núcleo de las palabras del Evangelio sigue habiendo una irradiación, una influencia que, pienso yo, sería una pena que desapareciera. Creo que hay algo ahí que da forma a nuestra psique, y que resulta bueno y deseable”.

Por otro lado, Carrère, que funde su experiencia personal con el relato de los años inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús de Nazaret, cuestiona el relato histórico desde una perspectiva cuando menos atrevida. “Los romanos creían que la fe cristiana era cosa de fanáticos. La religio era la religión cívica, una forma común de ritos formales y fríos, sin más. El equivalente de lo que para nosotros serían hoy la democracia y los Derechos Humanos. De hecho, la religio entonces era muy tolerante, muy laica. A los romanos no les importaba que rindieran culto o adoraran a un dios: les parecía que adoraban al mismo que ellos, con distinto nombre. Yahvé o Adonai eran los nombres judíos de Júpiter. Donde se complican las cosas es en el hecho de que los judíos no estén de acuerdo, creen que Júpiter es falso y defienden que solo el suyo es verdadero. Eso empieza a complicar las cosas, y desata una situación parecida a la que vemos hoy con el islamismo radical”.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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