Antonio Serrano Cueto

 

El rapto fundacional

Antonio Serrano Cueto (2014) | Polidoro / Creative Commons 2.0

Antonio Serrano Cueto (2014) | Polidoro / Creative Commons 2.0

En la Cádiz que fue fenicia, griega y romana vino a nacer hace 51 años Antonio Serrano Cueto, aunque su graduación en Filología Clásica fue en Sevilla. Hoy, como profesor de la Universidad gaditana, compagina las tareas académicas –destacan sus estudios de Fernando de Arce y Polidoro Virgilio– con su quehacer como escritor. Serrano Cueto ha ejercido así la poesía (No quieras ver el páramo, Son caminos), la narrativa (Fuera pijamas, Zona de incertidumbre) y los géneros híbridos, como en el volumen Papeles secundarios. Sus últimas entregas han sido una curiosa antología de vocación mediterránea, Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica, y el libro de relatos breves París en corto, fruto de una larga estancia del autor en la capital francesa.

En esta ocasión propone un recorrido por las mujeres de la mitología clásica en el Mediterráneo, desde Medea hasta Calipso, pasando por Helena, Circe, Ariadna, Dido, Europa… Historias a menudo terribles, marcadas casi siempre por el signo del rapto, que han acabado formando parte del imaginario fundacional de Occidente e inspirado infinidad de relatos y obras de arte posteriores en múltiples culturas. Y al mismo tiempo, se trata de una galería de féminas asombrosas, cuyos perfiles y peripecias siguen, aún hoy, apasionando a aquellos que curiosean en las viejas leyendas del Mare Nostrum.

[Alejandro Luque]

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Por el mar se las llevaron

Mujeres de la mitología clásica en ruta por el Mediterráneo
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No solo los mortales son hijos del asombro. Si prestamos oído a la fabulación de Apolonio de Rodas, el día en que los cincuenta héroes griegos comandados por Jasón botaron la nave construida por Argos (carpintero de ribera inspirado por Atenea), los dioses asomaron sus rostros entre las nubes para contemplar el prodigio de la primera navegación marítima. Igualmente admiradas debieron de sentirse las Nereidas que Catulo situó en su poema al paso espumeante de la embarcación, pues emergieron de las profundidades para contemplar de cerca el portento. Porque dioses y Nereidas sabían que el mar defiende sus misterios emboscado en formidables asechanzas, de las que ni siquiera estarían a salvo los semidioses de la nave Argo.

A decir verdad, los marineros griegos no necesitaban recordatorios. Evitaban las salidas a mar abierto y optaban por la navegación de cabotaje. Era más seguro tener un horizonte cierto, una costa visible que brindase un puerto ocasional en caso de peligro y refugios oportunos para pernoctar cuando anocheciera. Y si el Mediterráneo, cercano y familiar pese a todo, infundía temores tales, mucho más temible era el Océano circunterrestre. Hesíodo lo tenía por un río inmenso al otro lado del cual la noche extendía su manto infinito de oscuridad. Para Pomponio Mela, de esta gran masa de agua que rodeaba Europa, Asia y África nacían, como afluentes, los mares intercontinentales: Mediterráneo, Golfo Pérsico, Caspio y Rojo. Pues bien, allí adonde las naves negras no llegaban, llegaba el pájaro de la imaginación.

Por eso en los dominios del Océano, y en buena medida en el extremo occidental del Mediterráneo, pasadas las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), se ubicaron islas y tierras fabulosas, a menudo habitadas por seres monstruosos: el jardín de las Hespérides, Eritía (Gerión), Sarpedonia (Gorgonas), las islas de los Bienaventurados, la Atlántida, Cerne, Panquea, Hespera, etc.

También en el otro extremo, en los confines de oriente, cabía imaginar lugares y razas extraordinarios. Como el reino de Eetes en la Cólquide (hoy Georgia), en la costa este del Mar Negro, el país donde se custodiaba el vellocino de oro que era razón y meta del viaje de los esforzados argonautas.

Aun cuando este era el único propósito con el que partió desde Yolco, en la región de Tesalia, Jasón no se llevó sólo el ambicionado vellón del carnero. A su partida de la Cólquide la nave portaba otro preciado botín: la joven hechicera Medea, hija de Eetes, que había ayudado al extranjero y traicionado a su familia y su pueblo. He aquí un dilema trágico de larga fortuna literaria: un extranjero, rey o príncipe, arriba por mar a una tierra lejana y allí enamora a una princesa o reina, que ha de elegir entre secundar los planes del desconocido y escapar con él, o permanecer fiel a los padres, como exige la sagrada pietas.

En la elección del primero está la sustancia literaria. Si se tratase de un mero acuerdo matrimonial, no habría tragedia. Sin embargo, la elección suele ser traumática porque implica, de una parte, la traición de la familia, dado que el extranjero no alberga buenas intenciones; de otra, consecuencias dramáticas. La huida de Helena de Esparta, esposa del rey Menelao, si es que hubo consentimiento (la versión más extendida califica el asunto como rapto por obra del troyano Paris), desencadenó la guerra más cruel y duradera de aquel tiempo legendario y sumió en la ruina la ciudad de Troya, plaza inexpugnable hasta entonces.

La fuga de Medea con Jasón originó una serie de desgracias en cadena: el asesinato de su hermano Apsirto y el de Creúsa de Corinto, rival en el amor de Jasón; y, lo peor de todo, su propia destrucción como madre infanticida. En cuanto a Ariadna, su historia con Teseo terminó con el abandono de la joven cretense en la isla de Naxos. Nada menciona Homero sobre el viaje de Helena y Paris a su salida de Esparta. Es de suponer que con vientos favorables en tres o cuatro jornadas podrían haber alcanzado las costas de Troya, siendo así que solo mediaba una parte del mar Egeo.

Sin embargo, los dioses se complacían provocando tormentas, derivas y extravíos que prolongaban, a veces durante años, la navegación de los humanos. Odiseo es el paradigma. Algunas fuentes sostienen que la nave de Paris fue desviada por voluntad divina hacia Egipto y que desde allí navegó hasta Fenicia (actual Líbano), donde el troyano conquistó y saqueó Sidón. Es testimonio homérico que de esta ciudad procedían los hermosos peplos, bordadura de las mujeres fenicias, que se llevó al palacio de Troya, uno de los cuales, el de mejor factura, fue ofrendado por la reina Hécuba a la diosa Atenea en el fragor de la batalla.

La navegación de Medea desde la Cólquide resultó más larga y azarosa. Como en el caso de los periplos de Odiseo y de su imitador el troyano Eneas, tanto a la ida como a la vuelta los argonautas recalaron en islas maravillosas y hubieron de encarar incontables peligros. La nave no regresó sobre su estela por el Bósforo, el Mar de Mármara y el estrecho de Dardanelos, sino por un itinerario alternativo más al norte que duró varios meses y combinaba vías fluviales y rutas marítimas. Navegaron hacia el oeste por el cauce del antiguo río Istro (hoy Danubio) hasta alcanzar el mar Adriático, ya que en la época de Apolonio de Rodas se creía en la existencia de una vía de salida del Istro al Mediterráneo. Luego continuaron hacia el sur por un buen trecho del Adriático, pero una tempestad los arrojó de nuevo hacia el norte. Penetraron por el río Erídano (el Po actual) y de ahí pasaron a la corriente del Ródano, que los devolvió al Mediterráneo.

Entonces avanzaron bordeando el este de Córcega y la costa occidental de Italia, cruzaron el estrecho de Mesina, anclaron en las aguas de una isla en la costa occidental griega (posiblemente Corfú) y de nuevos vientos tempestuosos los empujaron mar adentro, hasta las costas africanas de Libia. De ahí pusieron rumbo a Creta y, finalmente, arribaron a su patria, Yolco (hoy Volos), en la ribera oriental de Grecia.

Si este es el trayecto sobre una geografía real, el viaje de los argonautas, como los de Odiseo y Eneas, se trazó en parte sobre un mapa imaginario, salpicado de islas y pueblos cuya identificación histórica es tarea ardua y no pocas veces vana. Por mandato de Zeus, que les exigía expiar el asesinato de Apsirto junto a la maga Circe, se vieron forzados a amarrar en la isla Eea, donde la hechicera Circe, hermana de Eetes, pastoreaba animales híbridos en un paisaje tan bello como inquietante. También fondearon en Esqueria, la isla riquísima de Alcínoo y los feacios, modelo antiguo de hospitalidad.

A su vez los peligros reales para la navegación se asociaron a monstruos marinos que hoy forman parte del legado cultural de Occidente. En la isla Antemusa aguardaban las sirenas de dulce y mortífero canto, mujeres pájaro en la tradición griega, como se aprecia en un stamnos ático del siglo V a. C. que se conserva en el British Museum. (Aún habría de pasar tiempo para que, especialmente a través del género de los bestiarios, fueran sustituidas por las sirenas pisciformes que acabaron imponiéndose en nuestra cultura.)

En el caso del estrecho de Mesina, un paso entre acantilados de tres kilómetros de ancho donde la travesía resultaba peligrosa por los fuertes vientos, las corrientes, los arrecifes y la profundidad de sus aguas, los navegantes debían sortear a Escila, mujer cuya parte inferior estaba compuesta de seis perros feroces, y Caribdis, un vórtice de agua que engullía los navíos y cuanto flotase a su alcance tres veces al día y otras tantas regurgitaba los restos.

Medea, que se había embarcado bajo promesa de matrimonio, estuvo al menos en dos ocasiones a punto de ser devuelta a los colcos, quienes desde el reino de Eetes iban en pos de los argonautas haciéndoles guerra continua y reclamando a la traidora. Sin embargo, y para evitar su deportación, al final fue desposada por Jasón en Esqueria, a instancias de Arete, la esposa de Alcínoo. La deslealtad posterior de Jasón, ya en tierras de Corinto, y la terrible venganza de Medea fueron cantadas en verso trágico por Eurípides y Séneca.

La historia de Ariadna tiene ribetes parecidos: enamoramiento, traición y abandono. Esta vez la travesía marítima solo tuvo lugar en aguas del Egeo, y de nuevo una princesa se enfrentaba al dilema susodicho: el amor a un extranjero o la lealtad (pietas) a la familia. Teseo, príncipe de Atenas, había navegado hasta Creta para acabar con la maldición del Minotauro impuesta por un oráculo. Por tercera vez (en períodos de nueve años), y en expiación de la muerte de su hermanastro Androgeo a manos de los atenienses, el monstruo se cobraba un espantoso sacrificio humano: siete parejas de jóvenes eran embarcados en el puerto del Pireo con rumbo a la isla para ser devorados por la bestia.

Ariadna, hija del rey Minos, se enamoró de Teseo y lo ayudó a escapar del laberinto facilitándole el célebre ovillo de hilo, según la versión más difundida. También hubo, como en la historia de Medea, promesas nupciales que el varón dejó pronto incumplidas. En efecto, de regreso a Atenas, Teseo hizo escala en la isla de Naxos, cuyo nombre ha quedado vinculado para siempre al abandono de la princesa minoica mientras dormía. Que fuese deliberada y pérfidamente, como ha transmitido la tradición, o por imperativo de los dioses nos importa poco ahora. Lo cierto es que de nuevo el mar se ofrecía como territorio de una fuga consentida y antesala de una traición.

Pero a diferencia de Medea, el destino le tenía reservado a Ariadna un compromiso de mayor prestigio: una boda divina. De ahí que las artes plásticas representen con frecuencia a Ariadna sumida en un sueño apacible que no parece preludio de la desdicha. De este modo la vemos en la escultura romana Ariadna dormida que se custodia en los Museos Vaticanos y en Ariadna en Naxos del pintor estadounidense John Vanderlyn. Y es que del primer encuentro con el que será su esposo, el dios Dioniso, solo cabe esperar una experiencia grata, como quiso evidenciar Sebastiano Ricci en Dioniso y Ariadna. Es obvio que los artistas no estaban pensando tanto en el dolor por el abandono insular (el que cantó Catulo en hexámetros latinos), cuanto en el feliz hallazgo en la playa.

En cambio, muy otra será la suerte de Teseo. Desde la playa de Naxos Ariadna contemplaba cómo a bordo de la nave ateniense se alejaba toda esperanza de boda. Su lamento se tornó al final en maldición sobre el héroe y los suyos. Y así lo quiso el destino despiadado (y dicen que a veces justo). Al aproximarse al puerto de Atenas, el héroe se olvidó de que había acordado una consigna con su padre Egeo: cambiar las velas negras por velas blancas que proclamasen desde la distancia la victoria sobre el Minotauro. En consecuencia, el rey interpretó que su hijo había perecido y se suicidó arrojándose al mar, que desde entonces lleva su nombre. Teseo el pérfido, el desmemoriado respecto de su pacto de amor con Ariadna, provocaba así la ruina de su familia precisamente por un olvido.

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