«Me da lo mismo defender a la clase trabajadora de Lérida que la de Moscú»

Rosa Regàs

 
Rosa Regàs | © NowBooks / Cedida

Rosa Regàs | © NowBooks / Cedida


Sevilla| Octubre 2016

Amigos para siempre (Now Books) es el título de la nueva entrega de las memorias de Rosa Regàs. En estas páginas la escritora barcelonesa evoca el momento en que entró en la universidad estando casada y con hijos, las dificultades que afrontó, sus nuevas amistades y el comienzo de su colaboración con Carlos Barral, puerta de entrada a aquel mundo que dio en llamarse Gauche Divine. La que fuera directora de la editorial La Gaya Ciencia y de la Biblioteca Nacional, entre otros empeños, pone a prueba su talento de novelista para narrar su propia juventud. En Sevilla atendió a MSur para desgranar algunos aspectos de este último libro.

Las memorias suelen anunciarse acompañadas del adjetivo “polémicas”, pero no es el caso de las suyas. ¿Quería evitar conflictos?

Son recuerdos, y como tales nadie me los puede discutir. El recuerdo a veces se debe apartar de la realidad, pero igual aparece alguien que recuerda las cosas de una forma distinta. Como en Rashomon, cinco personas presencian un crimen, pero cada uno ve una cosa distinta…

En todo caso, es llamativo que no haya ajustes de cuentas…

Porque no hemos llegado todavía, ya llegaremos [risas]. Ajustes de cuentas no, pero traiciones pequeñas sí se señalan. Tengo buenos recuerdos de esa época. Hay una crítica feroz contra Comas, el que dirigió toda la caída de Carlos Barral. Es el que peor parado sale.

Tampoco pasa desapercibido que haya más “amigos para siempre” que amigas. ¿Se llevó siempre mejor con ellos?

«El mundo del trabajo era un mundo de hombres. A Ana María Matute no le hacían ni caso»

No, bueno… Amigas, tengo ahí a Victoria Camps, siempre en plan de igualdad. A medida que se ha ido desarrollando como filósofa y ha escrito libros, me ha ayudado mucho. Pero sí, normalmente estaba todo lleno de hombres, qué le voy a hacer. Lo tenían más fácil. El mundo del trabajo era un mundo de hombres. A Ana María Matute, por ejemplo, no le hacían ni caso. Le cayó algún premio, pero los premios en literatura no han tenido nunca tendencia a la desigualdad. Al editor lo que le interesa es que el libro venda, le da igual que el autor sea hombre o mujer. Las dificultades en el mundo laboral de las mujeres no son las mismas que a la hora de publicar.

A propósito de esto, sorprende el relato de su lucha por entrar en la universidad, y ser comprendida al respecto. O los obstáculos que le ponían al pretender que en su documentación figurara como “estudiante” y no “sus labores”. ¿Dirá alguien que no hemos avanzado?

Sí, el funcionario me vio muy desesperada y me preguntó: ¿acaso no hace usted sus labores? Pues claro, le dije, pero no quiero que se me juzgue por eso. Al final sugirió, ¿y qué le parece si ponemos “prensa”? Ah, perfecto, respondí. En todo caso, creo que se ha avanzado más desde el punto de vista oficial que desde el punto de vista social. Creo que en este último caso se ha avanzado poco. Sobre todo, desde el punto de vista reivindicativo. Ahora las mujeres están más organizadas, pero la mayoría de ellas no se sienten implicadas en cuestiones de desigualdad. Han nacido viendo que los hombres son los que mandan, y no les preocupa demasiado.

¿Cuáles son, a su juicio, las asignaturas pendientes más urgentes o necesarias?

«En la universidad no había diferencias claras en el trato, chicos y chicas eran bastante iguales»

La desigualdad en el trabajo es brutal, pero también en derechos. Por ejemplo, las mujeres que van a denunciar un caso de acoso, de abusos, etc, a veces encuentran quien dé curso a la denuncia y entienda lo que dicen, pero otras encuentran unos tíos que, encima, aprovechan para troncharse, o como mínimo ponen dificultades. A muchos hombres les cuesta aceptar que otro hombre haya matado a una mujer. Cuando yo era pequeña, no estaba mal visto que un hombre pegara a su esposa. Y los curas decían: “Aguanta, hija, por el bien de la familia”, y la mujer se iba a su casa dispuesta a aguantar.

¿La universidad estaba más protegida ante estas cuestiones?

Sí, a pesar de que la universidad no era nada del otro mundo, no había diferencias claras en el trato a las mujeres. Algún profesor podía permitirse hacer alguna bromita sobre alguna chica, pero no de una manera ofensiva. Alguno habría, tal vez, pero eran excepciones. Chicos y chicas eran bastante iguales.

En la oficina, según cuenta, se le acercó el poeta Gabriel Ferrater sugiriéndole que follaran juntos sin conocerse. ¿Cómo respondió a esa situación?

Fuimos muy amigos, ¿eh? Lo que pasa es que era una broma que le gastaba a todo el mundo, por eso las chicas que tenía alrededor se reían. Sabían que era nueva y que me iba a sofocar.

Formó parte de la Gauche Divine, etiqueta que no se menciona en el libro.

Es a lo que a los medios les gustaba: las fiestas, que uno se emborrachara, que uno dejara a su mujer y se fuera con otra… Pero hay que ver las cosas como fueron, y entender que no era solo un grupo que se atrevió a ser un poco más valiente. Era un movimiento que estaba en toda la ciudad, y de alguna manera en todo el país, con más o menos intensidad. Porque en el fondo eran los coletazos que nos llegaban de California, el haz el amor y no la guerra, de entender la vida al margen de las violencias, después de Vietnam, sobre todo. Lo que pasaba es que el país estaba muy encerrado, así que lo interpretamos a nuestra manera, lo hicimos nuestro.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

Rosa Regàs
 
 

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