El presidente Kong

 

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Sabía que me recordaba a alguien, pero no podía ubicarlo del todo. ¿Quién era aquel que se daba golpes en el pecho con tanto vigor?

Y luego lo recordé: era el héroe de una película que se filmó cuando yo tenía diez años: King Kong.

King Kong, el gigantesco primate con el corazón de oro, que escalaba inmensos edificios y derribaba aviones con su dedo meñique.

Fantástico. El presidente Kong, el ser más poderoso de la Tierra.

Algunos de nosotros habíamos esperado que Donald Trump resultaría ser una persona bastante diferente que su personaje durante las elecciones. Durante una campaña electoral, uno dice muchas cosas estúpidas. Para olvidarlas al día siguiente.

Ese Trump increíble que creíamos que no existía de verdad ha llegado para quedarse

Pero el día siguiente ha venido y se ha ido, y las cosas estúpidas se han multiplicado. Ese Trump increíble que creíamos que no existía de verdad ha llegado para quedarse… al menos para cuatro años.

En su primer día en el cargo tuvimos ese espectáculo absurdo de dos chicos en el patio del colegio que se peleaban sobre quién la tiene más grande.

En este caso, la muchedumbre de inauguración más grande. Él insistió que la suya era la más grande de todas. Como debería haberse esperado, en cuestión de minutos aparecían fotografías aéreas en televisión, que demostraban que la muchedumbre de Barack Obama era mucho más grande.

¿Pidió disculpas? Al contrario: no paraba de insistir.

Apareció una portavoz y explicó que esto era simplemente un caso de “hechos alternativos”. Una frase maravillosa. Qué pena que yo no la conociera durante los muchos años en los que era periodista. Cuando digo al mediodía que es medianoche, simplemente es un hecho alternativo. (Y desde luego es verdad, en Hawai o algún otro sitio).

Tengo conocimientos muy limitados de economía. Pero me basta una pequeña cantidad de lógica simple para entender que las promesas económicas de Trump son unas tonterías. Uno no “trae de vuelta empleos” dando discursos.

Los empleos manuales se pierden porque las hacen máquinas. Los trabajadores textiles de Alemania e Inglaterra destruyeron las máquines que les quitaban el empleo. Eso fue hace unos 300 años, y no les sirvió de nada. Ahora Trump mira hacia un pasado de hace cien años y quiere que las cosas sean como antes.

Trump no puede volver a instaurar las políticas “proteccionistas” del siglo XVIII

Hace cien años se necesitaban mil obreros para hacer el trabajo que ahora hacen diez. Eso seguirá siendo así e irá a más, incluso si uno se pone a romper todos los ordenadores del mundo.

La globalización es el espíritu de los tiempo. Es el resultado natural de una situación que me permite reaccionar a las palabras de Trump pocos segundos después de que las pronuncie. En la que puedo volar alrededor del mundo en mucho menos que 80 horas.

Trump puede hacer muy poca cosa contra eso. No puede volver a instaurar las políticas “proteccionistas” del siglo XVIII. Si impone tasas de castigo a las importaciones desde China, China impondrá tasas a las importaciones desde Estados Unidos. Esta semana ya ha estallado una guerra comercial entre Estados Unidos y México.

Habrá personas crédulas a las que convenzan estos esloganes simplistas. Lo que nos lleva al problema de la democracia.

Acabo de leer un artículo que afirma que la democracia está muerta. Desaparecida. Finito.

La democracia podía funcionar cuando había un filtro sensato entre el candidato y el pueblo

Winston Churchill, como sabemos, dijo que la democracia es un sistema nefasto, pero que todos los demás sistemas que se han experimentado hasta ahora son peores.

También dijo que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un votante medio.

La democracia podía funcionar cuando había un filtro sensato entre el candidato y el pueblo. Una prensa veraz, una élite culta. Incluso en la Alemania de 1933, con millones de trabajadores en paro, Adolf Hitler nunca consiguió una mayoría en elecciones libres.

Ahora, con los candidatos dirigiéndose directamente a los votantes a través de las redes sociales, los filtros han desaparecido. Al igual que la Verdad. Las mentiras más atroces viajan en segundos a través de Twitter y Facebook, directo a la mente de millones de personas que no tienen la capacidad de juzgarlas.

Creo que era Joseph Goebbels quien escribió que cuanto más grande sea una mentira, más creíble es, porque la gente sencilla no puede imaginar que nadie contaría una mentira tan gorda.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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