Ellas fueron esclavas

 

opinion

Casablanca | 1998

 

 

Un recuerdo afectuoso para Miti M’barka, Dada M’barka y Dada Mina que se apagaron unos años después de la publicación de este artículo, llevándose con ellas los recuerdos de un periodo abolido.

El último mercado de esclavos desapareció de Marruecos en los años 30. De esta época esclavista subsisten algunas mujeres con un pasado difícilmente imaginable. Con pudor, nos cuentan lo que han vivido y sufrido, a merced de implacables señores y señoras de la casa. Testimonios dolorosos, indignantes a veces, conmovedores siempre.

La historia de Miti M’barka

Hacía mucho calor. Mi madre me mandó a buscar agua al pozo situado detrás de nuestra nouala (choza). Me cogieron por detrás y me taparon la cabeza con un saco. Dos sólidos brazos me apresaban. Los secuestradores de niños, contra los que se nos alertaba, acababan de raptarme.

Me metieron en un saco y me ataron sobre una mula durante varios días. Me liberaban solo para comer o hacer mis necesidades. Me echaron en una gran habitación oscura con otros niños que chillaban de pavor. Tuve hambre, miedo de un hombre que nos azotaba para que dejásemos de gritar. Ya no lo recuerdo… la mansión de un cabecilla. Una mujer mayor dirigía a los esclavos. El pavor: me orinaba encima. Me pellizcaban, me quemaban los muslos. Otra casa… El hambre, el frío, los cortes, la faena desde el amanecer hasta tarde por la noche.

“El cuchillo formaba parte del cuerpo de Sidi y yo era su esclava”

Una zoco al que venían hombres a examinarme el cuerpo, los pies, los dientes. Otra casa, quemaduras en los muslos, pimiento picante en mis genitales… Seguía orinándome encima. El terror… De casa en casa… ¿Cuántos señores? Ya no lo recuerdo. No me querían, estaba sucia. Lloraba, me llamaban manhoussa (pájaro de mal agüero)… Me volvieron a vender en la ciudad. Una gran casa de muros elevados y una mujer que me quería. Ella me enseñó a sanar mi cuerpo, no pasaba hambre. Dormía a sus pies. Una noche, me lavó cuidadosamente y me encerró en la habitación de Sidi, el tan temido señor. La puerta se abrió y una sombra gigante saltó encima de mí, inmovilizándome en el suelo. Me dolió mucho. Mis gritos no atrajeron a nadie.

El dolor seguía, estaba hinchada. Orinar se convertía en un suplicio. Me abrían de piernas, untaban mis genitales con cataplasma que inflamaba mi cuerpo. No entendía nada. Pensaba que Sidi me había clavado un cuchillo entre los muslos. Nadie me lo explicó. Volvieron a encerrarme en la habitación de mi desgracia… Sidi me apuñaló de nuevo. Entonces lo comprendí. Conseguí ver el cuchillo, a la luz de la vela que iluminaba un rincón de la habitación. El cuchillo formaba parte del cuerpo de Sidi y yo era su esclava. Me sometí para evitar los cortes, las quemaduras. Tres o cinco años después sangré. Me entró el pánico. Pensé que era por culpa de Sidi, aquella noche. No se lo conté a nadie. Más tarde supe que era la regla.

Éramos muchas chicas las que íbamos sucesivamente a la habitación de Sidi. Náuseas, vómitos, mi vientre se hinchaba. Sidi no me llamó más. Echaba de menos los dátiles y las almendras que me daba, pero estaba liberada de sus caprichos, de su violencia. Mi vientre seguía hinchándose. Un desconocido me llevó a Marrakech.

“Traje un niño al mundo. Sin saber cómo fue concebido. Desconocía todo”

Otra casa… Otras caras, otras tareas… Mi vientre seguía hinchándose… Dolores atroces, insoportables, las mujeres me daban órdenes: me engancho a una cuerda colgada en el techo. Separo las piernas. Empujo… Grito… Unas manos gigantes me aplastan el vientre. Chillo. Me piden que apele a Lalla Fatima-Zahra. 1) Miraba hacia la puerta con la esperanza de ver llegar a Lalla Fatima-Zahra que venía a aliviarme. Un cuerpo resbala del mío. Un grito. Traje un niño al mundo. Sin saber cómo fue concebido. Desconocía todo. Un día desapareció de la casa, nadie respondió a mis preguntas. Lloré en silencio.

Estaba al servicio del hijo. Por la noche, le servía té, huevos y almendras en su habitación. Una noche, me mandaron llevar la bandeja al otro hijo, más joven. Acabé pensando que era normal. Era demasiado joven e ignorante, demasiado aterrorizada como para plantear preguntas .

Náuseas, vómitos… La señora me confió a una mujer mayor que me hizo tragar un líquido agrio. Tuve dolores atroces. Las náuseas continuaron. Intentaba camuflarlas. Me clavaron al suelo, me abrieron de piernas, me introdujeron ramas de árbol y me hurgaron. Chillé. Sangré. Sufrí. No tenía derecho a quedarme en la cama. Las náuseas desaparecieron.

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1) Es costumbre implorar la ayuda de la hija del profeta para acelerar el alumbramiento.

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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