Increíble pero cierto

 

En todo ello ayuda, y mucho, el conocimiento de Andric sobre la naturaleza humana. Nunca pierde oportunidad para plasmar, con ágiles golpes de pincel, la astucia, la cobardía, la sabiduría, la mezquindad, la nobleza, la sevicia. De todo ello participa también el último relato del libro, Conejo. Éste es el mote (anterior en más de diez años a la famosa saga de John Updike) con que llaman incluso en su casa al protagonista de la historia, un hombre pusilánime, anodino, el prototipo de funcionario gris que arrastra como puede su existencia entre una esposa abyecta y un hijo no menos distante, hasta que dos sucesos dan un vuelco a su vida.

La guerra permitía ver con mayor claridad de qué pasta estaba hecho cada cual

Uno es el descubrimiento casual de la vida alrededor del río Sava y de sus gentes, que le permiten, acaso por primera vez, sentirse felizmente integrado en una comunidad. El otro es la guerra, la invasión de Belgrado por parte de las tropas alemanas, que dará un nuevo sentido a todo, y le abrirá la posibilidad de una suerte de redención extrema. Una guerra de aquellas que, con todas sus atrocidades, podían llegar a hacer de uno un hombre y permitían ver con mayor claridad de qué pasta estaba hecho cada cual, dejando que emerja a la superficie lo mejor y lo peor del ser humano.

De nuevo Andric esboza aquí espléndidos retratos psicológicos, y de paso mete al lector en el ambiente opresivo, terrorífico por momentos, de la ciudad asediada, donde a pesar de todo la vida cotidiana se impone con todas sus pequeñas grandezas y sus pequeñas miserias. Algo que el autor conoció de primera mano, pues al fin y al cabo el grueso de la obra de Andric se escribe con la Segunda Guerra Mundial y su inmediata posguerra como telón de fondo: es una formidable tarea de construcción, real y figurada, en medio de un mundo en proceso de demolición.

Da la impresión de que Andric se maneja mejor describiendo a hombres que a mujeres

He dejado para el final aposta el segundo relato, Los tiempos de Anika, por considerarlo algo por debajo de los anteriores en cuanto a calidad. Una historia decimonónica que gira en torno a la clásica mujer fatal que pone patas arriba a cuantos elementos masculinos la rodean, y que me recuerda tibiamente aquel relato borgiano de La intrusa, donde el choque de impulsos amoroso-sexuales de dos varones les lleva al crimen. Aquí Andric vuelve a hacer gala de su agudeza piscológica, pero da la impresión de se maneja mejor describiendo a hombres que a mujeres: no se explica de otro modo que Anika quede algo difuminada, y quede más definida por la mirada de los demás que por lo que ella misma piensa y siente. En esto el bosnio no es una excepción: han sido muchos los escritores que han acusado flaquezas similares.

A pesar de ello, Andric proporciona siempre una mirada histórica valiosa, encantadora, a través de esa voz que se fragmenta en múltiples voces sin dejar de ser nunca, paradójicamente, una sola, la voz de Ivo Andric. Por cosas así cogemos un coche y nos colamos en Visegrad, solo para tomar un café ante el viejo puente y volver. Por cosas así seguimos leyendo sus historias, y visitaremos algún día Travnik, y al pararnos en cualquier esquina o al conversar con cualquier vecino reconoceremos toda la verdad que hay en los libros de su hijo más ilustre.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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