Gracias, Smotrich

 

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Le estoy muy agradecido a Bezalel Smotrich. Sí, sí, al ultraderechista de Smotrich, al fascista de Smotrich.

No hace mucho, Smotrich pronunció un discurso ante sus seguidores con la intención de que fuera un suceso de nivel nacional, un nuevo hito en la historia judía. Tuvo la deferencia de mencionarme en su mensaje monumental.

Dijo que después de la guerra de 1948, en la que se fundó el Estado de Israel, Uri Avnery y su banda crearon la ideología de los “dos Estados para dos pueblos”, y que a lo largo de los años han conseguido convertirla en una opinión general en el país, de hecho en un axioma, gracias a su perseverante labor. Smotrich les dijo a sus seguidores que ellos deberían formular igualmente su ideología y trabajar con paciencia durante muchos años, hasta que se convirtiera al final en consenso nacional, en lugar de la de Avnery.

¿Es posible convencer a un pueblo entero de abandonar su tierra natal a cambio de dinero?

Los cumplidos de los enemigos siempre saben mejor que los de los amigos. En mi caso mucho más, ya que nunca he recibido muchos cumplidos de mis amigos. En realidad, gran parte de los políticos que ahora dicen luchar por conseguir “dos Estados para dos pueblos” intentan dejar de lado el hecho de que mucho antes de que ellos se convirtieran a la idea yo fui el primero en proclamarla.

De modo que gracias, Smotrich. ¿Me permite expresar, a la par que mi agradecimiento, el deseo de que adopte usted un nombre hebreo, como corresponde a alguien que aspira a convertirse en el Duce hebreo?

Después de dedicarme semejante cumplido, Smotrich pasó a explicar su plan para el futuro de Israel.

El plan en cuestión se basa en la exigencia de que los árabes que viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo escojan una de las tres siguientes opciones:

Primera, aceptar una compensación monetaria y abandonar el país.
Segunda, convertirse en súbditos del Estado de Israel, sin estatus de ciudadanía ni derecho a voto.
Tercera, declarar la guerra y ser derrotados.

Esto se llama lisa y llanamente fascismo. Excepto que Benito Mussolini, que inventó el término a partir de los fasces, un haz de varas que simbolizaba la autoridad en la antigua Roma, nunca abogó por la emigración masiva de nadie. Ni siquiera de los judíos italianos, muchos de los cuales fueron devotos fascistas.

Analicemos el plan. ¿Es posible convencer a un pueblo entero de abandonar pacíficamente su tierra natal a cambio de dinero?

Los individuos dejan su hogar en épocas difíciles y emigran a pastos más verdes. Durante la gran hambruna, miles de irlandeses e irlandesas abandonaron su isla esmeralda y emigraron a América. En el Israel de hoy, buen número de israelíes están emigrando a Berlín o a Los Ángeles.

¿Pero es posible hacer que millones de personas emigren? ¿Voluntariamente? ¿Por dinero? Además, con cada emigrante que partiera, el precio se incrementaría. Simplemente, no habría suficiente dinero en el mundo.

La mayoría árabe crecerá por su natalidad, y recreamos el apartheid sudafricano

Yo le aconsejaría a Smotrich que releyera una canción escrita por Nathan Alterman, uno de los poetas nacionales, mucho antes de que él naciera. Durante la “Rebelión Árabe” de 1937, Alterman ensalzaba a las unidades de las fuerzas clandestinas ilegales hebreas con estas palabras: “Los pueblos nunca se baten en retirada de las trincheras de su vida”. De ninguna manera.

La segunda opción sería más sencilla. Los árabes, que ya son una ligera mayoría de la población que habita entre el río y el mar, se convertirán en un pueblo paria al servicio de sus amos israelíes. La mayoría árabe crecerá rápidamente debido a la mayor tasa de natalidad palestina. Estaríamos recreando deliberadamente el apartheid sudafricano.
La historia, tanto la antigua como la moderna, demuestra que semejante situación conduce inevitablemente a la rebelión y después a la liberación.

Así que ya solo queda la tercera alternativa. Mucho más acorde con el temperamento israelí: la guerra. No hablamos aquí de uno de esos interminables conflictos que venimos librando desde los inicios del sionismo sino de una guerra grande y decisiva que solucione definitivamente la cuestión. Los árabes serán inevitablemente derrotados y aniquilados. Punto final.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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