La batalla por los corazones

 
Dos árabes en un pueblo cercano a Raqqa (Ago 2017) | © Karlos Zurutuza

Dos árabes en un pueblo cercano a Raqqa (Ago 2017) | © Karlos Zurutuza

Serran (Distrito de Raqqa, Siria) | Agosto 2017

Una aldea de Raqqa cualquiera. Casuchas de adobe cociéndose al sol en mitad de la nada. No hay un censo en Serran; tampoco aceras, ni carreteras, ni calles. ni tiendas… Sólo un burro atado a un poste junto a los restos de algo que, un día, dio cobijo a combatientes del ISIS y, al siguiente, sucumbió bajo una bomba americana. De no ser por el tendido eléctrico, Serran bien podría ser una aldea del sur de Afganistán.

Pero hoy es un día especial. Se han congregado centenares de invitados ilustres bajo esa carpa que se usa para bodas y funerales. Los árabes llegados de toda la provincia de Raqqa lucen turbante rojo y la dishdasha –camisa árabe tradicional que llega hasta los tobillos. Los kurdos son igualmente identificables con su ropa turca del bazar, o el sobrio camuflaje de las YPG, las Unidades de Protección Popular.

“Los kurdos sois buenos pero entre mi gente, los árabes, muchos se han unido a los perros del Daesh”

Hoy se juntan 25 jeques, pero Hasun Shahi se sabe el rey de la fiesta. La parroquia le saluda con todo el respeto de este mundo perdido. El viejo –tiene 105 años- rompe el hielo enseguida. “Busco una nueva esposa”, dice todo lo alto que puede, caminando con su bastón hacia una veinteañera kurda en tejanos. Risas respetuosas: ni apagadas ni estridentes.

La joven se llama Leyla, y trabaja para el aparato político de lo que se conoce como “Federación Democrática del Norte de Siria”. Esa es la fórmula adoptada para un modelo que tiene su origen en Rojava, pero que cambió de nombre en 2016 a medida que se incorporaba a los árabes de las zonas antes ocupadas por el Estado Islámico. No basta con liberar sus aldeas; también hay que ganarse los corazones y las mentes -“hearts and minds” que dicen los americanos-, de los habitantes del califato hasta ayer, y que hoy vuelven a vivir en un lugar sin nombre.

Tras los discursos a cargo de un jeque de Tal Abyad, la líder del Consejo de Mujeres y un representante de las YPG, se sirve cordero en bandejas grandes y redondas. El centenario se sienta a comer junto a Layla y Omar Alush, su superior en el escalafón. “Los kurdos sois todos buenos pero entre mi gente, los árabes, muchos se han unido a esos perros del Daesh”, dice el jeque. Insiste en que siente vergüenza.

Alush le quita hierro al asunto: “Tenemos que olvidar el pasado y mirar hacia un futuro en el que kurdos, árabes, siriacos y el resto de las comunidades podamos vivir juntos”, responde con diplomacia.

El “arquitecto”

Omar Alush ha dedicado gran parte de sus 60 años de vida a la causa kurda así como a la pura filantropía. Fue uno de los fundadores del PYD (Partido de la Unión Democrática, el dominante entre los kurdos de Siria) en 2005, así como uno de los impulsores de un hospital en su Kobani natal del que se beneficiaron muchos residentes hasta que fuera destruido durante el asedio de 2014. Entre otras muchas cosas, este periodista le debe haber posibilitado su trabajo en Kobani en 2008, cuando los kurdos de Siria sufrían bajo un régimen que negaba sus derechos y expropiaba sus tierras, e incluso su ciudadanía.

Alush confiesa que nunca habría podido prever unos cambios tan dramáticos en un plazo tan corto. Hoy bromea diciendo que es el “Lavrov “ –Ministro de Exteriores ruso- del Consejo Civil de Raqqa pero lo cierto es que su papel pasa por ser el auténtico “arquitecto” de lo que se está gestando aquí.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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