¿Quién teme a la bomba iraní?

 

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Detesto las obviedades.

A veces los ideales son obviedades. Las declaraciones políticas nunca. Cuando oigo una obviedad política, la pongo en tela de juicio inmediatamente.

En la actualidad la mayor obviedad política tiene que ver con Irán. Irán es nuestro enemigo mortal. Irán quiere destruirnos. Debemos adelantarnos y destruir su capacidad militar.

Dado que se trata de una obviedad, el acuerdo antinuclear alcanzado por Irán y cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania es nefasto. Simplemente nefasto. Hace años que debíamos haber ordenado a los americanos que borraran Irán del mapa a bombazos. En el improbable caso de que nos hubieran desobedecido, tendríamos que habernos ocupado nosotros mismos del asunto a base de bombas nucleares antes de que los fanáticos y dementes líderes iraníes tuvieran la oportunidad de aniquilarnos a nosotros.

Todas estas afirmaciones son obviedades. Sin embargo, desde mi punto de vista no son más que absolutos disparates. No hay nada de obvio en ellas. No tienen la más mínima base lógica. Carecen absolutamente de cualquier fundamento geopolítico, histórico o fáctico.

Napoleón dijo que para entender el comportamiento de un país solo hay que observar un mapa.

Irán fue hasta hace poco el país más proisraelí de Oriente Medio

La geografía es más relevante que la ideología, por muy fanática que esta sea. Las ideologías cambian con el tiempo. La geografía no. El país más ideológicamente fanatizado del siglo XX fue la Unión Soviética. La URSS abominaba de su predecesora, la Rusia zarista. También habría abominado de su sucesora, la Rusia de Putin. Pero hete aquí que los zares, Stalin y Putin llevan a cabo más o menos la misma política exterior. Marx estará revolviéndose en su tumba.

Persia era ya un país civilizado cuando nació el Israel bíblico. El rey Ciro de Persia envió a los “judíos” a Jerusalén y fundó lo que podría llamarse el “pueblo judío”. La historia hebrea lo tiene por un gran benefactor.

Cuando en 1948 se fundó el Estado de Israel, David Ben Gurión vio en Irán a un aliado natural. Por muy raro que parezca hoy en día, Irán fue hasta hace poco el país más proisraelí de Oriente Medio.

Ben Gurión era un realista puro y duro. Dado que no tenía la más mínima intención de firmar la paz con los árabes, paz que habría evitado que el pequeño Estado de Israel original se expandiera sin control, se dedicó a buscar aliados fuera del mundo árabe.
Miró el mapa (sí, también él creía en los mapas) y se dio cuenta de que los países árabes musulmanes estaban rodeados de una serie de potencias no árabes o no musulmanas. Estaban los cristianos maronitas del Líbano, árabes pero no musulmanes, los kurdos, musulmanes pero no árabes, Irán y Turquía, musulmanes pero no árabes, y Etiopía, ni árabes ni musulmanes, etc.

Ante esta situación, a Ben Gurión se le ocurrió un plan magistral: una “alianza de la periferia” compuesta por todos esos países que rodeaban al mundo árabe y se sentían amenazados por el pujante nacionalismo panárabe de Gamal Abdel Nasser y otros países musulmanes suníes.

Uno de los mayores entusiastas de la idea fue el shah de Irán, que se convirtió en el más ardiente aliado de Israel.

Oficiales israelíes adiestraban a la policía secreta del shah iraní y a los peshmerga en Irak

El “rey de reyes” fue un dictador brutal, odiado por la mayor parte de su pueblo. Sin embargo, Irán se convirtió en el segundo hogar de muchos israelíes. Teherán era una especie de meca de los hombres de negocios israelíes, algunos de los cuales se hicieron muy ricos. Los expertos del Servicio General de Seguridad israelí, el Shabak en sus siglas hebreas, adiestraban a la temible policía secreta del shah, el Savak.

Oficiales de alto rango del Ejército israelí viajaban al Kurdistán iraquí a través de Irán para entrenar a los peshmerga kurdos, que ya por entonces se enfrentaban al régimen de Saddam Hussein. Al shah, por supuesto, ni se le pasaba por la mente conceder libertad a su propia minoría kurda.

El idilio tuvo un abrupto fin cuando para conservar el trono, el shah llegó a un acuerdo con Saddam Hussein. No le sirvió de nada. Los clérigos chiíes radicales, que gozaban de gran apoyo popular, acabaron por derrocarlo y establecieron la República Islámica chií. Israel quedó fuera de juego.

Por cierto, otro de los “aliados periféricos” también se separó del grupo. En 1954 Ben Gurión y Moshe Dayan, su jefe de Estado Mayor, urdieron un plan para invadir Líbano e instaurar a un dictador maronita favorable a Israel. Moshe Sharet, el por entonces primer ministro israelí, gran conocedor del mundo árabe, rechazó semejante aventura por considerarla una idiotez. Treinta años más tarde, Ariel Sharon, otro necio, la pondría en práctica con catastróficos resultados.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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