Los niños de las piedras

 

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Por el amor de Dios, ¿es que están locos?

Se juntan en la plaza del mercado, cogen piedras y se las arrojan a nuestros soldados, armados hasta los dientes. Son niños de quince o dieciséis años. Los soldados les disparan, a veces apuntan alto, pero otras tiran a dar. Hay heridos todos los días, hay muertos cada pocos días.

¿Por qué lo hacen? No tienen la más mínima posibilidad de cambiar la política israelí de ocupación. Muy de tarde en tarde a un soldado le cae una pedrada y resulta levemente herido.

Y, sin embargo, no se rinden. ¿Por qué?

Un amigo me ha enviado un artículo escrito por una respetada personalidad palestina. Describe su primera manifestación hace muchos años.

Cuenta que cuando tenía quince años vivía en un pueblo bajo la ocupación y odiaba a los soldados israelíes. Un día fue al centro del pueblo con sus amigos de su misma edad. Una línea de soldados los esperaba.

Cada manifestante cogió una piedra, en los pueblos palestinos siempre hay piedras a mano, y se la lanzó a los soldados. Las piedras ni siquiera llegaron hasta sus objetivos. No causaron daño alguno.

Por primera vez en su vida se sentía orgulloso de ser palestino, de ser un ser humano valiente

Sin embargo, y aquí el narrador adulto entra en éxtasis: ¡Qué maravillosa sensación! ¡Por primera en su vida, aquel niño sentía que respondía a los ataques! ¡Ya no era un palestino despreciado e indefenso! ¡Era el defensor de la dignidad de su pueblo! ¡Quizá los viejos líderes se hubieran rendido, pero él y sus amigos no!

Por primera vez en su vida se sentía orgulloso, orgulloso de ser palestino, orgulloso de ser un ser humano lleno de valentía.

¡Qué maravillosa sensación! Por ella estaba dispuesto a arriesgar su vida una y otra vez, estaba dispuesto a convertirse en shahid, en testigo, en mártir.

Hay miles como él.

Leer esa narración me ha resultado muy emocionante porque me ha recordado a un episodio de mi ya lejana juventud. Tenía yo entonces quince años, exactamente la misma edad.

Estábamos en mayo de 1939. Los gobernantes británicos de Palestina acababan de hacer público un Libro Blanco en el que se ponía freno a nuestro sueño sionista. La guerra mundial acechaba y el Imperio Británico necesitaba el apoyo del mundo árabe.

Los soldados británicos abrieron fuego. Fue la primera vez que me dispararon

Pocos meses antes, me había unido a la Organización Militar Nacional, más conocida por Irgún, la organización clandestina más radical de las que luchaban contra el régimen colonial británico. Lo que me hizo decidirme del todo fue que por primera vez los británicos habían ahorcado a un “terrorista” judío. Estaba decidido a ocupar su puesto.

Por la tarde recibí una orden: mañana a mediodía, manifestación contra el Libro Blanco. Todos preparados en la calle Allenby en las inmediaciones del cine Mugrabi.

Mucho antes de la hora ya estaba allí, esperando con creciente excitación. A las doce en punto sonó un toque de corneta. Corrí al lugar de encuentro junto a cientos de otros miembros del Irgún. Marchamos calle abajo repitiendo consignas y después entramos por la principal avenida de Tel Aviv.

A la mitad de la calle está la Gran Sinagoga, con su escalinata exterior. Alguien subió a pronunciar un apasionado discurso que terminaba con los versículos de la Biblia “Si me olvidare de ti, Oh Jerusalén / pierda mi diestra su destreza” (Salmo 137,5).

Desde allí continuamos hasta nuestro destino: la oficina de distrito de la administración británica. Unos valientes rompieron las puertas y empezaron a lanzar al aire puñados de papeles oficiales. Los demás los quemamos.

De pronto aparecieron los soldados británicos. Abrieron fuego. Por encima de nuestras cabezas o al bulto. Fue la primera vez que me dispararon.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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