Llora, amada patria

 

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Cualquier persona a favor de la pena de muerte es un completo imbécil, un cínico incorregible o un perturbado mental. O las tres cosas.

No existe terapia que cure estos tres defectos. No merece la pena ni intentarlo.

El imbécil no es capaz de comprender las aplastantes pruebas que llevan a la refutación. Para el cínico, la defensa de la pena de muerte es una forma eficaz de conseguir votos. El perturbado goza con la sola idea de una ejecución. No escribo para ninguno de ellos, sino para los israelíes de a pie.

Una vez más, comenzaré relatando mis experiencias personales.

La ejecución de Ben-Yousef en 1938 cambió mi vida. Decidí ocupar su puesto: me uní al Irgun

En 1936 la población árabe de Palestina se alzó en armas. La persecución nazi había provocado que muchos judíos huyeran a Palestina, mi propia familia incluida, y la población árabe local veía que se les arrebataba su país de las manos. Hubo una violenta reacción. Ellos la llamaron la Gran Rebelión. Los británicos hablaron de “disturbios” y nosotros de “los sucesos”.

Grupos de jóvenes árabes atacaban a los vehículos británicos y judíos en las carreteras. Los británicos condenaron a muerte a unos cuantos. Dado que los árabes no cesaban en sus ataques, algunos sionistas de derechas comenzaron una campaña de “represalias” en la que disparaban a vehículos árabes.

Los británicos apresaron a uno de ellos. Se llamaba Shlomo Ben-Yosef y era un emigrante ilegal polaco de 25 años que militaba en la organización derechista juvenil Betar. Había lanzado una granada a un autobús árabe, que no llegó a explotar, y había disparado unos cuantos tiros que no hirieron a nadie, Sin embargo, los británicos vieron una oportunidad de demostrar su imparcialidad.

Condenaron a muerte a Ben-Yosef. La población judía estaba perpleja. Incluso los que se oponían a las “represalias” pidieron clemencia. Los rabinos rezaban por él. El día de la ejecución se aproximaba inexorable. Muchos esperaban un indulto en el último momento. No se produjo.

La ejecución de Ben-Yousef el 29 de junio de 1938 conmocionó a la población judía. Causó un profundo cambio en mi vida. Decidí ocupar su puesto. Me uní al Irgun, la organización clandestina más radical. Solo tenía 15 años.

Si repito esta historia es porque se puede extraer de ella una enseñanza fundamental. Un régimen opresor, sobre todo si es extranjero, siempre cree que ejecutar “terroristas” disuadirá a otros de unirse a las filas de los rebeldes.

En un pelotón siempre hay al menos un soldado sádico y uno ético, los demás se dejan influir

Esta idea se deriva de la arrogancia de los gobernantes, que piensan que los gobernados son seres humanos inferiores. En realidad, el resultado es siempre el contrario: el condenado se convierte en héroe nacional y por cada rebelde ejecutado docenas de otros rebeldes se unen a la causa. La ejecución engendra odio, y el odio genera más violencia. Si además se castiga a la familia del condenado, las llamas del odio se alzan aún más altas.

Es de una lógica aplastante. Y sin embargo no está al alcance de los gobernantes.

No olvidemos que en Palestina hace unos 2000 años ejecutaron por crucifixión a un simple carpintero. No hay más que fijarse en los resultados.

En todo ejército hay siempre un cierto número de sádicos que se hacen pasar por patriotas.
Cuando yo servía en el ejército, una vez escribí que en cada pelotón siempre hay al menos un soldado sádico y uno ético. Los demás no son ni lo uno ni lo otro. Se dejan influir por uno de los dos, dependiendo de cuál tenga más personalidad.

La semana pasada sucedió algo horrible. En Cisjordania y en la Franja de Gaza ha habido manifestaciones diarias desde que el payaso en jefe norteamericano hiciera su declaración acerca de Jerusalén. Los palestinos de la Franja de Gaza se acercan al muro de separación y lanzan piedras a los soldados del lado israelí. Los soldados tienen orden de disparar en respuesta. Cada día hay palestinos heridos, cada pocos días hay algún palestino muerto.

Uno de los manifestantes era Ibrahim Abu-Thuraya, un pescador palestino de 29 años sin piernas. Se las amputaron hace nueve años después de resultar herido en un ataque aéreo israelí.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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1 comentario

  1. rafael winter dice:

    Ojala que del lado palestino hubiese por lo menos UNO como Ury Avnery. Por lo menos uno!

 
 

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