Carrera de obstáculos

 

Pero el problema de zonas desérticas e inhóspitas como ésta no son los bichos ni las milicias, sino las bandas de criminales que te roban la cartera y el coche. El conductor insiste en no bajar de 200 –vamos en un BMW- mientras el copiloto envía continuamente nuestra localización de GPS a Zuara. Aquí no hay comandantes rivales con los que hacer tratos por teléfono.

Así llegamos a Wotya, un puesto especialmente sensible dado que alberga una base militar bajo control de la milicia de Zintan. Hablamos de un enclave árabe en las montañas libias donde los amazigh son mayoría. A estas alturas resulta redundante decir que ambos se odian, pero atravesamos el checkpoint sin problemas. Ben Khalifa se vuelve a explicar:

“El coche delante del nuestro lo conduce un tipo muy conocido de Jadu –aldea bereber vecina de Zintan-. Los árabes saben que si le tocan un pelo habrá represalias al momento”.

La posguerra acabó arrastrando a los árabes de las montañas hacia Warshafanas, Gadafas, Warfalas…

Zintan fue una de las primeras en unirse al levantamiento de 2011; no en vano, fue su milicia la que capturó a Saif y, siempre presuntamente, lo mantuvo encerrado hasta su liberación. Pero la resaca de la posguerra acabó arrastrando a los árabes de las montañas hacia Warshafanas, Gadafas, Warfalas o Magarhas, es decir, a unirse a aquellas tribus contra las que lucharon. El enemigo fueron siempre sus vecinos bereberes, o la poderosa Misrata. Fue esta última la que expulsó al Daesh de Sirte hace ahora un año, pero también la única capaz de desafiar el férreo control sobe Trípoli de Rada, la milicia salafista a sueldo del Gobierno respaldado por la ONU. No recurran a las claves sectarias de Siria o Iraq para intentar entender el conflicto en este rincón del Magreb: Libia es mucho más compleja.

“Carrera de fondo”

La carretera serpentea cuesta arriba, ya en las lindes de Jadu. La señalización trilingüe en tamazight, inglés y árabe nos recuerda que estamos en el bastión de roca de la principal minoría del país. Hoy recibe la visita de uno de sus hijos más ilustres.

Tras la ceremonia del reencuentro entre abrazos y litros de té, Ben Khalifa se sienta en una mesa que preside la sala donde se reúne el Consejo Local de Jadu.

“He venido a explicaros mi proyecto y a responder a vuestras preguntas; a todas”, adelanta el amazigh de la costa ante una treintena de hombres de la montaña. No hay ninguna mujer.

LIBO pide laicismo frente al “islamismo radical que asfixia al país” e igualdad de sexos

El partido se llama LIBO, que es el nombre de la tribu amazigh del que deriva hoy el de todo el país, “porque todos somos libios”. Ben Khalifa subraya que estaban listos desde 2013, pero que entonces no se daban las condiciones para hacer política. Las elecciones parlamentarias y presidenciales programadas para el año que viene son el desafío que LIBO afrontará con un programa revolucionario: laicismo frente al “islamismo radical que asfixia al país”; igualdad de sexos y reivindicación de las raíces norteafricanas protegiendo los derechos de las minorías –el nombre del partido está escrito en tamazigh, tubu y árabe.

Tras la presentación se abre el turno de preguntas:

“¿Es cierto que usted ha visitado Israel?”, pregunta alguien a través del teléfono de uno de los asistentes. Ben Khalifa tenía preparada la respuesta.

“Sí, y también Japón, y muchos otros sitios”

La siguiente es mucho más complicada: el líder de LIBO es un rostro muy vinculado a un movimiento, el amazigh, cuyo rechazo comparten los tres Gobiernos de Libia, cada uno con sus apoyos en el ruedo internacional. “¿Quién le apoya a usted?”, remata el asistente.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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