Una salvación y una condena

 

Una parte de los palestinos pudo permanecer en 1948 en Israel. Entre ellos, la familia del actor Mohammad Bakri, nacido en Al Bi’ina (norte) en 1953. “Mis padres vivían en Acre, pero al ser ocupada por los israelís, fueron a Al Bi’ina. A mi abuelo lo mataron las fuerzas israelís y a mi padre y sus hermanos los encarcelaron. Una vez liberados pudieron quedarse en Israel”, comenta Bakri.

“En los primeros 20 años de Israel, la sociedad y el Gobierno intentaron que nos volviéramos judíos, aprendiéramos hebreo y fuéramos buenos árabes. Estuvimos bajo la ley militar hasta 1965. Yo tenía 12 años, recuerdo el miedo. Me sentía como en un campo de refugiados dentro de mi pueblo”, señala.

“Toda mi vida he oído la historia del sufrimiento judío, ¿por qué no quieren escuchar la mía?

Bakri, director de documentales, ha sido blanco de la censura del Gobierno, de denuncias de soldados y campañas de difamación de la ultraderecha. La ministra de Cultura, Miri Regev, pidió al fiscal que investigara a Bakri por “presunto incitamiento contra Israel”.

“Quise contar mi historia, la de los palestinos. Nadie tiene el monopolio del dolor. En Israel, toda mi vida he oído la historia del sufrimiento israelí y judío. Si he escuchado la suya, ¿por qué no quieren escuchar la mía? Nadie tiene el monopolio de la verdad”, destaca Bakri, que ha hecho dos películas y una obra de teatro sobre el Holocausto.

A Israel llegaron, principalmente en los 50 y 60, judíos de países musulmanes, muchos perseguidos, como los padres de David Erolan, hoy investigador de Ciencias Políticas y Comunicación de Masas de Jerusalén. La madre de Erolan era de una familia de clase media-alta de Bagdad, propietaria de una fábrica de alfombras, y el padre, de Afganistán. Los dos huyeron para evitar la muerte. “Ella contaba lo duro que fueron los primeros tiempos en Israel. Vivieron tres años en tiendas de campaña como refugiados”, subraya Erolan, de 48 años.

Para este investigador, Israel ha conseguido logros en varios campos, especialmente tecnológicos, “pero la sociedad, dividida en categorías, se desploma. Hay fuertes diferencias económicas, la gente siente inseguridad, no confía en los salarios, las pensiones, la seguridad social y cree que tiene que luchar contra los demás, hacer cosas inmorales para conservar su posición. Esto genera corrupción”.

En 1948, Israel tenía unos 750.000 habitantes, 600.000 judíos -muchos supervivientes del Holocausto- y 150.000 palestinos. El Estado cuenta hoy con casi 9 millones de ciudadanos, el 74,6% judíos -un 12% de ellos religiosos ultraortodoxos- y el 20,9% árabes, a los que diversas leyes discriminan.

Entre los judíos ultraortodoxos y los árabes,  la pobreza se sitúa en el 45% y el 49%

Cuando se fundó, con David Ben Gurion a la cabeza como líder del movimiento sionista, el país estaba enraizado en el socialismo y la organización comunal de los pioneros de los kibutz, que trabajaban la tierra. “Israel era un país pobre, pero se ha convertido en uno de los más prósperos del mundo, líder en tecnología, en ciencia, con 12 premios Nobel y uno de los mejores ejércitos. Es uno de los grandes éxitos del siglo XX, logrado en medio de la diversidad”, asegura Ephraim Karsh, director del Centro Begin-Sadat para Estudios Estratégicos de la Universidad de Bar Ilan.

Del Israel de los pioneros queda muy poco, casi todos los kibutz se han privatizado y el país es ahora la nación ‘start-up’ por su gran número de negocios emergentes. La economía israelí es sana, su moneda, el shekel, es fuerte, el índice de paro es bajo -aunque algunos analistas indican que está maquillado porque se contempla como empleadas incluso a personas que trabajan solo dos horas al día- y las inversiones extranjeras aumentan.

No obstante, según un informe sobre Israel publicado el pasado febrero por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el nivel de pobreza es del 20%. Entre los judíos ultraortodoxos y los árabes, comunidades marginadas en el mercado laboral, es del 45% y el 49%. La desigualdad ha crecido en el país y muchos salarios son bajos. La calidad de la enseñanza y la sanidad han disminuido, según la OCDE, y el Gobierno no invierte lo necesario para mejorarlas. El precio de la vivienda se ha disparado y fue una de las denuncias en las protestas al estilo 15-M español que agitaron el país el verano del 2011. En esas manifestaciones apenas se nombró la ocupación de los territorios palestinos, ni tan solo porque engulle grandes recursos económicos.

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Acerca del autor

Ana Alba

@analba

Periodista (Barcelona, 1971). Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma...

Una salvación y una condena
 
 

1 comentario

  1. Alfred dice:

    Israel no tiene vergüenza. Trata de lavar su imagen participando en competiciones europeas (Eurovisión, Eurobasket…)pero no es más que un estado fascista que viola los derechos humanos del pueblo palestino.

 
 

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